Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
Sin embargo, así era. No dejaba de imaginarse lo que sentiría si Matt la estrechara entre sus brazos o si decidiera unir sus labios a los de ella… Decidió contener sus pensamientos antes de que éstos la llevaran a territorio prohibido.
Por fin, gracias a Dios, llegó al desvío.
«Así que éste es el Flying M», pensó mientras atravesaba la puerta de la valla que conducía a la casa. Por supuesto, había pasado por la puerta en más de un millón de ocasiones, pero jamás había entrado en él.
Tras avanzar durante unos minutos por el sendero que atravesaba el rancho, llegó por fin a la casa. Aparcó junto a otros vehículos y se dispuso a enfrentarse a los elementos. Se dirigió a toda velocidad al porche principal de la casa y subió los escalones. Tras sacudirse la nieve de las botas, llamó al timbre. La puerta se abrió inmediatamente.
– Detective Dillinger -dijo Matt McCafferty mirándola con apreciación.
Iba vestido con unos pantalones vaqueros muy usados y una camisa de trabajo por encima de una camiseta azul marino. La animosidad parecía haber desaparecido en parte de la expresión de su rostro. El nacimiento de la oscura barba había comenzado a cubrirle la mandíbula. Sin duda, resultaba tremendamente sexy.
Kelly distaba mucho de ser inmune a tanto encanto. El corazón se le aceleró y las rodillas amenazaron con doblársele.
Matt se hizo a un lado.
– Entra.
De repente, Kelly se sintió como si hubiera entrado en la guarida de la serpiente. Se aclaró la garganta.
– Quería hablar contigo. Hacerte unas cuantas preguntas.
– Vaya, ¡menuda coincidencia! -exclamó él mirándola a los ojos-. Da la casualidad de que yo también tengo unas preguntas para ti.
Cinco
– ¿Que tú tienes preguntas? -le preguntó Kelly. Estaba frente a él en el porche, tratando de ignorar la innata sexualidad que emanaba de él-. Dispara.
– Evidentemente, no has encontrado a la persona que trató de matar a Randi.
– Seguimos trabajando en el caso.
– Pon más policías a trabajar -replicó él. Su mirada parecía haberse intensificado, lo que dejó a Kelly sin aliento.
– Te recuerdo que no se trata del único caso que tenemos.
– Sí, pero si esos casos son que un toro ha roto la valla de un vecino o que unos niños utilizan los buzones como dianas, no se puede decir que estén al mismo nivel, que el de mi hermana, ¿no te parece?
– Confía en mí si te digo que el intento de asesinato que ha sufrido tu hermana está a la cabeza de nuestras prioridades.
Matt se hizo a un lado y abrió un poco más la puerta de entrada al rancho.
– Eso espero.
Kelly no respondió. Se limitó a limpiarse las botas sobre el felpudo del porche y entró en la casa. Inspeccionó el lugar donde Matt McCafferty había crecido. El viejo rancho tenía un interior muy acogedor y cálido a pesar de su tamaño. Focos de luces doradas iluminaban las paredes de madera y los sueños que habían soportado el paso de tres generaciones de McCafferty. Una hermosa escalera llevaba a la planta superior y el aroma de madera ardiendo, de asado de carne y de jengibre impregnaba el aire. Desde la planta de arriba se escuchaban las risas de las niñas. Eran las hijas de Nicole.
– ¿Hay algún sitio en el que podamos hablar? -preguntó Kelly mientras se desabrochaba el chaquetón. Matt la ayudó a quitárselo y, en el proceso, le rozó el cuello con las yemas de los dedos. Ella trató de no darle demasiada importancia, pero tuvo una extraña sensación de hormigueo mientras él colgaba el chaquetón en la percha.
– Por aquí -dijo. La condujo hacia el salón, donde Thorne McCafferty estaba hablando con un hombre rubio y alto que no se había molestado en quitarse el abrigo y que tenía el sombrero en las manos-. Larry Todd. Esta es la detective Dillinger. Larry es el capataz aquí y la detective Dillinger trabaja en el departamento del sheriff y está tratando de averiguar quién trató de matar a Randi.
– ¿Ha habido suerte? -preguntó Larry.
– No la suficiente -admitió ella. En la sala ardía un alegre fuego. Sobre la repisa de la chimenea, había numerosas fotos enmarcadas y encima de ésta colgaba una enorme cornamenta de ciervo que sujetaba un antiguo rifle. En una de las paredes había un piano y, enfrente, una serie de sillas raídas, mesas y un sofá de cuero estaban colocados sobre una alfombra.
– Atrape a ese hijo de perra -comentó Thorne. Estaba tratando de ponerse de pie.
Kelly levantó una mano para indicarle que no era necesario que se levantara.
– Lo haremos.
– Que sea pronto -insistió Matt.
– Precisamente por eso estoy aquí. Como he dicho, me gustaría preguntarles a todos algunas cosas más. A usted también -dijo, refiriéndose a Thorne.
– Bueno, pues parece que tienen algunos asuntos de los que ocuparse, por lo que creo que es mejor que yo me marche -comentó Larry-. Piensa en lo de cambiar algunos de los potros por las yeguas de Lyle Anderson. Creo que mejoraría mucho la ganadería.
Thorne miró a Matt. Este asintió.
– Yo estoy a favor de introducir nuevas líneas de sangre en la ganadería.
– En ese caso, hazlo -le dijo Thorne al capataz-. A mí me parece bien lo que Matt y tú decidáis.
– Hecho -afirmó Larry. Con eso, se dispuso a dirigirse hacia la puerta.
– Espere un momento, señor Todd -lo interrumpió Kelly-. Dado que está usted aquí, tal vez podría aclararme algunas cosas -añadió. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño cuaderno-. Un par de semanas antes de que Randi McCafferty sufriera su accidente, lo despidió a usted, ¿verdad?
El hombretón se sonrojó y se frotó la nuca con nerviosismo.
– Sí. Así fue como ocurrió -admitió Larry sin molestarse en ocultar su irritación-. Y me dolió muchísimo. Yo llevaba dirigiendo este rancho desde la muerte de su padre y, de repente, me llama y me dice que ya no me necesita.
– ¿Le dio algún motivo?
– No. Yo siempre me había llevado bien con ella y lo último que supe era que estaba satisfecha con mi trabajo. Supongo que cambió de opinión. No se molestó en darme explicaciones, pero me dio la sensación de que se iba a volver a mudar aquí y que ya había pensado en otra persona para que se ocupara del rancho. No me dijo nada, pero lo deduje por la manera en la que dirigió la conversación. Supongo que se mostró bastante agradable -añadió mirando a los hermanos-. Incluso me pagó tres meses extra, lo que se suponía que iba a ser mi finiquito. Entonces, me dio las gracias y, básicamente, me indicó la puerta. Ya está. Años de trabajo a la basura. A mí me enojó mucho todo el asunto, pero me imaginé que no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Ella era la jefa y la dueña de la mitad de este rancho.
– Sin embargo, no le pidió opinión a ninguno de sus hermanos para despedirlo a usted -aclaró Kelly.
– Que yo sepa no.
– Ninguno de nosotros sabía nada -dijo Matt-. Desde que nuestro padre murió, Randi estaba al mando. Ella siempre ha sido bastante independiente.
– Demasiado -gruñó Thorne.
– Y dado que cada uno de nosotros tres sólo es dueño de una sexta parte del rancho, le dejábamos que hiciera lo que quisiera. Yo pensaba que si necesitaba mi ayuda la pediría -comentó Matt. Tensó la boca. Parecía algo avergonzado-. A decir verdad, yo creía que lo dejaría todo después de un invierno. Aunque trabajaba en Seattle, se mostraba muy responsable por lo que ocurría aquí, pero supuse que terminaría queriendo vender.
– ¿A sus hermanos?
– A quien se lo comprara, pero sí, imaginé que vendría a mí o a mis hermanos -dijo Matt-. Supongo que me equivocaba.
La ira de Larry parecía haberse disipado.