Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
– Pues sí que le estás dando confianza -observó Nicole mientras se servía su café-. Eh, chicas, ¿os apetecen unas tortitas?
– ¿Con arándanos y sirope de arce? -preguntó Molly.
– Bueno, con sirope de arce, seguro. No sé si hay arándanos.
– En el congelador. Voy a por unas cuantas -dijo Juanita mientras se secaba las manos y entraba en una pequeña habitación al lado de la alacena.
– ¿Y tú quieres lo mismo? -le preguntó Nicole a su otra hija. Mindy asintió vigorosamente.
– Zí.
– Muy bien -dijo Thorne.
Matt se preguntó sobre Thorne y su recién adquirida familia. Parecía funcionar a la perfección. Estaba completamente loco por aquellas niñas y por Nicole y se comportaba como si ella fuera la única mujer en todo el planeta para él.
A Matt le costaba creerlo. Durante años, Thorne había evitado el matrimonio como si fuera la peste, a pesar de que muchas mujeres hermosas e inteligentes se habían fijado en él como posible esposo. Él nunca se había sentido interesado y, ciertamente, no se había comprometido. Hasta que llegó Nicole. Entonces, todo había cambiado.
Se acomodó en una silla. No podía culpar a Thorne. Nicole era hermosa, inteligente, ambiciosa y una madre fantástica. Un buen partido.
Sin aviso alguno, la imagen de Kelly Dillinger se le coló en el pensamiento. Ella también era muy hermosa… bueno, suponía que lo era si alguna vez se quitaba el uniforme y la actitud de policía. Inteligente, sin duda. Era capaz de valerse por sí misma en la mayoría de las circunstancias, no soportaba a los necios e, incluso de uniforme, era una verdadera belleza. Era una pena que viviera allí, tan lejos de su rancho de Montana… Se quedó atónito. ¿En qué diablos estaba pensando? Ni siquiera estaba cerca de sentar la cabeza y mucho menos con una mujer, una policía, que vivía a cientos de kilómetros de su hogar.
– ¿Significa que hay consenso? -preguntó Nicole, mirando a su alrededor-. ¿Tortitas?
Thorne asintió.
– Y beicon y huevos y…
– Colesterol, grasa…
– Exactamente -apostilló Thorne guiñando un ojo. Nicole soltó una carcajada.
– Bueno, está bien. Conozco a un excelente cirujano del corazón por si tenemos un problema.
– ¡Entonces, cárgame bien el plato! -exclamó Thorne.
Por primera vez en su vida, Matt sintió envidia. Lo que Thorne compartía con Nicole era algo muy profundo. Verdadero. Con esa clase de vínculo que Matt pensaba que no existía. Su padre y su madre, Larissa, se habían separado cuando Penelope apareció en la vida de John Randall. Él se casó con la joven y volvió a convertirse en padre a los seis meses de la fecha de boda. Desgraciadamente, esa unión también se había deshecho, incapaz de soportar la presión del tiempo.
Observó cómo Thorne iba cojeando por la cocina, le daba un azote en el trasero a su mujer, y la ayudaba a preparar el desayuno a pesar de las protestas de Juanita. El millonario empresario, un donjuán por derecho propio, estaba dando vueltas a unas tortitas como si llevara toda su vida haciéndolo. Matt observó cómo Juanita lo miraba a él y comprobó que ella estaba igualmente sorprendida.
Con el niño en brazos, dejó que la taza de café se le enfriara y miró por la ventana. ¿Y su propia vida? Él jamás había considerado el matrimonio. Le había parecido que era una pérdida de tiempo y, en cuanto a los hijos, le parecía que le faltaba mucho antes de que sintiera la necesidad de convertirse en padre. Cuando decidiera que había llegado el momento, se buscaría una mujer hogareña, que no tuviera profesión, alguien que quisiera vivir en su rancho y a la que le gustara tanto la tierra como a él. Una mujer que quisiera compartir su vida tal y como él deseaba vivirla. Sin embargo, faltaba mucho para eso. Simplemente aún no estaba listo para tener familia.
Miró al bebé que tenía acurrucado entre los brazos y, por primera vez en su vida, cuestionó sus pensamientos.
¿Y si estaba equivocado?
– Yo creo que fue uno de los hermanos -afirmó Karla mientras trabajaba con su último cliente del día.
En el primer sillón de su pequeño salón, estaba tiñendo los mechones del cabello de Nancy Pederson de un color rojizo y envolviéndolos en papel de aluminio. Cuando terminó, parecía que la cabeza de Nancy iba a poder captar señales de radio desde Plutón. Mientras Karla trabajaba, Nancy se entretenía haciendo crucigramas.
Las plantas crecían en profusión cerca del escaparate y sobre una antigua cómoda pintada de rosa salmón, sobre la que se alineaban botes de champú y de acondicionador. Por los demás, el mostrador era de un morado muy oscuro, las paredes estaban pintadas de marrón, y exhibían fotografías de actrices y cantantes famosas. Karla llevaba diez años ejerciendo de esteticista y hacía dos que era dueña de aquel salón.
– ¿Crees que uno de los McCafferty trató de matar a su hermana? -le preguntó Kelly mientras se inclinaba sobre la mesa de la manicura para inspeccionar los frascos de laca de uñas.
– Uno, dos o tal vez los tres -replicó Karla mirando a su hermana a través del espejo.
– Entonces, se trata de una conspiración -dijo Kelly sin poder evitar que una nota de sarcasmo se le reflejara en la voz.
– No te rías de mí -protestó Karla agitando un peine en dirección a su hermana-. Esos hermanos jamás han sentido ninguna simpatía por Randi. No consientas que te digan otra cosa. Ella fue la razón de que sus padres se divorciaran para que John Randall se pudiera casar con Penelope. Entonces, él les dejó a sus hijos una sexta parte del rancho, mientras que Randi se quedó con la mitad. ¿A ti te parece justo? -preguntó, sin dejar ni por un instante de teñir el cabello de Nancy.
– Entonces, ¿por qué insisten tanto en que encuentre al asesino? -preguntó Kelly.
– Para hacerte perder la pista, por supuesto. Bendito sea el Señor, Kelly, no seas tan tonta. Eres detective, por el amor de Dios. Los McCafferty tienen que fingir que están preocupados por Randi. Si no lo hicieran, ¿qué iba a pensar todo el mundo?
– Yo no me lo creo -comentó Kelly. Tenía entre los dedos un frasco de «Seducción Rosa».
– Bueno, yo sólo te estoy diciendo lo que pienso y te aseguro que no soy la única. Hoy ya he tenido tres clientas sentadas en esta silla y Donna ha tenido cuatro -observó Karla señalando la otra silla junto a la que Donna Mills, embarazada de gemelos, estaba barriendo recortes de cabello rubio del suelo.
– Eso es cierto -afirmó Donna con una sonrisa.
– Todo el mundo habla de lo mismo. Incluso he oído que una pareja discutía sobre ello en el Montana's Joe cuando fui a comprar una pizza para comer. Estaban en la fila y comenzaron a discutir sobre cuál de los tres hermanos lo había hecho.
– Eso es ridículo.
– Tal vez sí, tal vez no. Alexis Bonnifant creció con Slade y le hice una permanente no hace ni dos horas. Por lo que me ha contado, él odiaba a Randi. Están todos juntos en el ajo, eso te lo digo yo. De ese modo, se pueden dar coartadas unos a otros.
– Dudo que quisieran matar a su hermana…
– Te aseguro que se han producido asesinatos por mucho menos de la mitad de un rancho en Montana.
– Amén -añadió Nancy, que levantó la cabeza de su crucigrama tan sólo por un instante-. ¿Y quién más querría a Randi muerta?
«Eso, ¿quién más?», pensaba Kelly mientras abandonaba el salón de belleza unos minutos más tarde. Había ido a ver si su hermana quería que cuidara de sus hijos aquella noche por si quería salir y decidió que tampoco le vendría mal saber lo que opinaba la ciudad. Hasta aquel momento, todos parecían estar en contra de los tres hermanos.
Recorrió tres manzanas hasta llegar al Pub'n'Grub y allí pidió un bocadillo y una ración de patatas fritas. La atendió un muchacho al que había enviado al tribunal juvenil en más de una ocasión. El muchacho la trató correctamente, pero evitó mirarla a los ojos en todo momento. Mientras esperaba a que su comida estuviera lista, no pudo evitar escuchar una conversación en una de las mesas.