La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Estabas en las cuadras con Lester. No quería molestarte -alzó la barbilla-. Mamá estaba descansando y Savannah en Sacramento, haciendo compras. Así que le dije que estabas aquí, esperando a hablar con él.
– Quizá debería telefonearlo yo -frunció el ceño, impaciente.
– No. Me dijo que vendrá mañana. El avión llegará a las seis, de modo que Reginald y él estarán aquí como muy tarde a las siete y media -colocó cuidadosamente la servilleta sobre la mesa y empujó su silla hacia atrás, aunque no se levantó-. Si te sirve de consuelo, tiene tantas ganas de hablar contigo como tú.
– No me extraña -se burló Travis.
Charmaine dejó pasar el comentario y se volvió hacia su hijo. Seguía muy tensa, pero se esforzaba por mantener la calma.
– Lo que quiere decir que papá estará aquí a tiempo de pasar las vacaciones con nosotros, ¿no es estupendo?
El niño estaba jugueteando con los restos del postre de manzana. Miró rápidamente a su madre y se encogió de hombros.
– ¿Joshua?
– Yo no quiero que vuelva a casa -rezongó, mirando de reojo a Savannah antes de concentrarse nuevamente en su plato.
Charmaine, obviamente avergonzada, se aclaró la garganta.
– Joshua, entiendo que no estás hablando en serio y que…
– Claro que estoy hablando en serio, mamá -se le habían llenado los ojos de lágrimas-. Papá me odia.
– Pero cariño… -susurró Virginia, emocionada.
– Sabes que eso no es verdad, Josh -lo reprendió su madre.
– Es verdad. Y al fin lo he descubierto -le espetó el niño-. Hoy algunos niños del colegio estaban diciendo cosas…
– ¿Cosas? ¿Sobre qué? -inquirió Charmaine, cada vez más tensa.
– ¡Sé que la única razón por la que te casaste con papá fue por mí!
– Yo me casé con tu padre porque lo quería.
– ¡No, tuviste que casarte con él a la fuerza! -estalló, levantándose prácticamente de la silla-. Eso es lo que decían los niños del colegio.
– Josh -intervino Savannah, pero su hermana la interrumpió con un gesto.
– Tranquila, Savannah. Éste es mi problema -y, volviéndose hacia su hijo, declaró con tono firme-. Nadie «tenía» que casarse con nadie.
– ¿Te habrías casado con él si no te hubieras quedado embarazada de mí? -parpadeó varias veces para contener las lágrimas.
Virginia, muy pálida, levantó su copa de agua con dedos temblorosos.
– Por supuesto -susurró Charmaine.
– ¡No! -chilló Josh, que tenía el rostro congestionado.
– Joshua, creo que deberías subir a tu habitación. Allí podremos hablar tranquilamente de todo esto.
Le temblaba ya la voz. Savannah fue a tocar a su sobrino en el hombro, y el gesto de rechazo del niño le partió el corazón.
– Josh…
– No quiero hablar -replicó furioso, cerrando los puños-. Es verdad… ¡Todo eso que decían es verdad y yo no quiero que papá vuelva a casa! ¡Ojalá… ojalá no tuviera padre!
Travis miraba sucesivamente a Savannah y al niño, tensa la mandíbula, con una expresión mezcla de piedad y comprensión.
– No puedes estar hablando en serio… -insistió Charmaine.
– ¡Claro que sí! ¡Estoy hablando en serio! -Josh derribó la silla y salió corriendo del comedor.
– Ay, no… -murmuró Charmaine.
– Lo siento -musitó Savannah, sintiéndose terriblemente impotente. Sabía que no había forma alguna de consolar a su hermana mayor.
– No te preocupes -Charmaine forzó un tono ligero-. Tenía que ocurrir tarde o temprano. Wade y Josh nunca se han llevado bien. Antes o después Josh tenía que descubrir que su padre no lo quiere, que le guarda… rencor. Yo… yo no quería reconocerlo, supongo.
– Yo iré con él -se ofreció Savannah, conteniendo también las lágrimas.
– No. Ya te he dicho que éste es mi problema, un error que cometí hace diez años y que debo resolver yo -decidida, se levantó de la silla y abandonó el comedor-. ¡Joshua! -llamó a su hijo-. ¡Joshua, no te encierres en tu habitación!
Savannah cerró los ojos por un instante.
Cuando volvió a abrirlos, Travis seguía mirándola fijamente. Apretaba la mandíbula y su mirada era fría como el hielo.
– Supongo que todo esto era de esperar, como ha dicho Charmaine -comentó Virginia, lanzando disgustada su servilleta sobre la mesa-. Sólo esperaba no llegar a verlo yo -se levantó temblorosa de la silla y Travis se dispuso a ayudarla-. No, no, estoy bien. Puedo subir sola a mi habitación, gracias.
– ¿Estás segura? -preguntó Savannah.
– Llevo treinta años subiendo esas escaleras -sonrió, triste-. No hay razón para que no pueda hacerlo ahora.
Irguiéndose con gesto orgulloso, abandonó la habitación y empezó a subir lentamente las escaleras.
– Cuando le ponga las manos encima a Wade Benson… -masculló Travis, colérico, una vez que se quedaron a solas-. Espero que tenga el buen sentido de quedarse en Florida o donde diablos quiera que esté.
Dejó su copa a medio beber en la mesa y se levantó para marcharse. Un par de segundos después, Savannah escuchó el portazo que dio al salir. Todavía preocupada por Joshua, ayudó a Sadie a recoger la mesa y se puso a limpiar la cocina para no pensar ni en el niño ni en Travis.
Al poco rato se dirigió a las cuadras con la secreta intención de buscarlo. No lo encontró allí. Revisó los caballos y rellenó luego algunos informes en la oficina. Travis no aparecía por ninguna parte. Decepcionada, decidió regresar a la casa.
– Eres una estúpida -murmuró, frunciendo el ceño-. Lo que tienes que hacer es mantenerte lo más alejada posible de él.
Una vez en la cocina, abrió la nevera y se sirvió un vaso de leche. Se lo bebió lentamente mientras contemplaba por la ventana el potrero y las cuadras a oscuras. No podía dejar de pensar en Travis. Ni de preguntarse dónde estaría en aquel momento y por qué había vuelto al rancho…
Tras dejar el vaso en el fregadero, se pasó una mano por los ojos y se dirigió al despacho para revisar la correspondencia. El despacho estaba en penumbra, iluminado únicamente por las mortecinas brasas. Nada más entrar descubrió a Travis recostado en la alfombra, con un vaso en la mano, de espaldas a la chimenea.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó.
– Esperándote.
– Muy bien -susurró-. Pues ya me tienes aquí -apoyándose en el escritorio, fue a encender la lámpara.
– No. Déjala apagada. La habitación parece más sosegada así…, menos hostil.
Savannah soltó una amarga carcajada.
– Bueno, eres un experto en eso. Fuiste tú quien escribió el manual de la hostilidad.
– De la hostilidad hacia ti no, desde luego -bebió un sorbo de whisky-. ¿Por qué te entrometiste en la discusión de Josh con su madre? -inquirió de pronto.
– Yo no me entrometí.
Una sesgada sonrisa asomó a sus labios.
– Llámalo como quieras, pero es la segunda vez que lo haces.
Savannah se encogió de hombros y frunció el ceño.
– Yo no creo estar entrometiéndome en nada. A veces tengo la sensación de que nadie le hace el caso suficiente a ese niño. Todo el mundo le reprocha sus fallos, pero nadie lo estimula.
– ¿Excepto tú?
– Y su abuelo. Pese a lo que puedas pensar de él, Reginald siempre ha sido un abuelo modelo. Como fue un padrastro modelo para ti. En caso de que lo hayas olvidado.
Travis tensó la mandíbula.
– ¿Qué me dices de Charmaine? ¿Cómo se lleva ella con su hijo?
– Josh es un niño un poco difícil y Charmaine tiene que criarlo y educarlo sola. Evidentemente, Wade no le dedica mucho tiempo.
– Evidentemente -repuso él con tono seco.
– En cuanto a Charmaine… Lo intenta, pero a veces tiene graves problemas para comprender a Josh. Ya sabes, espera que sea perfecto y no lo ve como lo que es en realidad: un niño.
– Y es ahí donde tú metes baza.
– Sólo cuando creo que Josh necesita un estímulo suplementario. No es fácil ser el único niño en una casa llena de adultos -cruzó los brazos sobre el pecho.