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Un Hijo Para El Magnate

Электронная книга - «Un Hijo Para El Magnate». Краткое содержание книги:

Sergei Antonovich, multimillonario ruso, era famoso por estar rodeado permanentemente de supermodelos y aspirantes a actrices; pero ninguna de ellas era adecuada para convertirla en su esposa. ¿Podría cumplir el mayor deseo de su abuela y ofrecerle un nieto?
¿Por qué no tratar todo el asunto como si fuera un negocio? Sin emoción alguna; sólo con un contrato de conveniencia que le asegurara lo que quería: una esposa con la que acostarse, de la que disfrutar y a quien dejar embarazada para después… abandonarla.
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– Sé que ha sido un día difícil para ti, pero has estado magnífica. Ahora quiero que te relajes un poco y disfrutes.

Sergei le quitó el velo, que aún llevaba puesto, y lo dejó a un lado con sumo cuidado antes de empezar a desabrocharle el vestido.

– Puedo hacerlo yo. No necesito tu ayuda.

– Claro que la necesitas.

Sergei aspiró su cálido y ya familiar aroma. Olía al perfume que le había comprado en Londres, una fragancia ligera pero persistentemente floral que le iba mucho mejor que la colonia intensa que se había puesto la primera vez que se vieron.

Apretó los labios contra el hombro que acababa de desnudar y movió la boca hasta su cuello mientras le bajaba las mangas del vestido. Alissa se estremeció como si en lugar de dedicarle unas caricias inocentes, la estuviera tocando en sus partes más íntimas.

Nunca habría imaginado que se podía sentir tan locamente consciente de un hombre. Las rodillas se le doblaban y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por contenerse; pero su deseo era tan irrefrenable que al final se abrazó a él y lo miró con lágrimas en los ojos.

– No hagas eso -dijo con debilidad.

– ¿Por qué? Te gusta que te lo haga -afirmó él.

Sergei metió las manos por debajo del canesú, le desabrochó el sostén y las cerró sobre sus pechos. Los pezones de Alissa se endurecieron al instante.

– Qué me guste o no es lo de menos -protestó.

– ¿Cómo podría serlo? -preguntó él-. Esto es la guinda de la tarta para los dos… pero tendrías que haberme dicho que yo iba a ser tu primer amante. De haberlo sabido, habría sido más paciente y te habría hecho menos daño.

Alissa deseó que el suelo se abriera bajo sus pies y se la tragara.

Rápidamente, echó mano del canesú y se lo cerró para no quedarse desnuda ante sus ojos. Después, ruborizada, se apartó de él.

– No te preocupes por eso. Estoy bien.

Sergei sonrió.

– Como tú digas -declaró-. Cenaremos juntos dentro de una hora.

En cuanto él salió de la habitación, ella se metió en la bañera. El agua olía muy bien, y entre la espuma flotaban pétalos de rosa.

Alissa se quedó impresionada con las molestias que Sergei se había tomado; de hecho, el baño le impresionó bastante más que el extravagante collar

Se sentó en la bañera y notó un calor intenso entre las piernas. Había tenido su primera relación sexual, y aunque se sentía avergonzada por ello, lo sucedido no le preocupaba tanto como el hecho de que volvería a entregarse a él a poco que Sergei se empeñara. Y se empeñaría. No en vano, era suya. Había aceptado ser su esposa por dinero.

Sin embargo, volvió a preguntarse por qué habría querido casarse. Él no necesitaba pagar para mantener relaciones sexuales con una mujer; ni mucho menos, contraer matrimonio.

Mientras pensaba en el asunto, también se preguntó por qué la atraía tanto Sergei Antonovich. Al principio le había disgustado mucho; pero cuanto más lo conocía, más le gustaba.

En primer lugar, estaba el cariño que le demostraba a su abuela; casarse por hacer feliz a Yelena le parecía un exceso, pero no se podía dudar de sus buenas intenciones. En segundo lugar. Sergei se comportaba como un caballero con todo el mundo y no se daba demasiada importancia a sí mismo, a pesar de ser un hombre rico y poderoso. En tercer lugar, lograba que se sintiera increíblemente femenina; y aunque podía ser muy directo, ella siempre había preferido la sinceridad a la hipocresía y la ocultación.

Pero eso no era todo. Por muy arrogante que fuera, Sergei le estaba demostrando que también sabía ser sorprendentemente considerado y atento.

En ese momento llamaron a la puerta: era una doncella, que le dejó una caja de bombones de chocolate junto a la bañera.

Alissa sonrió de oreja a oreja, se llevó un bombón a la boca y lo saboreó. Justo entonces, se dio cuenta de que Sergei le gustaba de verdad, de que quería acostarse con él otra vez y de que se estaba enamorando.

La revelación fue tan súbita que se asustó y se levantó de golpe. De todas formas, el agua ya estaba enfriando; así que alcanzó una toalla y salió de la bañera. Después, se quitó los restos de maquillaje, se cepilló el cabello y se dirigió a la habitación. El teléfono empezó a sonar.

– ¿Dígame?

– Ven conmigo ahora mismo -le urgió Sergei-. ¡Acabo de despedir al entrenador de mi equipo de fútbol!

Tras la breve conversación, Alissa descubrió que las doncellas habían guardado todas sus cosas en el vestidor. Eligió un camisón de color turquesa y se lo puso mientras intentaba convencerse a sí misma de que no iban a hacer el amor otra vez, de que no se acostarían juntos por ninguna circunstancia y de que sólo iban a hablar de fútbol, aunque esperaba no tener que ver un partido.

Cuando entró en la suite de su esposo, Sergei estaba hablando por teléfono en un idioma desconocido para ella. Caminaba de un lado a otro y gesticulaba mucho. Al verla, hizo un gesto hacia la cama, junto a la que habían dejado un carrito con comida, para que se sirviera un plato.

Alissa descubrió que estaba hambrienta y eligió entre la amplia gama de platos fríos y calientes. Después, se sentó en la cama y empezó a degustar el pollo, la ensalada y el pan recién hecho.

Sergei cortó la comunicación con su interlocutor e hizo otra llamada. Ella no sabía lo que estaba pasando, pero le daba lo mismo. Cuando ya había terminado con la mitad de su comida, sirvió otro plato y lo puso al alcance de su esposo, para que pudiera picar algo mientras hablaba.

Entre llamada y llamada, ella preguntó:

– ¿Cuántos idiomas hablas?

– Seis o siete, aunque puedo hacerme entender en dos más -respondió él-. Cuando se trata de negocios, prefiero encargarme en persona. Me disgusta dejar mis asuntos en manos de intermediarios.

– Yo hablo castellano y francés, pero con dificultades -le informó.

– Pues tendrás que aprender ruso.

– ¿Tendré?

Él frunció el ceño.

– Por supuesto que sí, milaya moya.

Sergei la miró con interés: en ese momento no parecía una mujer adulta, sino una adolescente. Tenía el pelo echado hacia atrás, algo revuelto, y no se había maquillado. Su aspecto era tan natural y tan hermoso, que no se parecía nada a las mujeres que normalmente compartían cama con él.

Mientras la observaba, su hambre de comida se convirtió en un hambre bien diferente.

Ajena al deseo que había despertado en Sergei, Alissa se preguntó por qué se habría sentado precisamente en su cama y se avergonzó de sí misma, pero no se movió. De repente, la perspectiva de mantener las distancias con él y de limitarse a una relación exclusivamente platónica, le parecía tan interesante como un aguacero helado.

– Me gustas cuando estás completamente sobria -dijo él

– Aprenderé a mantener mi copa llena -bromeó ella, sonriendo-. Así no me la llenarán cada vez que un camarero pase por delante.

Encantado con su sonrisa, Sergei dejó el teléfono sobre un mueble y la tomó de la mano. Ella se arrodilló en la cama. Él le acarició el cabello, la besó apasionadamente y le quitó el camisón. Cuando la prenda cayó, Sergei capturó los pechos de Alissa con las manos y, a continuación, le lamió los pezones hasta que ella sintió un calor intenso entre las piernas y soltó un gemido.

– No puedo dejar de desearte -murmuró él.

Sergei pasó los dedos sobre los rizos dorados de su pubis y frotó suavemente su clítoris antes de aventurarse dentro de ella.

Alisa contuvo la respiración, tan ansiosa de caricias como si su primer encuentro no se hubiera producido. Separó las piernas y se aferró a sus hombros para apoyarse hasta que él la alzó en vilo, la apoyó en el cabecero de la cama y cubrió de besos su cuerpo.

– Quiero hacerte el amor como debí hacértelo esta tarde -anunció-. Quiero volverte loca de placer.

Sergei la tentó con la lengua y los dedos en su sexo hasta que ella empezó a temblar. Alissa se seguía sintiendo culpable, pero aquello no tenía nada que ver ni con lo correcto ni con lo incorrecto: era simplemente maravilloso, y sabía que Sergei no se había aprovechado de ella ni la primera vez ni entonces: hacía lo que ella también quería hacer.

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