Un Hijo Para El Magnate
- Автор: Graham Lynne
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Hijo Para El Magnate». Краткое содержание книги:
¿Por qué no tratar todo el asunto como si fuera un negocio? Sin emoción alguna; sólo con un contrato de conveniencia que le asegurara lo que quería: una esposa con la que acostarse, de la que disfrutar y a quien dejar embarazada para después… abandonarla.
Avergonzada e incómoda, se sentó en la cama y mantuvo los brazos sobre sus pechos, intentando ocultar todo lo que podía.
Sergei se cansó de esperar. Ya había esperado demasiado tiempo con ella: de hecho, le había dedicado una paciencia y una delicadeza mucho mayores que a ninguna otra mujer.
Con un movimiento rápido, se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella, atónita.
– Lo de obedecer órdenes no se te da muy bien, ¿verdad? -murmuró él con su tono ronco y profundo-. Tienes una vena independiente y salvaje con la que tendremos que trabajar…
– Pero… pero no deberíamos ir más lejos… -acertó a decir.
– ¿Ir más lejos? -preguntó él mientras la levantaba de la cama-. Ya hemos ido muy lejos, Alissa. Te deseo desde la primera vez que te vi. No es lo que yo había planeado, ni lo que quería. Yo nunca mezclo los negocios con el placer…
– Y esto es un negocio -le recordó, nerviosa.
Alissa intentó apartarse, pero descubrió que los ojos dorados de Sergei la mantenían clavada en el sitio, inmóvil, como si le hubiera puesto unas esposas o unos grilletes.
– Sí, lo es, es verdad, pero tendremos que hacer una excepción… porque te deseo más de lo que haya deseado nunca a una mujer
– Sólo intentas justificarte -dijo ella, desesperada.
– Por supuesto que intento justificarme. No habría hecho una fortuna si no fuera un hombre que se adapta con facilidad a las circunstancias -declaró él-. Ahora estamos casados y vamos a tener una relación profundamente íntima… es lo más lógico y razonable.
Alissa se estremeció al sentir su mirada de deseo, aunque no encontraba nada lógico ni razonable en el hecho de sentirse brutalmente atraída por un hombre tan distinto a ella, tan rico y poderoso.
– No, Sergei, sólo serviría para complicar las cosas.
Sergei conocía bien a las mujeres y supo que el momento de la victoria estaba cerca. Había notado que Alissa era incapaz de dejar de mirarlo, que sus pupilas se habían dilatado, que había entreabierto los labios y que su voz sonaba tan baja que casi no se oía.
– No complicará nada. Confía en mí.
Sergei se inclinó y la besó suavemente en la comisura de los labios. Al instante, ella giró la cabeza hacia él y abrió la boca para recibir el beso que esperaba, para volver a sentir su lengua.
Cuando por fin lo recibió, soltó un gemido de placer. Sergei se apretó contra ella y Alissa sintió la fuerza de su erección. Después, le quitó el sostén, contempló sus preciosos senos y se los acarició con delicadeza, casi de un modo reverencial,
– Eres una obra de arte -declaró.
Los pezones de Alissa se endurecieron bajo su contacto. Él estaba tan excitado para entonces que ya no pudo soportarlo más: la tumbó en la cama, suspiró y le empezó a lamer los pechos.
Alissa ya no podía pensar. Se arqueó contra él, fuera de sí, y se aferró con fuerza a su espalda. Quería más, mucho más.
Sergei se quedó maravillado con la intensidad de su respuesta. Acababa de echarse hacia atrás para quitarse la camisa cuando ella se abalanzó sobre él y empezó a desabrocharle los bolones con una falta de destreza y de refinamiento que a él le pareció enormemente atractiva.
Tras quitarle la camisa sin más incidente que la pérdida de un botón, Alissa contempló su torso moreno y el vello negro que le cubría el pecho y se sintió como si se derritiera. Pasó las manos sobre su estómago, notó la contracción de sus músculos y apretó los labios contra uno de sus pezones mientras aspiraba el aroma familiar de su piel.
– Yizihkom… -murmuró él.
– ¿Qué significa?
Sergei la miró a los ojos.
– Que uses tu lengua -respondió.
Alissa se lo concedió y empezó a lamerlo. Sabía maravillosamente bien, y habría disfrutado de su sabor durante mucho tiempo si él no la hubiera tumbado en la cama para volver a atormentar sus duros y sensibilizados pezones con un placer tan completo, que bastó para destruir el poco control que le quedaba.
Pero sólo habían empezado. De repente, él introdujo una mano por debajo de sus braguitas y encontró su clítoris. Alissa arqueó las caderas y gimió sin poder evitarlo cuando él se inclinó y comenzó a lamerla.
– Por favor… oh, por favor…
Sergei le quitó las braguitas del todo y la lamió un poco más antes de apartarse para quitarse los pantalones y los calzoncillos.
Alissa lo miró con deseo. Era un hombre magnífico, increíblemente atractivo. Y su erección, la primera que veía en toda su vida, le pareció fascinante.
– ¿Crees que encajaremos? -preguntó ella, antes de darse cuenta de lo que había dicho.
Sergei soltó una carcajada. La pregunta de Alissa le había parecido conmovedoramente ingenua para una mujer como ella: tras leer el informe de los psicólogos, estaba convencido de que era una mujer experimentada y acostumbrada a los hombres.
– Me excitas tanto, que casi me duele -le confesó él.
Sergei la penetró súbitamente, con dureza. Alissa soltó un gemido de dolor.
Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, él la miró con asombro,
– No es posible. No es posible que seas virgen…
– ¿Por qué no? ¿Es que hay alguna ley contra la virginidad? -contraatacó Alissa, verdaderamente avergonzada.
Sergei se había quedado quieto, helado. Creía que se había casado con una mujer de mundo que no le daría sorpresas, pero se había equivocado por completo. Ahora entendía su propensión a ruborizarse y las señales contradictorias que le enviaba cuando estaban juntos. Era virgen. No se había acostado con ningún otro hombre.
– ¿Quieres que me detenga?
– No, no quiero que te detengas…
Sergei suspiró, aliviado, y empezó a moverse otra vez, pero con delicadeza, haciendo esfuerzos por controlar su deseo. Estaba decidido a superar las expectativas que Alissa pudiera tener para su primera relación sexual.
Sus movimientos, lentos al principio, la volvieron loca de deseo. No podía controlar lo que sentía. Sergei aumentó el ritmo poco a poco, alimentando su necesidad hasta que. de repente, Alissa alcanzó el clímax y sintió ola tras ola de placer, entre convulsiones. Sólo entonces, él se dejó llevar y disfrutó del orgasmo más largo e intenso de su vida.
Un segundo más tarde, Sergei se asustó al pensar que no se había puesto un preservativo. Se había casado con ella para que le diera un hijo, pero sus prioridades habían cambiado de tal forma que no quería dejarla embarazada tan pronto, antes de que pudieran disfrutar a fondo de su relación.
Se apartó de ella, se tumbó de lado y le pasó un brazo alrededor del cuerpo.
– Bihla chudyesna… Ha sido maravilloso -dijo, mientras le daba un beso en la mejilla-. Pero me temo que deberíamos volver a la fiesta. Los invitados nos echarán de menos.
Alissa se sintió tan mortificada al recordar lo de la fiesta que se levantó de la cama a toda prisa; pero cayó en la cuenta de que no tenía más ropa para ponerse que las braguitas y el sostén y tiró de la sábana con violencia, para enrollársela alrededor del cuerpo. Sergei la miró con humor.
– Lo que se oculta, siempre resulta más fascinante -murmuró él con voz suave-. Y bastante más tentador para un hombre como yo que una faldita corta y un escote generoso…
– Tentarte a ti es lo último que pretendo -espetó.
Con sus ojos brillantes, su cabello revuelto y la barba que empezaba asomar en su mandíbula y a enfatizar la forma de su boca, Sergei le pareció una especie de dios pagano, enormemente bello y magnético.
Alissa lo odió por eso y se odió a sí misma por haberse entregado a él en la primera ocasión, pero pensó que de Sergei Antonovich no podía esperar otra cosa; a fin de cuentas era un tiburón de los negocios, un hombre famoso por ser imprevisible y por aprovechar cualquier oportunidad que se le presentara.