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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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– ¿Le hago daño?

El hombre sacudió la cabeza sin dejar de mirar a los bomberos. Las ambulancias estaban cerca.

Los ATS corrieron hacia un par de personas que estaban tiradas en el suelo y Charlotte no supo si llamarlos para que atendieran al hombre que estaba con ella.

– Puedo esperar-dijo el hombre.

– ¿Seguro? -la toalla se estaba empapando de sangre.

– ¿Charlotte? -era la voz de Raine. La expresión de su rostro era de total perplejidad-. ¿Qué ha ocurrido? Acabamos de volver y…

– ¿Puedes hacer que venga un médico? -le preguntó Charlotte.

Raine reparó en el hombre herido.

– Claro.

Corrió a toda prisa a través del jardín y paró a una mujer uniformada, señalando a Charlotte. La mujer agarró un maletín negro y fue hacia ellos.

– Gracias -le dijo Charlotte.

– Estoy bien -afirmó el hombre herido.

– Vamos a ver como está -le dijo la ATS, retirando la toalla rápidamente.

Abrió el maletín y sacó gasas, desinfectante y esparadrapo.

– Voy a mandarlo a que le den unos puntos.

El hombre asintió con gesto de cansancio.

– ¿Qué ocurrió? -preguntó Raine.

– Un tráiler de efectos especiales saltó por los aires -le dijo Charlotte.

Raine bajó la voz.

– ¿Había alguien dentro?

Charlotte miró a la ATS.

La mujer se encogió de hombros.

– Conseguimos salir -dijo el hombre-. Pudimos… -empezó a parpadear rápidamente y se puso muy pálido.

– Mon Dieu -dijo la ATS, tumbándolo en el suelo y levantándole las piernas-. Se ha desmayado -les dijo y entones habló por su intercomunicador-. ¿Etienne? ¿Puedes traer una camilla?

Entre los chirridos de la radio se oyó una respuesta ininteligible.

– ¿Has visto a Alec? -preguntó Raine.

– Estaba ayudando a los bomberos -Charlotte escudriñó la oscuridad.

El tráiler siniestrado había quedado reducido a un montón de chatarra chamuscada, pero el resto de camiones seguía en pie, y también el cobertizo. El jardín estaba arruinado y las jardineras cercanas se habían quemado.

Charlotte sintió un hueco en el estómago. Ella era la causante de todo.

– No me lo puedo creer -dijo.

– Estas cosas pasan -respondió Raine, mirando alrededor.

El hombre que transportaba la camilla se detuvo ante ellos.

– ¿Ha habido algún muerto? -le preguntó la ATS.

El otro médico sacudió la cabeza.

– Parece que había tres personas en el tráiler, pero todos salieron. Uno tiene un brazo roto. Otro sufre una conmoción. Y hay algunas quemaduras superficiales. Y éste -señaló al hombre al que estaban atendiendo, que seguía inconsciente en el porche.

– Necesitará que le den algunos puntos. Deberíamos tomarle la tensión.

Los dos médicos contaron hasta tres y subieron al hombre a la camilla.

– Estará bien -afirmó la ATS mientras le ponía las correas de seguridad.

– Gracias -dijo Charlotte.

– No es culpa tuya -dijo Ruine mientras se llevaban al hombre.

– Yo le prometí a tu hermano que nada saldría mal.

– ¿Y acaso provocaste la explosión?

– No.

– Entonces, Alec lo entenderá.

Charlotte vio a Alec entre la gente. Estaba charlando con el jefe de bomberos, gesticulando y hablando frenéticamente.

– Podemos replantar las flores -dijo Raine, intentando poner una nota positiva-. Quitaremos todos los escombros.

– Deberías echarme -comentó Charlotte, suspirando. No quería ser el objeto de la furia de Alec, sobre todo después de lo que había ocurrido entre ellos.

– Eres voluntaria -dijo Raine-. Creo que no podemos echarte.

– ¿Crees que rescindirá el contrato?

Un enjambre de mariposas empezó a revolotear en el estómago de Charlotte cuando Alec fue hacia ellas. Su mirada tenía un matiz implacable y su boca era una línea rígida.

– Creo que estamos a punto de averiguarlo -dijo Raine.

Charlotte se acercó a su amiga en busca de protección. Su corazón latía cada vez más deprisa cuanto más se acercaba él. Tenía las manos sucias y la ropa empapada, cubierta de ceniza y sudor.

– Nadie ha resultado herido grave.

– Lo siento muchísimo -dijo Charlotte.

Alec arrugó la expresión de los ojos.

– ¿Saben qué pasó? -preguntó Raine.

– Parece que fue un fallo eléctrico de los materiales pirotécnicos. Esto los va a retrasar mucho -miró a su alrededor con una expresión desolada. ¿Puedo hablar contigo a solas? -le preguntó a Charlotte.

– No es culpa suya -dijo Raine.

Alec miró a su hermana como si estuviera loca y agarró a Charlotte del brazo, pero entonces recordó que tenía las manos sucias y la soltó rápidamente.

Señaló un rincón aparte en el porche.

– Me siento fatal -empezó a decir ella tan pronto como estuvieron lo bastante lejos-. Debería haber pensado más en la seguridad. Debería haber previsto algo así.

– Tengo que preguntarte… -dijo Alec, deteniéndose y volviéndose hacia ella con gesto de preocupación más que de enfado.

– ¿Qué? -preguntó Charlotte.

– Lo que pasó entre nosotros, hace un rato…

Charlotte se puso tensa y trató de hacerse a la idea de lo que estaba por venir.

– No tienes por qué decir nada, Alec. Lo entiendo. Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Lo mejor era seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. De hecho, podía considerarse muy afortunada si él le dejaba continuar con la película.

– ¿Estás de acuerdo conmigo? -le preguntó él.

Ella asintió.

– Será nuestro secreto.

Alec se cruzó de brazos.

– Ya hemos hablado de eso.

– Sí -dijo Charlotte, asintiendo-. ¿Y entonces qué queda por hablar?

– Lo que quería preguntarte era… -miró alrededor y entonces se acercó un poco más-. ¿Quieres volver a hacerlo?

Charlotte parpadeó varias veces.

– No entiendo.

El dio otro paso adelante.

– Ni siquiera me atrevo a tocarte aquí fuera, y no digamos besarte y abrazarte, pero lo que te estoy preguntando es si te gustaría volver a hacer el amor conmigo.

– ¿Y terminar la película?

– ¿Y qué tiene que ver eso?

– Bueno, yo estoy aquí por el rodaje, y acabo de destruir tu jardín.

Alec miró por encima del hombro de ella.

– La verdad es que han armado un buen lío.

– ¿Nos vas a echar?

– No.

– ¿Por qué?

El suspiró.

– ¿Tienes idea de lo difícil que es para mí estar aquí parado sin besarte y tocarte?

Charlotte, que sí lo sabía muy bien porque estaba librando la misma batalla, sonrió.

– Contesta a mi pregunta, por favor -dijo él, frunciendo el ceño.

– Sí.

– Bien.

– Raine nos está mirando.

– Deja que yo me ocupe de Raine -dijo Alec.

Capítulo 6

Charlotte se quitó el vestido y se dio una buena ducha. Ya era más de medianoche, pero la gente seguía trabajando en el jardín y resultaba imposible dormir. Los ruidos se sucedían y aún había unos cuantos bomberos junto a los rescoldos humeantes.

Se puso unos vaqueros y una camiseta y se dirigió a la cocina. Una copita de brandy quizá la ayudara a cerrar los ojos.

Al pasar por delante de la biblioteca, oyó voces tras la puerta entreabierta.

Alec, Kiefer, Jack y Lars, junto con otros tres miembros del equipo, estaban sentados alrededor de una enorme mesa.

– David estará aquí mañana por la mañana para evaluar la situación -dijo Jack, guardándose el móvil.

– Por lo menos perderemos dos días de rodaje -comentó Lars, frunciendo el ceño-. Me parece que a alguno se le va a caer el pelo…

– Yo puedo traer a un equipo de construcción del proyecto de Toulouse -le dijo Kiefer a Alec.

Charlotte se encogió por dentro. Ella sabía muy bien que Alec no quería molestar a sus empleados más de la cuenta.

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