El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Min gritó y saltó de la cama. No sabía a qué venía aquella locura, aquel sin sentido, pero sus cuchillos salieron velozmente de cada una de las mangas y se abalanzó contra las Doncellas.
—¡Socorro! —gritó al tiempo—. ¡Oh, Rand! ¡Que alguien me ayude!
O, al menos, eso fue lo que intentó gritar. La tercera Doncella, Nandera, se giró como una serpiente y Min recibió una patada en el estómago. El aire salió de sus pulmones como el soplido de un fuelle. Los cuchillos le desaparecieron de las manos en un abrir y cerrar de ojos, dio una vuelta de campana por encima del pie de la Doncella, yendo a caer de espaldas, y el batacazo acabó sacándole el poco aire que le quedaba en los pulmones. Intentando moverse, intentando respirar —¡intentando comprender!— sólo pudo yacer allí y presenciar la escena.
Las tres mujeres actuaban concienzudamente. Nesair y Nandera descargaban puñetazos mientras Somara lo mantenía doblado y atrapado con su propia camisa. Una vez, y otra, y otra, asestaban golpes intencionados en el duro estómago de Rand, en el lado derecho. Min habría reído histéricamente si hubiese tenido resuello. Intentaban matarlo a golpes y ponían buen cuidado en no dar cerca de la tierna cicatriz redonda, con el tajo medio curado que la cruzaba, del costado izquierdo.
Ella sabía muy bien lo duro que era el cuerpo de Rand, lo fuerte, pero nadie podía aguantar aquello. Lentamente, las rodillas se le doblaron, y cuando se clavaron en el suelo, Nandera y Nesair se apartaron. Ambas asintieron en silencio, y Somara soltó la camisa. Rand cayó de bruces. Min lo oía jadear, tratando de contener los gemidos que brotaban de su garganta a pesar de sus esfuerzos. Somara se arrodilló a su lado y le retiró la camisa casi con ternura. Él permaneció tendido, con la mejilla contra las baldosas, los ojos desorbitados, luchando para llevar aire a sus pulmones.
Nesair se inclinó para agarrarlo por el cabello y tiró hacia atrás.
—Nos ganamos el derecho a esto —gruñó—, pero todas las Doncellas deseaban ponerte las manos encima. Dejé mi clan por ti, Rand al’Thor. ¡No permitiré que me escupas!
Somara movió una mano como si fuese a retirarle los mechones que le caían sobre la cara, pero luego los agarró y tiró.
—Así es como tratamos a un primer hermano que nos deshonra, Rand al’Thor —manifestó firmemente—. La primera vez. A la próxima, utilizaremos correas.
Nandera permanecía erguida junto a Rand, con el pie plantado sobre su cadera y el semblante pétreo.
—Llevas el honor de las Far Dareis Mai, hijo de una Doncella —dijo seriamente—. Prometiste llamarnos a la danza de las lanzas por ti, y luego corres a la batalla y nos dejas atrás. No volverás a hacerlo.
Pasó por encima de él, pisándolo, para dirigirse a la puerta, y las otras dos la siguieron. Sólo Somara miró atrás, y si en sus azules ojos asomó algo de compasión, no ocurrió lo mismo en su voz cuando habló.
—No hagas necesario esto otra vez, hijo de una Doncella.
Rand se había incorporado trabajosamente sobre manos y rodillas para cuando Min consiguió gatear hasta él.
—Deben de haberse vuelto locas —dijo con voz ronca. ¡Luz, cómo le dolía el estómago!—. ¡Rhuarc les…! —No sabía qué podría hacer Rhuarc. Pero no sería bastante, fuese lo que fuese—. Sorilea. —¡Sorilea las pondría a secar al sol! ¡Eso, para empezar!—. Cuando se lo contemos…
—No se lo contaremos a nadie —acotó él. Casi hablaba como si hubiese recobrado el resuello, aunque aún tenía los ojos algo desorbitados. ¿Cómo lo hacía?—. Tenían derecho. Se lo habían ganado.
Min reconocía ese tono más que de sobra. ¡Cuando un hombre decidía ser testarudo, se sentaría desnudo en un rodal de ortigas y negaría que le escocía el culo! Casi se alegró de oírlo gemir cuando lo ayudó a levantarse. Es decir, cuando se ayudaron mutuamente. ¡Si el muy idiota iba a comportarse como un necio, merecía unos cuantos cardenales!
Rand se tendió en la cama, recostado sobre el montón de almohadas, y Min se acurrucó a su lado. No era lo que había esperado, pero no iba a pasar nada más, de eso no le cabía duda.
—No era así como esperaba usar la cama —murmuró él.
Min no estaba segura de que el comentario estuviese destinado a sus oídos. Se echó a reír.
—Disfruto cuando me tienes abrazada tanto como… como con lo otro. —Cosa extraña, él sonrió como si supiera que mentía. ¡Pues su tía Miren afirmaba que ésa era una de las tres mentiras que cualquier hombre creería a una mujer!
—Si interrumpo, supongo que puedo volver cuando sea más conveniente —dijo una fría voz femenina desde la puerta.
Min se retiró bruscamente de Rand como si se hubiese quemado, pero cuando él la atrajo de nuevo hacia sí, volvió a acurrucarse a su lado. Reconocía a la Aes Sedai plantada en el umbral, una cairhienina baja y regordeta, con cuatro finas franjas de color cruzándole el amplio busto y cuchilladas blancas en la falda oscura. Daigian Moseneillin era una de las hermanas que habían llegado con Cadsuane. Y era casi tan autoritaria como ella, en opinión de Min.
—No sé en qué casa te criaste ni a qué estamento pertenecías —dijo perezosamente Rand—. Pero ¿nadie te enseñó a llamar a las puertas?
A pesar de su aparente calma, Min notaba todos los músculos del brazo con el que la rodeaba tensos como cables. La piedra de la luna que colgaba de una cadenilla de plata sobre la frente de Daigian se meció cuando la mujer sacudió lentamente la cabeza. Obviamente, no se sentía complacida.
—Cadsuane Sedai recibió vuestra petición —anunció en un tono aún más frío que antes—, y me pide que transmita sus excusas. Está ansiosa por terminar el bordado en el que trabaja. Quizá pueda veros otro día. Si encuentra un rato libre.
—¿Es eso lo que dijo? —preguntó Rand en un tono peligroso.
Daigian resopló con desprecio.
—Os dejaré para que prosigáis con… lo que quiera que estuvieseis haciendo.
Min se preguntó si podría abofetear a una Aes Sedai sin sufrir después las consecuencias. Daigian le dirigió una gélida mirada, como si hubiese oído su pensamiento, y se volvió para salir del cuarto. Rand se sentó, ahogando un gemido.
—¡Dile a Cadsuane que puede irse a la Fosa de la Perdición! —bramó a la espalda de la hermana—. ¡Dile que puede pudrirse!
—Eso no servirá de nada, Rand —musitó Min. Aquello iba a ser más duro de lo que había pensado—. Necesitas a Cadsuane. Ella no te necesita a ti.
—Conque no, ¿eh? —dijo quedamente él.
Min se estremeció. Ahora sí que había un timbre peligroso en su voz.
Rand volvió a vestirse despacio, evitando movimientos bruscos, y envió a Min con mensajes para que las Doncellas los transmitieran. Al menos eso lo harían todavía. Las costillas del costado derecho le dolían casi tanto como las heridas del lado izquierdo, y la zona abdominal la sentía como si se la hubiesen molido a golpes con un palo. Les había hecho una promesa. Asió el saidin en el dormitorio, cuando se encontró solo; no quería que ni siquiera Min lo viera tambalearse otra vez. Tenía que ser fuerte, por el bien de ella. Tenía que ser fuerte, por bien del mundo. Aquel puñado de emociones en el fondo de su mente que era Alanna le recordó el precio de descuidarse. Justo en ese momento, Alanna estaba enfurruñada. Tenía que haber excedido el límite de paciencia de una Sabia, porque, si estaba sentada, debía de haberlo hecho suavemente y con mucha precaución.
—Aún pienso que es una locura, Rand al’Thor —insistió Min mientras él se ponía la Corona de Espadas con cuidado; no quería que las minúsculas hojas se le clavaran, haciéndolo sangrar—. ¿Me estás escuchando? Bien, si te propones seguir adelante con ello, te acompaño. Has admitido que me necesitas, ¡y me necesitarás más que nunca para esto! —Estaba muy engallada, puesta en jarras, daba golpecitos en el suelo con el pie y sus ojos casi echaban chispas.