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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Lanzó un carraspeo y comprobó que la cámara prestaba atención; pero tenía que llegar a la conclusión. Allá iba.

– Lo que nos lleva al asunto del ager Africanus insularum. Estas islas tienen poca importancia estratégica. Son pequeñas y esta cámara no las echará de menos. No hay oro, ni plata, ni hierro, ni especias exóticas. No son muy fértiles comparadas con los fabulosos graneros del río Bagradas, en el que muchos de los miembros de esta cámara tienen tierras, igual que muchos caballeros de la primera clase. Entonces, ¿por qué no dárselas a los soldados del censo por cabezas de Cayo Mario cuando se retiren? ¿Queremos realmente vivir abrumados con cuarenta mil veteranos proletarios en las tabernas y calles de Roma? Sin trabajo, sin nada que hacer, empobrecidos después de haberse gastado su pequeña parte del botín… ¿No es mejor para ellos, y para Roma, asentarlos en el Ager Africanus insularum? Porque, padres conscriptos, hay un trabajo que pueden hacer cuando se retiren. ¡Llevar Roma a la provincia de Africa! ¡Nuestra lengua, nuestras costumbres, nuestros dioses, nuestro modelo de vida! A través de esos valientes y animosos expatriados, los pueblos de la provincia africana nos comprenderán mejor; porque esos valientes y animosos expatriados son gente del común; ni más rica, ni más inteligente, ni más privilegiada que la mayoría de los indígenas, y estarán en contacto diario con la población; algunos se casarán con mujeres indígenas, confraternizarán unos con otros y, en definitiva, habrá menos guerra y más paz.

Lo había expuesto con gran persuasión, razonando, sin ningún tipo de frases grandilocuentes ni gestos retóricos, y conforme se enardecía en la perorata comenzó a creer que podría conseguir que los tercos miembros de aquel organismo elitista fuesen capaces de ver las esperanzas que abrigaban para Roma los hombres como Cayo Mario, ¡y como él!

Mientras regresaba a su extremo del banco de los tribunos, no notó nada en el silencio que contradijera tal convencimiento. Pero no; es que esperaban. Esperaban que uno de los padres de la patria señalara el camino. Borregos, borregos, borregos. Maldito rebaño de borregos.

– Pido la palabra -dijo Lucio Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, al magistrado presidente, el segundo cónsul Cayo Flavio Fimbria.

– La tenéis, Lucio Cecilio -dijo Fimbria.

Metelo Dalmático se puso en pie; hasta ese momento había ocultado su indignación, pero ésta desbordó sus cauces como un fogonazo de yesca.

– ¡Roma es única! -tronó de tal modo que algunos de los senadores se sobresaltaron-. ¿Cómo se atreve ningún romano perteneciente a esta cámara proponer un programa destinado a que el resto del mundo imite a Roma?

La habitual actitud de Dalmático de suprema altivez se había desvanecido; se crecía, congestionado, hinchadas las venas de Su rostro mofletudo. Y temblaba; vibraba de ira casi como las alas de una polilla. Fascinados, atemorizados, todos los presentes contenían la respiración, escuchando a aquel Dalmático, pontífice máximo, de cuya existencia apenas se habían percatado.

– Veamos, padres conscriptos, todos conocemos la Roma que digo, ¿no es cierto? -vociferó-. ¡Lucio Apuleyo Saturnino es un ladrón, un aprovechado de la carestía de alimentos, un vulgar afeminado, un corruptor de niños que abriga lascivos deseos por su hermana y su hijita, un muñeco manipulado por el maestro de ceremonias de Arpinum ahora en la Galia Transalpina, una cucaracha del más inmundo lupanar de Roma, un proxeneta, un maricón, un pornógrafo, el producto que supura cada verpa de esta ciudad! ¿Qué sabe él de Roma, qué sabe de Roma el lerdo de su patrón de Arpinum? ¡Roma es única! ¡Roma no se puede tirar al mundo como excremento a las cloacas, como escupitajos al sumidero! ¿Es que vamos a consentir la disolución de nuestra raza con uniones híbridas con las mujerzuelas de cien pueblos? ¿Es que en el futuro vamos a viajar a lugares remotos para que hieran nuestros oídos romanos una jerga latina espúrea? ¡Que hablen griego! ¡Que adoren a Serapis del escroto o a Astarté del Ano! ¿A nosotros qué nos importa? ¿Pero es que vamos a entregarles a Quirino? ¿Quiénes son los quirites, los hijos de Quirino? ¡Nosotros! Porque ¿quién es Quirino? ¡Sólo un romano puede saberlo! ¡Quirino es el espíritu de la ciudadanía romana, Quirino es el dios de la asamblea de varones romanos, Quirino es el dios invencible, porque Roma jamás ha sido vencida… y nunca será vencida, compañeros quirites!

La cámara prorrumpió en vítores atronadores, mientras Dalmático, pontífice máximo, se dirigía vacilante hacia su asiento, en el que casi se derrumbó; los senadores lloraban, pateaban, aplaudían hasta cansarse las manos, se volvían unos hacia otros para abrazarse llorosos.

Pero toda aquella emoción contenida se diluyó como espuma de la mar sobre roca basáltica y, una vez secadas las lágrimas y los cuerpos serenados, los hombres del Senado de Roma se encontraron carentes de energía y arrastraron sus pesados pies hasta sus casas, con la ensoñación de ese momento mágico en que habían tenido la visión de un Quirino sin rostro que los cubría con su toga protectora como un padre a sus leales y amados hijos.

La cámara estaba casi vacía cuando Craso Orator, Quinto Mucio Escévola, Metelo el Numídico, Catulo César y Escauro, príncipe del Senado, cesaron en su eufórica conversación y optaron por seguir los pasos de los demás. Lucio Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, seguía sentado, erguido y con las manos cruzadas en el regazo en gesto tan impecable como una muchacha bien educada. Pero tenía la cabeza caída, con la barbilla sobre el pecho, y una leve brisa que entraba por las puertas movía su canoso cabello.

– ¡Hermano, ha sido el mejor discurso que he oído en mi vida! -exclamó Metelo el Numídico, apretando con una mano el hombro de Dalmático.

Dalmático seguía sentado sin hablar ni moverse; sólo en ese momento vieron que estaba muerto.

– Un final digno -comentó Craso Orator-. Yo moriría feliz sabiendo que había hecho mi mejor discurso a las puertas de la muerte.

Pero ni el discurso de Metelo Dalmático, pontífice máximo, ni la muerte de Metelo Dalmático, pontífice máximo, ni la ira y poder del Senado pudieron impedir que la Asamblea de la plebe aprobase la ley agraria de Saturnino. Y, con ello, la carrera de tribuno de Lucio Apuleyo Saturnino tuvo un comienzo sonado, una curiosa mezcla de infamia y adulación.

– Me encanta -dijo Saturnino a Glaucia mientras cenaban la misma noche en que había sido aprobada la lex Appuleia. Cenaban juntos a menudo y habitualmente en casa de Glaucia, ya que la esposa de Saturnino no había acabado de sobreponerse a los terribles acontecimientos que se sucedieron tras la denuncia de Escauro cuando Saturnino era cuestor en Ostia-. Sí, me encanta. Imagínate, Cayo Servilio, habria tenido una carrera muy distinta de no haber sido por ese viejo mentula de Escauro.

– Sí, te va bien la tribuna de los Espolones -dijo Glaucia, comiendo uvas de invernadero-. Quizá haya, al fin y al cabo, algo que rige nuestras vidas.

– ¡Ah, te refieres a Quirino! -exclamó, burlón, Saturnino.

– Puedes reírte, pero yo te digo que la vida es una cosa bien rara -replicó Glaucia-. Es todo tan intrincado como el juego del cottatus.

– ¿Cómo, no hay nada estoico ni epicúreo, Cayo Servilio? ¿Nada de fatalismo ni hedonismo? Ten cuidado, no vayas a escandalizar a todos esos griegos aguafiestas que sostienen irredentos que los romanos nunca haremos una filosofía que no proceda de la suya -dijo Saturnino riendo.

– Los griegos son y los romanos hacen. ¡Hay que elegir! No he conocido a ningún hombre que haya logrado combinar esos dos estados del ser. Somos los dos extremos opuestos del conducto alimentario, griegos y romanos. Los romanos somos la boca, y la llenamos; los griegos son el ano, y lo vacían. No pretendo ofender a los griegos; es una simple figura retórica -dijo Glaucia, subrayando su afirmación echando unas uvas al extremo romano del conducto alimentario.

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