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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Los del centro del banco eran muy humildes tribunos de la plebe, y parecían pensar que su principal papel durante el año que tenían por delante iba a consistir en evitar que los dos extremos opuestos se degollasen mutuamente. Efectivamente, no existía mucho respeto reciproco entre los que Escauro vituperaba de demagogos y los que encomiaba por no perder de vista el hecho de que antes eran senadores que tribunos de la plebe.

No es que a Saturnino le importase. El había accedido al cargo con más votos que nadie, seguido de Cayo Norbano, lo que servía para que los conservadores se dieran cuenta de que no había disminuido el afecto del pueblo por Cayo Mario, y que éste había considerado que valía la pena gastar una buena suma de dinero en comprar votos para Saturnino y Norbano. Era preciso que ambos actuaran rápidamente, pues el interés por la Asamblea plebeya había disminuido notablemente en los tres últimos meses del año que acababa de expirar, debido en parte al aburrimiento del pueblo y también al hecho de que ningún tribuno de la plebe podía seguir aquel ritmo más de tres meses. Los tribunos de la plebe se cansaban pronto, como la liebre de Esopo, mientras que la senecta tortuga senatorial mantenía su ritmo.

– Sólo verán mi sombra -dijo Saturnino a Glaucia cuando se aproximaba el décimo día del mes de diciembre, fecha en que el nuevo colegio tribunicio asumía el cargo.

– ¿Qué es lo primero? -inquirió indolente Glaucia, algo decepcionado porque, siendo mayor que Saturnino, aún no había tenido ocasión de que le eligieran tribuno de la plebe.

– Una modesta ley agraria -respondió Saturnino con sonrisa de lobo- para ayudar a mi amigo y benefactor Cayo Mario.

Con minuciosidad de planteamiento y mediante un magnífico discurso, Saturnino incluyó en la orden del día una ley para distribuir el ager Africanus insularum, reservado en dominio público el año anterior por Lucio Marcio Filipo; ahora se repartiría entre los soldados del censo por cabezas del ejército de Mario, según un promedio de cien iurera (por cabeza). ¡Ah, cómo se había divertido con los aullidos de aprobación del pueblo, los alaridos de indignación del Senado, los puños alzados de Lucio Cota y el firme e inocente discurso de Cayo Norbano en apoyo de la medida!

– Nunca había imaginado lo interesante que es ser tribuno de la plebe -dijo una vez disuelto el contio, mientras cenaba con Glaucia en casa de éste.

– Si, desde luego, tuviste a los padres de la patria a la defensiva -añadió Glaucia recordando la escena-. ¡Creí que a Metelo el Numídico le iba a estallar una vena!

– Lástima que no fuera así -dijo Saturnino, reclinándose con un suspiro de contento y divagando con la mirada por entre los dibujos que el hollín de lámparas y braseros había dejado en el techo, que necesitaba urgentemente remozar-. Es curiosa su forma de pensar, ¿no? Basta con que se susurre el término "ley agraria" para que comiencen a despotricar contra los Gracos, horrorizados por la idea de dar algo si no es a cambio de otra cosa. ¡Hasta el censo por cabezas repudia el hecho de conceder algo gratis!

– Bueno, es que es un concepto muy nuevo para todo romano bien pensante -replicó Glaucia.

– Y una vez aprobado, comenzaron a chillar por el gran tamaño de las parcelas… diez veces mayores que una pequeña propiedad de Campania, dijeron. Se diría que saben de antemano que una isla de la Sirte menor tiene un rendimiento diez veces inferior a la peor explotación de Campania y que la lluvia es la décima parte de previsible -dijo Saturnino.

– Sí, pero el debate realmente se centraba en los millares de nuevos clientes con que se hace Cayo Mario, ¿no? -inquirió Glaucia-. Ahí es donde realmente les duele. Todos los veteranos del ejército del censo por cabezas son clientes potenciales del general, y más cuando éste se ha tomado la molestia de asegurarles un trozo de tierra para la vejez. ¡Le quedan obligados! Lo que sucede es que no ven que el Estado es su único benefactor, ya que es el Estado quien tiene que encontrar la tierra. Pero ellos se lo agradecen a su general, se lo agradecen a Cayo Mario, y eso es lo que indigna a los padres de la patria.

– De acuerdo. Pero la solución no está en oponerse, Cayo Servilio, sino en aprobar una ley general aplicable a todos los ejércitos del censo por cabezas de una vez para siempre… diez iugera de buena tierra para cada hombre que acabe su plazo de servicio en las legiones; digamos quince años… veinte, si quieres. Y eso independientemente de los generales al mando de los cuales sirva o de las distintas campañas en que combata.

– ¡Eso tiene demasiado sentido común, Lucio Apuleyo! -replicó Glaucia, riendo con ganas-. Y piensa en la oposición de todos los caballeros a los que una ley así afectaría… menos tierra para arriendo. ¡Y eso sin contar a nuestros estimados y bucólicos senadores!

– Si las tierras estuviesen en Italia, no digo que no -replicó Saturnino-. ¿Pero unas islas en la costa africana…? ¡Por favor, Cayo Servilio! ¿De qué les sirven a esos viejos perros guardianes de sus putrefactos huesos? ¡Compáralo con los millones de iugera que Cayo Mario ha dado en nombre de Roma en las riberas del Ubu y del Chelif y a orillas del lago Tritonis, y todo a esos mismos que ponen el grito en el cielo!

Glaucia puso en blanco sus ojos verde claro de largas pestañas, se tumbó de espaldas, dio una palmada y volvió a soltar una carcajada.

– De todos modos, a mí el discurso que más me gustó fue el de Escauro. Ese hombre es inteligente; los demás lo único que tienen es influencia. ¿Estás preparado para mañana en el Senado? -inquirió, alzando la cabeza y mirando a Saturnino.

– Creo que sí-respondió Saturnino, animado-. ¡Lucio Apuleyo vuelve al Senado! ¡Y esta vez no pueden echarme antes de que expire el cargo! Tendrían que movilizar a las treinta y cinco tribus, y eso no lo harían. Les guste o no a los padres de la patria, vuelvo a estar en su madriguera más irritado que una avispa.

Entró en el Senado como si fuese de él, con una majestuosa reverencia a Escauro y saludos con la mano derecha a ambos lados de la cámara, que se hallaba casi llena, indicio inequívoco de un fuerte debate. Se dijo que el resultado no importaba tanto, ya que el escenario en que se dirimiría el verdadero conflicto no era la curia hostilia, sino la zona de Comitia. Había llegado el día de defenderse con argumentos descarados y, además, con el cuestor de cereales caído en desgracia metamorfoseado como por encantamiento en tribuno de la plebe, una amarga sorpresa para los padres de la patria.

Con los padres conscriptos del Senado abordaría una nueva táctica, una táctica que pensaba aplicar luego a la Asamblea de la plebe. Iba a ser una prueba.

– Hace mucho tiempo que la esfera de influencia de Roma no se limita a Italia -comenzó diciendo-. Todos sabemos las contrariedades que Yugurta ha causado a Roma. Todos estamos eternamente agradecidos al estimado primer cónsul Cayo Mario por haber puesto fin tan admirablemente, y de forma tan definitiva, a la guerra en Africa. Pero ¿cómo puede Roma garantizar a las generaciónes futuras unas provincias pacificadas de las que puedan gozar sus frutos? Tenemos una tradición, vinculada a las tradiciones de los pueblos no romanos, por la que, aunque éstos vivan en nuestras provincias, son libres de continuar con sus ritos religiosos, sus costumbres comerciales, sus costumbres políticas. A condición de que ello no perjudique a Roma o suponga un peligro. Pero una de las consecuencias más deplorables de esta tradición de no injerencia es la ignorancia. Ninguna de nuestras provincias más allá de Italia, la Galia itálica y Sicilia está al corriente de las cosas de Roma como para que la población se sienta inclinada hacia la colaboración en detrimento de la resistencia. Si la población de Numidia nos hubiera conocido mejor, Yugurta jamás habría podido arrastrarla tras éL Si la población de Mauritania nos hubiera conocido mejor, jamás Yugurta habría convencido al rey Boco para que le apoyase.

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