El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
La cámara votó con un nutrido aplauso, a guisa de consenso.
– Cayo Memio, yo creo -dijo Lucio Marcio Filipo con un tonillo nasal de irreprochable superioridad aristocrática, dolido por la alusión de Escauro de que Mario había comprado sus servicios- que la cámara debería nombrar ahora mismo un fiscal para el caso de Tito Anio Albucio.
– ¿Alguna objeción? -preguntó Memio mirando a los senadores.
No había objeciones.
– Muy bien, que conste que la cámara nombrará un fiscal para el proceso contra Tito Anio Albucio. ¿Nombres…? -añadió Memio.
– ¡Oh, querido praetor urbanus; no puede haber más que un solo nombre! -replicó Filipo con el mismo tonillo.
– Pues, decidlo, Lucio Marcio.
– Pues el ducho abogado del Foro César Estrabo -contestó Filipo-. Vamos, que no le ahorremos a Tito Anio la impresión de que le persigue una voz de su pasado. ¡Yo creo que el fiscal debe ser bizco!
La cámara estalló en una risotada; y Escauro como el que más. Cuando cesó la hilaridad, todos votaron por unanimidad nombrar fiscal del proceso contra Tito Anio Albucio al joven Cayo Julio César Estrabo, hermano menor de Catulo César y Lucio César, vengándose así de Pompeyo Estrabo. Cuando éste recibió la severa carta del Senado (más una copia del discurso de Escauro, que adjuntó Cayo Memio para echar sal en la herida), comprendió perfectamente. Y juró que algún día tendría a todos aquellos aristócratas altaneros del Senado a su merced, igual que ellos le tenían a él en aquel momento.
Pese a los ingentes esfuerzos que desplegaron, ni Escauro ni el Numídico pudieron conseguir suficientes votos en la Asamblea de la plebe para impedir la nominación de Cayo Mario como candidato al consulado in absentia. Y tampoco pudieron modificar la actitud de la Asamblea de las centurias, porque a los electores de la segunda clase aún les dolía la afirmación de Escauro en su memorable discurso de que eran hombres medio, tan despreciables como los de la tercera y cuarta. La Asamblea centuriada prorrogó el mandato de Mario para contener a los germanos y no quiso saber de nadie más para el cargo. Elegido primer cónsul por segunda vez consecutiva, Cayo Mario era el hombre del momento, y podía sin ambages decirse el primer hombre de Roma.
– Pero no primus ínter pares -dijo Metelo el Numídico al joven Marco Livio Druso, que había regresado al Foro tras su breve carrera militar del año anterior. Se habían encontrado ante el tribunal del pretor urbano y Druso iba acompañado de su amigo y cuñado Cepio hijo.
– Mucho me temo, Quinto Cecilio -dijo Druso sin el menor deje de apología-, que por una vez no coincido con la opinión de mis iguales. Yo voté por Cayo Mario… Sí, eso os deja perplejo, ¿verdad? Pero es que no sólo voté por Cayo Mario, sino que se lo aconsejé a casi todos mis amigos y clientes.
– ¡Sois un traidor a vuestra clase! -espetó el Numídico.
– En absoluto, Quinto Cecilio. Mirad, yo estuve en Arausio -replicó apaciblemente Druso-, y vi con mis propios ojos lo que sucede cuando el elitismo senatorial se antepone al buen sentido romano. Y os digo sinceramente que si Cayo Mario fuese bizco como César Estrabo, tan descarado como Pompeyo Estrabo, tan bajo de cuna como un trabajador del puerto de Roma, tan vulgar como el caballero Sexto Perquetieno… aun así le votaría. No creo que exista un militar de su talla, y yo no toleraría que nombraran por encima de él a un cónsul que le tratase como Quinto Servilio Cepio trató a Cneo Malio Máximo.
Y Druso le dio la espalda con gran dignidad y se alejó, dejándole con la boca abierta.
– Ha cambiado -comentó Cepio hijo, que aún seguía a Druso, aunque con menos entusiasmo desde su regreso de la Galia Transalpina-. Mi padre dice que si Marco Livio no se anda con cuidado, se volverá un demagogo de cuidado.
– ¡No puede! -exclamó Metelo el Numídico-. Su padre el censor fue uno de los enemigos más pertinaces de Cayo Graco, y el joven Marco Livio ha recibido una educación eminentemente conservadora.
– Arausio le ha hecho cambiar -insistió Cepio hijo-. Quizá fuese el golpe que recibió en la cabeza… eso es lo que cree mi padre, desde luego, pues desde su regreso es uña y carne con ese marso llamado Silo, del que se hizo amigo después de la batalla -añadió con desdén-. Ese Silo es de Alba Fucentia y se pasea por casa de Marco Livio como si fuera suya; se pasan horas sentados hablando y nunca me invitan a estar con ellos.
– Un asunto lamentable, Arausio -dijo Metelo el Numídico, llegando a un forzado eufemismo, pues se lo comentaba al hijo del principal responsable.
Cepio hijo se escabulló en cuanto pudo y se fue a casa embargado por una insatisfacción que venía de lejos, no sabía exactamente de cuándo, pero más o menos desde que se había casado con la hermana de Druso y éste se había casado con la hermana de él. No había fundamento para sentirse así, pero sentía algo. ¡Cómo habían cambiado las cosas desde Arausio! Tampoco su padre era el mismo; tan pronto se echaba a reír por algún chiste que él no entendía, como caía en la más profunda desesperación por la ola de resentimiento público que se había desencadenado o, al poco, comenzaba a despotricar a voces diciendo que era una injusticia, pero Cepio hijo no acababa de entenderle.
Y él mismo tampoco lograba sentirse totalmente inocente por lo de Arausio; mientras que Druso, Sertorio y Sexto César, incluso aquel Silo, quedaron en el campo de batalla dados por muertos, él había cruzado apresuradamente el río como un miserable, con las mismas ansias de sobrevivir que los reclutas bisoños del censo por cabezas de su legión. Naturalmente, esto nunca se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su padre. Era el tremendo secreto del joven Cepio. No obstante, siempre que veía a Druso Se preguntaba lo que éste sospecharía.
Su esposa, Livia Drusa, se hallaba en la sala de estar con la niña sobre las rodillas, porque acababa de darle el pecho. Como de costumbre, fue acogido con una sonrisa que habría debido reconfortarle; pero no sucedía eso. Los ojos de Livia desmentían el resto de su rostrO, pues no Se iluminaban con ninguna sonrisa ni los animaba ningún fulgor de interés. Siempre que le hablaba o le escuchaba, Cepio hijo se daba cuenta de que nunca le miraba. Sin embargo, era el más afortunado de los mortales con una esposa tan amable y complaciente: nunca rehuía sus requerimientos sexuales ni alegaba estar cansada. Claro que en tales ocasiones él no podía ver sus ojos y no podía saber con certeza si los animaba un destello de placer.
Un hombre más inteligente y perspicaz habría amablemente exigido a Livia Drusa esas cosas, pero Cepio hijo lo dejaba todo a la imaginación y no podía darse cuenta de que tenía muy poca. Lo que si tenía era suficiente agudeza mental para darse cuenta de que había algo que no funcionaba en absoluto, pero carecía de la suficiente agudeza mental para deducir el qué. No se le ocurrió, por supuesto, pensar que ella no le amaba, pese a que antes de casarse estaba convencido de que no le gustaba. Pero eso había sido cosa de su imaginación, porque no podía dejar de gustarle si era tan buena esposa romana. Así que tenía que amarle.
Para Cepio hijo, su hija Servilia era más un objeto que un ser humano, por la decepción que se había llevado al no nacer un niño. Se sentó, mientras Livia Drusa daba unas friegas en la espalda a la pequeña y luego se la entregaba a la niñera macedonia.
– ¿Sabías que tu hermano ha votado por Cayo Mario en las elecciones consulares? -inquirió.
– No -respondió Livia Drusa, con un fulgor en la mirada-. ¿Estás seguro?
– Se lo ha dicho hoy a Quinto Cecilio Metelo el Numídico. Yo estaba delante. Y volvió a repetir lo de Arausio. ¡Oh, desearía que los enemigos de mi padre le dejasen morir de muerte natural!
– Deja que pase el tiempo, Quinto Servilio.