Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Primer Hombre De Roma
El Primer Hombre De Roma - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
1 ... 159 160 161 162 163 164 165 166 167 ... 272
Перейти на страницу:

– Nuestros hijos, padres conscriptos -añadió en tono quejumbroso-, son seres timoratos que crecen en una atmósfera que ahoga al Senado de Roma hasta en su tarea de insuflar vida al pueblo de Roma. ¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos vayan a gobernar Roma en su día, si el pueblo los intimida? ¡Os lo repito, si no habéis empezado ya, desde hoy mismo debéis comenzar a educar a vuestros hijos para que se hagan fuertes en el Senado e implacables con el pueblo! ¡Hacedles entender la natural superioridad del Senado! ¡Y preparadlos para luchar por el mantenimiento de esa superioridad natural!

Se había apartado de la entrada y ahora dirigía su perorata al banco de los tribunos, que estaba lleno.

– ¿Quiere alguien decirme por qué un miembro de esta augusta cámara puede deliberadamente optar por minarla? ¿Puede alguien decírmelo? ¡Porque es algo que sucede constantemente! ¡Y ahí están sentados, llamándose senadores, miembros de esta augusta cámara! ¡Y también llamándose tribunos de la plebe! ¡Ahora sirven a dos señores! Y yo os digo, recordémosles que son antes que nada senadores, y tribunos de la plebe después. Que su real cometido ante la plebe es educarla a ese papel subordinado. Pero ¿es lo que hacen? ¡No! ¡Claro que no! Sí, algunos de esos tribunos guardan lealtad al orden establecido, lo admito, y por ello son encomiables. Otros, como siempre ha sucedido desde que el mundo es mundo, no hacen nada por el Senado ni por el pueblo, temerosos de que si se sientan a un extremo u otro del banco de los tribunos el resto se levante y ellos caigan al suelo en medio del ridículo. Pero es que hay otros, padres conscriptos, que deliberadamente se dedican a minar a esta augusta cámara, al Senado de Roma. ¿Por qué? ¿Qué es lo que puede inducirlos a destruir su propio orden?

Los diez que ocupaban el banco de tribunos adoptaron una serie de actitudes, fiel reflejo de su propia tendencia política: los senadores leales estaban erguidos, altaneros, satisfechos; los del centro del banco se rebullían con la vista baja, y los tribunos activos aguantaban la diatriba desafiantes y muy serios.

– Yo os diré por qué, colegas senadores -continuó Escauro con una voz que rezumaba gozo-. Porque algunos se dejan comprar como baratijas de mercadillo. ¡A ésos todos los comprendemos! Pero hay otros con motivaciones más sutiles, y entre éstos el primero fue Tiberio Sempronio Graco. Hablo de la clase de tribuno de la plebe que ve en ella un instrumento para sus propias ambiciones, la clase de hombre que codicia la categoría de primer hombre de Roma sin ganársela entre sus pares, como hizo Escipión Emiliano, Escipión Africano y Emilio Paulo, y, os ruego me perdonéis todos por la presunción, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Hemos adoptado un vocablo griego para describir el estilo de tribunos de la plebe de Tiberio y Cayo Graco: los llamamos demagogos. No obstante, no lo empleamos exactamente igual que los griegos. Nuestros demagogos no arrastran a toda la ciudad al Foro pidiendo sangre, tiran a los senadores por la escalinata de la curia y hacen su voluntad mediante la violencia de las masas. Nuestros demagogos se contentan con inflamar a los que habitualmente se congregan en la zona de comicios y hacen su voluntad por medio de la legislación. Sí, claro, hay violencia de vez en cuando, pero no es frecuente; somos nosOtros, el Senado, quienes tenemos que recurrir a la violencia para restablecer el status quo. Porque nuestros demagogos son legisladores y leguleyos, más sutiles, más rencorosos, ¡mucho más peligrosos que los que incitan a la revuelta! Corrompen al pueblo para lograr sus ambiciones. Y eso, padres conscriptos, no tiene nombre. Y, sin embargo, se hace todos los días y cada día es más evidente. El atajo hacia el poder, el camino fácil hacia la preeminencia.

Calló un instante, dio media vuelta, recogió con la mano izquierda los amplios pliegues de su toga bordada en púrpura que le caían del hombro izquierdo y se los ajustó al cuello; a continuación flexionó el brazo derecho desnudo para dar énfasis gestual a sus palabras.

– El atajo al poder, el camino fácil a la preeminencia -repitió con voz estentórea-. Bien, todos conocemos a esa clase de hombres, ¿no es cierto? El primero es Cayo Mario, nuestro estimado primer cónsul, quien, según tengo entendido, está otra vez a punto de hacerse elegir cónsul ¡y otra vez in absentia! cPor deseo nuestro? ¡No! ¡Por medio del pueblo, naturalmente! ¿Cómo, si no, iba a haber llegado Cayo Mario a donde ha llegado de no haber sido por el pueblo? Algunos de nosotros le hemos combatido con uñas y dientes, le hemos combatido con todos los recursos legales de nuestro arsenal constitucional. ¡Pero en vano! Cayo Mario cuenta con el apoyo del pueblo, el oído del pueblo, y echa dinero en las bolsas de algunos de los tribunos de la plebe. En los tiempos actuales, basta con eso. Ese es Cayo Mario. Pero no me he levantado para hablar de Cayo Mario. Me perdonaréis, padres conscriptos, por dejar que mis sentimientos me hagan apartarme de lo esencial de mi exposición.

Volvió al sitio que ocupaba antes y se volvió hacia el estrado en que estaban sentados los magistrados curules, dirigiéndose a Cayo Memio.

– Me he levantado para hablar de otro arribista, una modalidad de arribismo menos ostensible que la de Cayo Mario. La clase de arribista que aduce antepasados senatoriales y habla bien el griego, que ha tenido una buena educación y vive en una casa lo bastante lujosa en la que sus ojos nunca han visto mierda de cerdo, es decir, en la que nunca ha visto nada de nada. No es un romano descendiente de romanos, por mucho que diga. Me refiero a Cneo Pompeyo Estrabo, legado de esta augusta cámara para servir al gobernador de Cerdeña, Tito Anio Albucio.

"Y bien, ¿quién es este Cneo Pompeyo Estrabo? Un Pompeyo que dice tener vínculos de sangre con los Pompeyos de esta cámara desdé hace generaciones, aunque seria interesante ver hasta qué punto son verdad esos vínculos. Rico como Craso, con una clientela que cubre casi la mitad del norte de Italia, un rey dentro de sus tierras. Ese es Cneo Pompeyo Estrabo.

"Miembros del Senado -añadió casi a gritos-, ¿adónde va a llegar esta augusta cámara si un senador bisoño disfrazado de cuestor tiene la osadía y el… el… descaro de acusar a su superior? ¿Tan faltos de jóvenes romanos estamos que no podemos sentar culos romanos en trescientas escasas sillas? ¡Me… me… escandaliza! ¿Es que ese Pompeyo bizco está tan poco instruido en los detalles de comportamiento que debe guardar un miembro del Senado como para llegar a imaginarse que puede acusar a su superior? ¿Qué nos sucede que consentimos que gentes como Pompeyo el bizco sienten sus posaderas en una silla senatorial? ¿Cómo es que se atreve a cosa semejante? ¡Por ignorancia y falta de clase, por eso se atreve! ¡Hay cosas, conscriptos padres, que no se hacen! Cosas como acusar a un superior o a un pariente próximo, incluidos los que lo son por matrimonio. ¡No se hacen! ¡Descarado, bovino, grosero, inculto, presuntuoso, estúpido… nuestra lengua latina carece de epítetos suficientes para calificar los defectos de una seta venenosa como este Cneo Pompeyo Estrabo, ese Pompeyo bizco!

Del banco de los tribunos se alzó una voz.

– ¿Es que inferís, Marco Emilio, que hay que alabar la conducta de Tito Anio Albucio? -inquirió Lucio Casio.

El príncipe del Senado se revolvió como una cobra.

– ¡Oh, no seáis ingenuo, Lucio Casio! -replicó-. Aquí no se trata de Tito Anio. Naturalmente que ese asunto se tratará como es debido, en este caso con un proceso. Si se le declara culpable, recibirá el castigo que la ley prescribe. Pero aquí de lo que se trata es del protocolo, la cortesía, la etiqueta, en otras palabras, Lucio Casio, ¡de modales! ¡Esa seta venenosa de Pompeyo el bizco es culpable de una flagrante transgresión de modales!

Se volvió hacia la cámara.

– Propongo, padres conscriptos, que Tito Anio Albucio responda de cargos con cariz de traición, pero que el praetor urbanus escriba al mismo tiempo una carta contundente al cuestor Cneo Pompeyo Estrabo diciéndole que, primero, bajo ninguna circunstancia se le permitirá procesar a un superior, y, segundo, que tiene modales de patán.

1 ... 159 160 161 162 163 164 165 166 167 ... 272
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)