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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Bah, no os burléis de mí, Marco Emilio! -exclamó-. Le conocéis tan bien como yo. ¡Claro que se lo llevó! Y nunca se lo perdonaré, porque pertenecía al Erario.

– El inconveniente está -dijo Escauro, comenzando a andar como entre nubes- en que no disponemos de un método interno por el que nosotros mismos podamos castigar a nuestros iguales culpables de traición.

Metelo el Numídico se encogió de hombros.

– No puede haber tal método, y lo sabéis. Instituirlo equivaldría a admitir que los nuestros dejan a veces de cumplir con su deber. Y si mostramos nuestras debilidades en público estamos perdidos.

– Antes la muerte dijo Escauro.

– Lo mismo digo -añadió Metelo con un suspiro-. Lo único que espero es que los nuestros sientan lo mismo que nosotros.

– Eso que habéis dicho no está bien -replicó Escauro, irónico.

– ¡Marco Emilio, vuestro hijo es muy joven! Yo, de verdad, no creo que esté maleado.

– ¿Queréis que intercambiemos a nuestros hijos?

– No -contestó Metelo-, porque ese gesto sería el fin de vuestro hijo. Su peor obstáculo es que sabe que no aprobáis su conducta.

– Es un débil -replicó Escauro el fuerte.

– Quizá le vendría bien una buena esposa -añadió el Numídico.

– ¡Esa sí que es una buena idea! -exclamó Escauro deteniéndose y mirando a su amigo-. Aún no le había designado ninguna porque es muy inmaduro. ¿Se os ocurre alguna?

– Mi sobrina; la hija de Dalmático, Metela Dalmática. Cumplirá dieciocho años dentro de dos, y yo soy su tutor ahora que ha muerto nuestro querido Dalmático. ¿Qué os parece, Marco Emilio?

– ¡Trato hecho, Quinto Cecilio! ¡Trato hecho!

Druso había enviado a su mayordomo Cratipo y a todos los esclavos fisicamente aptos a la casa de Servilio Cepio en cuanto advirtió que iba a ser declarado culpable.

Inquieta por el juicio, y por lo poco que había conseguido oír de la conversación entre los Cepio padre e hijo, Livia Drusa Se había sentado ante su telar por hacer algo; era incapaz de abstraerse en ningún libro, ni siquiera la poesía amorosa del procaz Meleagro. Como no esperaba aquella invasión de los sirvientes de su hermano, se alarmó al ver el gesto de contenido pánico en la cara de Cratipo.

– ¡Rápido, dominilla, coged todo lo que deseéis llevaros! -dijo, mirando a su alrededor en la sala de estar-. Ya he mandado vuestra doncella recoger ropa y a la niñera que se encargue de laniña; decidme qué es lo que queréis llevaros de libros, papeles y telas.

– ¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido? -dijo ella con los ojos muy abiertos, mirando al criado.

– Vuestro suegro, dominilla. Marco Livio dice que el tribunal Va a condenarle -respondió Cratipo.

– ¿Y qué tiene eso que ver para que yo abandone la casa? -inquirió ella, aterrada por la idea de tener que volver a la reclusión de la mansión fraterna después de haber descubierto la libertad.

– Toda Roma quiere su sangre, domínílla.

– ¿Su sangre? -repitió, demudada-. ¿Es que van a matarlo?

– No, tanto no -respondió Cratipo-, sólo confiscarán sus propiedades, pero la multitud está tan irritada que vuestro hermano piensa que cuando acabe el juicio puede venir aquí para entregarse al pillaje.

En cuestión de una hora, la casa de Quinto Servilio Cepio quedó vacía y con las puertas externas bien cerradas y atrancadas; cuando Cratipo y Livia Drusa bajaban por el Clivus Palatinus, subía ya una brigada de lictores sin toga, sólo con la túnica y armados de palos en vez de los fasces, para montar guardia ante la casa y contener a la airada multitud. El Estado quería conservar intactas las propiedades de Cepio para inventariarlas y subastarlas.

Servilia Cepionis estaba en la puerta de casa de Druso para recibir a su cuñada, tan pálida como ésta.

– Pasa y verás -dijo, instándola a que entrara y llevándola por el jardín peristilo hasta el balcón que dominaba el Foro Romano.

Desde allí se veía perfectamente el final del juicio de Quinto Servilio Cepio. La hormigueante multitud se agrupaba en tribus para votar la sentencia del exilio y una fuerte multa; una serie de extrañas líneas sinuosas de gentes dispuestas en la zona de Comitia, que en contacto con la turba de curiosos se hacían caóticas. Los nudos señalaban los puntos en que se producían reyertas y los remolinos los sitios en que esas reyertas se convertían en algo parecido a núcleos de desórdenes; en la escalinata del Senado había un nutrido grupo y en la tribuna de los Espolones se veía a los tribunos de la plebe y una diminuta figura rodeada de lictores, que Livia Drusa imaginó era su suegro, el acusado.

Servilia Cepionis había roto a llorar en silencio, sin lanzar ningún gemido de lo anonadada que estaba. Livia Drusa se le acercó.

– Cratipo dice que la multitud quizá vaya a casa de mi padre a saquearla -dijo-. ¡Yo no lo sabía! ¡No me habían dicho nada!

Servilia Cepionis sacó el pañuelo y se enjugó las lágrimas.

– Hacía tiempo que Marco Livio se lo temía -dijo-. ¡Es por esa maldita historia del oro de Tolosa! Si no se hubiera difundido, todo habría ido de otra manera. ¡Pero parece que toda Roma había juzgado de antemano a mi padre antes de acudir al Foro… y por algo de lo que ni siquiera se le acusaba!

– Voy a ver dónde ha puesto Cratipo a la niña -dijo Livia Drusa, volviéndose.

Estas palabras provocaron otro raudal de lágrimas en Servilia Cepionis, que hasta la fecha no había conseguido quedar encinta y que deseaba desesperadamente tener un hijo.

– ¿Por qué no habré concebido? -preguntó a su cuñada-. ¡Qué suerte tienes! ¡Marco Livio dice que vas a tener otro hijo, y yo ni siquiera he sido madre!

– Hay tiempo para todo -replicó Livia Drusa para consolarla-. Ten en cuenta que después de la boda ellos estuvieron fuera meses, y Marco Livio tiene más ocupaciones que Quinto Servilio. Suele decirse que cuanto más ocupado está el marido, más difícil es que la esposa conciba.

– No; soy estéril -musitó Servilia Cepionis-. Sé que soy estéril. ¡Lo noto! ¡Y Marco Livio es tan bueno! -Y rompió a llorar de nuevo.

– Vamos, vamos, no te pongas así -dijo Livia Drusa, llevando a su cuñada hasta el atrium y buscando con la mirada un criado-. El desesperarte no te ayudará a concebir, ¿sabes? A los niños les gustan los vientres acogedores.

En ese momento apareció Cratipo.

– ¡Oh, gracias a los dioses! -exclamó Livia Drusa-. Cratipo, busca a la doncella de mi hermana. Y me indicas dónde voy a dormir y dónde has acomodado a la pequeña.

En aquella enorme casa no era problema alojar a varios huéspedes. Cratipo había dispuesto para Cepio hijo y su esposa unos aposentos que daban al jardín peristilo, otros para Cepio padre y a la niña la había alojado en el cuarto que había libre junto a la columnata.

– ¿Cuándo pongo la cena? -preguntó el mayordomo a Livia Drusa, que había empezado a deshacer el equipaje de los huéspedes.

– ¡Cuando diga mi hermana, Cratipo! No quiero usurparle su autoridad.

– Domínílla, está muy abatida y se ha echado.

– ¡Ah! Bien, pues ten la cena lista para dentro de una hora… los hombres querrán comer. Pero a lo mejor tardamos más.

Se oyó un revuelo en el jardín; Livia Drusa salió a ver y se encontró con su hermano Druso, ayudando a Cepio hijo a caminar junto a la columnata.

– ¿Qué ha sucedido? -inquirió-. ¿En qué puedo ayudar? ¿Qué ha sucedido? -repitió, mirando a Druso.

– Han condenado a nuestro suegro Quinto Servilio al exilio a más de ochocientas millas de Roma, a una multa de quince mil talentos de oro, lo que implica la confiscación de la última mecha de lámpara que posea su familia, y a encarcelamiento en la Lautumiae hasta que se le deporte -contestó Druso.

– ¡Pero si todo lo que él tiene no ascenderá a cien talentos de oro! -replicó Livia Drusa, atónita.

– Claro; por consiguiente, nunca más podrá volver a casa.

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