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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Richard no vio a ninguna mujer con el pelo que le llegara más allá de la mandíbula.

El castillo se alzaba en la cima de una alta colina y tenía su propia muralla. En lo alto de sus formidables muros se veían ondear banderas rojas con la cabeza de un lobo negro. Los enormes portones de madera de la muralla estaban cerrados, seguramente para impedir la entrada a la chusma.

Patrullas de soldados a caballo recorrían las calles de Tamarang, y sus armaduras relucían al sol de mediodía. Eran como motas de luz en un océano de gente bulliciosa. Richard vio un destacamento que patrullaba las nuevas calles, enarbolando banderas con el estandarte de la reina Milena. Algunas personas los vitoreaban y otras inclinaban la cabeza, pero todas se apartaban para dejar pasar a los caballos. Los soldados se comportaban como si aquellas personas no existieran, pero si alguna no se apartaba con la suficiente rapidez, le propinaban una patada en la cabeza con sus pesadas botas.

La gente aún se apartaba mucho más rápido para dejar paso a Kahlan. Todos evitaban a la Madre Confesora del mismo modo que una jauría de perros evita a un puerco espín.

El vestido blanco de Kahlan brillaba a la luz del sol. La mujer caminaba como si la ciudad le perteneciera; con la espalda recta, la cabeza alta y la mirada al frente, sin fijarse en nadie. Había rechazado la capa, diciendo que no sería propio y que no quería que nadie tuviera ninguna duda de quién era ella. Y nadie tenía dudas.

La gente se daba empellones para apartarse de su camino. Kahlan avanzaba en medio de un círculo de cabezas inclinadas y de sofocados cuchicheos en los que se repetía su título. Pero ella no hacía caso.

Zedd, que llevaba la mochila de Kahlan, caminaba al lado de Richard, dos pasos por detrás de la Madre Confesora. Tanto él como Richard escrutaban la multitud. Nunca, desde que lo conocía, había visto Richard que Zedd cargara con una mochila o bolsa, por lo que le parecía muy raro. Richard procuraba que la capa no ocultara la Espada de la Verdad. Unas pocas personas enarcaron las cejas al verla, pero eso no era nada comparado con la conmoción que causaba la Madre Confesora.

—¿Siempre es así, vaya donde vaya? —preguntó Richard a Zedd en un susurro.

—Me temo que sí.

Kahlan atravesó sin vacilar el enorme puente de piedra que conducía a las puertas de la ciudad. Los guardias, que habían observado cómo se acercaba, intercambiaron miradas de nerviosismo. Era evidente que la visita de la Madre Confesora los cogía por sorpresa. Algunos retrocedieron, chocando unos con otros, metal contra metal, mientras que otros parecían no saber qué hacer. Kahlan se detuvo y clavó la mirada en las puertas, como si esperara que se desvanecieran en el aire. Los guardias aplastaron la espalda contra las puertas, mientras lanzaban miradas de soslayo a su capitán.

Zedd se avanzó a Kahlan, se volvió hacia ella y le hizo una profunda reverencia como para excusarse por haberse adelantado y, acto seguido, se dirigió al capitán.

—¿Qué te pasa? ¿Es que estás ciego? ¡Abre las puertas!

Los oscuros ojos del capitán se posaban alternativamente en Kahlan y en Zedd.

—Lo siento, no puede entrar nadie. ¿Cómo te llamas?

Zedd se puso rojo de furia. Richard tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no perder la compostura. La voz del mago sonó como un silbido al replicar:

—¿Quieres decir que alguien te ha ordenado: «Si viene la Madre Confesora no la dejes pasar»?

—Bueno… —Ahora el capitán ya no parecía tan seguro— Me han ordenado que… Yo no puedo…

—¡Abre ahora mismo las puertas! —gritó Zedd, con los puños a ambos lados del cuerpo—. ¡Y trae enseguida una escolta adecuada para la Madre Confesora!

El capitán a punto estuvo de salir de un salto de su armadura. Entonces empezó a gritar órdenes y los soldados corrieron hacia él. Las puertas se abrieron. Por ellas apareció un grupo de caballos, con tronar de cascos, que rodearon al trío, formando una fila delante de Kahlan, enarbolando sus banderas a la cabeza. Detrás se formó otra hilera de jinetes. Soldados a pie llegaron corriendo para flanquear a la Madre Confesora, aunque a distancia prudencial.

Era la primera vez que Richard veía con toda claridad la soledad en la que vivía Kahlan. ¿Podría soportar esa soledad él mismo? Sumido en el gélido dolor que lo atenazaba comprendió que Kahlan necesitara tanto un amigo.

—¿Esto es lo que llamas una escolta adecuada? —bramó Zedd—. Bueno, tendremos que conformarnos. —Entonces se volvió hacia Kahlan y le dijo, con una profunda reverencia—: Os pido disculpas por la insolencia de este hombre, Madre Confesora, y por la insignificante escolta que os ofrece.

Kahlan posó los ojos en Zedd e inclinó levemente la cabeza.

Aunque sabía que no tenía ningún derecho, Richard sentía que el corazón se le aceleraba al ver a Kahlan ataviada con aquel vestido que le marcaba las formas.

Los soldados de la escolta esperaban, vigilando disimuladamente a la Madre Confesora. Cuando ésta echó a andar, todos la siguieron. Los caballos levantaron polvo al atravesar las puertas.

Zedd se puso al lado de Richard mientras la procesión empezaba a moverse. Al pasar junto al capitán le espetó:

—¡Da gracias de que la Madre Confesora no sabe cómo te llamas!

Richard vio que el capitán hundía los hombros, aliviado, cuando lo dejaron atrás. El joven sonrió para sí. Su idea había sido darles motivos para preocuparse, pero no había imaginado que fuesen tan convincentes.

Dentro de las murallas reinaba tanto orden como desorden imperaba fuera. Del castillo fortaleza salían en forma radial calles empedradas, flanqueadas por tiendas que exhibían sus mercancías en escaparates. A diferencia de las calles de extramuros, en éstas no había polvo ni olores. Había posadas que a Richard le parecieron más elegantes que cualquiera que hubiese visto y, sobre todo, pernoctado. Todas tenían porteros ataviados con uniforme rojo y guantes blancos, listos para atender a los clientes. Sobre las puertas colgaban letreros primorosamente tallados con nombres como El Jardín de la Plata, Posada de Collins, El Semental Blanco o La Casa de los Carruajes.

Hombres vestidos con elegantes capas de vivos colores, que escoltaban a damas ataviadas con primorosos vestidos, atendían sus asuntos con una gracia serena. Pero lo que no cambiaba dentro de los muros de la ciudad era que la gente se inclinaba profundamente cuando veía a la Madre Confesora. Cuando el ruido de los cascos de los caballos sobre la piedra y el estrépito de las armaduras llamaban su atención y veían a Kahlan, retrocedían y se inclinaban, aunque no con tanta premura como el pueblo llano de fuera. La suya no era una deferencia ni una sumisión sinceras, y en sus ojos podía leerse una expresión de ligero desdén. Kahlan no les hacía caso. La gente de dentro se fijaba más que la de fuera en la Espada de la Verdad. Richard notaba cómo la mirada de los hombres se posaba en su arma al pasar, mientras que en las mejillas de las mujeres aparecía un rubor de desprecio.

Las mujeres seguían llevando casi todas el pelo corto, pero a alguna le llegaba a los hombros, más no. El cabello de Kahlan, que le caía en cascada sobre los hombros y parte de la espalda, la hacía destacar aún más. Ninguna mujer tenía un pelo que se le pudiera comparar. Richard se alegró de haberse negado a cortárselo.

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