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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Un sonido apenas perceptible hizo que se irguiera de pronto. Los ojos lo miraban. Estaban cerca y, aunque no podía verlos, los sentía. Richard tuvo un escalofrío al pensar que lo acechaba, muy cerca. Se sentía desnudo y vulnerable.

Con el corazón desbocado, miró con ojos muy abiertos directamente hacia donde sabía que estaba la criatura. El silencio, sólo roto por los latidos de su corazón que resonaban en su cabeza, era opresivo. Richard contuvo el aliento para tratar de oír algo.

De nuevo percibió el débil sonido de un pie que se posaba sigilosamente en el suelo del bosque. La cosa estaba avanzando hacia él. Los ojos desorbitados de Richard escrutaban la negrura, tratando de captar movimiento.

Cuando, por fin, vio aquellos ojos amarillos, estaban a apenas a diez pasos de distancia, casi pegados al suelo, y relucían justo en su dirección. El ser se detuvo. Richard contuvo la respiración.

Entonces, con un aullido, la cosa saltó. Richard se puso de pie de un brinco, al mismo tiempo que se llevaba una mano a la espada. Al ver a la criatura saltar en el aire, Richard se dio cuenta de que era un lobo, el lobo más grande que había visto nunca. Antes de que la mano tocara la espada, el animal ya estaba ante él. El lobo se abalanzó sobre el pecho del joven con las patas delanteras. El tremendo impacto lo lanzó hacia atrás, sobre el tronco en el que había estado sentado.

Mientras caía hacia atrás, sintiendo que se quedaba sin aliento, vio detrás de él algo más aterrador que el lobo.

Un can corazón.

Justo cuando las enormes fauces iban a cerrarse sobre el pecho del joven, el lobo se lanzó contra la garganta del can corazón.

La cabeza de Richard golpeó algo duro, oyó un gañido y el sonido de dientes que desgarraban tendones. Entonces, perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, Zedd lo miraba desde arriba y tenía ambos dedos medios en sus sienes. Kahlan sostenía una antorcha. Pese a que se sentía mareado y las piernas le temblaban, Richard se obligó a ponerse de pie. La mujer lo hizo sentarse en el tronco y, con ceño de preocupación, le acarició la cara.

—¿Estás bien?

—Creo que sí —respondió Richard a duras penas—. Pero la cabeza… me duele mucho. —El joven tenía náuseas.

Zedd cogió la antorcha de manos de Kahlan y la sostuvo detrás del tronco, iluminando el cuerpo de un can corazón con la garganta desgarrada. Entonces miró la espada de Richard, que seguía en su vaina.

—¿Cómo es que el can no te mató?

Richard sentía un intenso dolor en la parte posterior de la cabeza. Le dolía tanto como si le estuvieran clavando dagas.

—Yo… no lo sé. Todo ha ocurrido tan rápido… —Entonces lo recordó, como quien recuerda un sueño al despertarse, y volvió a ponerse de pie—. ¡Un lobo! Lo que nos seguía era un lobo.

Kahlan se aproximó a él y le pasó un brazo por la cintura para que no cayera.

—¿Un lobo? —inquirió con un tono de sospecha que hizo que el joven la mirara y viera sus ojos entornados—. ¿Estás seguro?

—Sí. Yo estaba sentado aquí y, de pronto, supe que me estaba acechando. Cuando se acercó, vi sus ojos amarillos. Entonces ha saltado hacia mí y yo he creído que me atacaba. Me ha derribado sobre el tronco. Todo ha sido tan rápido que ni siquiera he tenido tiempo de desenvainar la espada. Pero el lobo no me atacaba a mí, sino al can corazón que tenía detrás; me estaba protegiendo. Yo ni siquiera he visto al can corazón hasta que he caído hacia atrás. Supongo que fue él el que lo ha matado. Ese lobo me ha salvado la vida.

Kahlan se irguió, puso las manos en jarras y entonces gritó hacia la oscuridad:

—¡Brophy! ¡Brophy! Sé que estás ahí. ¡Sal ahora mismo!

El lobo trotó hasta la zona iluminada por la antorcha, con la cabeza gacha y el rabo entre las patas. Su denso pelaje era negro desde la punta del hocico hasta la punta del rabo. En su oscura cabeza destacaban unos refulgentes ojos amarillos. El lobo se dejó caer sobre el abdomen y se arrastró hasta los pies de Kahlan. Una vez allí, rodó sobre su espalda con las patas en el aire y gimió.

—¡Brophy! —lo riñó Kahlan—. ¿Nos has estado siguiendo?

—Sólo para protegeros, ama.

Richard se quedó boquiabierto y se preguntó si el golpe en la cabeza no sería más grave de lo que creía.

—¡Ha hablado! ¡Lo he oído! ¡El lobo habla!

Tanto Zedd como Kahlan fijaron la mirada en los desorbitados ojos del joven. Zedd lanzó un vistazo a Kahlan mientras le decía:

—¿No dijiste que se lo habías contado?

La mujer se estremeció ligeramente.

—Bueno, supongo que esto se me olvidó —respondió en tono desabrido—. Cuesta recordar todo lo que no sabe. Nosotros lo hemos vivido siempre. Olvidas que él no.

—Vamos —gruñó Zedd—. Regresemos al campamento. Todos.

El mago abrió la marcha llevando la antorcha, seguido por Kahlan. El lobo avanzaba al lado de la mujer con las orejas bajas y arrastrando el rabo por el suelo.

Una vez sentados alrededor del fuego, Richard se dirigió al lobo, sentado sobre las ancas al lado de Kahlan.

—Lobo, supongo que…

—Brophy. Me llamo Brophy.

Richard se relajó un tanto.

—Brophy. Lo siento. Yo me llamo Richard y éste es Zedd. Brophy, quiero darte las gracias por salvarme la vida.

—No hay de qué —gruñó el lobo.

—Brophy, ¿qué estás haciendo tú aquí? —preguntó Kahlan en tono de reprobación.

—Estáis en peligro —contestó el lobo, bajando inmediatamente las orejas—. Os he estado protegiendo.

—Ahora eres libre —lo riñó Kahlan.

—¿Eras tú anoche? —preguntó Richard.

—Sí. —Brophy clavó en él sus ojos amarillos—. Cada vez que acampabais, yo limpiaba la zona de canes corazón y de otras criaturas peligrosas. Anoche, poco antes del alba, uno se acercó a vuestro campamento. Yo me ocupé de él. El can de esta noche te buscaba a ti, Richard; oía cómo tu corazón latía. Como sabía que el ama Kahlan se sentiría infeliz si el can te devoraba, yo se lo impedí.

El joven tragó saliva con fuerza.

—Gracias —dijo con un hilo de voz.

—Richard —dijo entonces Zedd, frotándose la barbilla—, los canes corazón son bestias del inframundo. Hasta ahora no te habían molestado. ¿Qué ha cambiado?

El joven estuvo a punto de atragantarse.

—Bueno, Adie dio a Kahlan un hueso para que pudiéramos cruzar al otro lado del Límite y nos protegiera de los monstruos del inframundo. Yo tenía un hueso antiguo que me dio mi padre y Adie dijo que serviría. Pero lo perdí hace uno o dos días.

El rostro de Zedd se contrajo en arrugas de cavilación. Richard miró al lobo, deseoso de cambiar de tema.

—¿Cómo es que puedes hablar?

Brophy se lamió los labios con su larga lengua.

—Por la misma razón que tú —repuso—. Puedo hablar porque… ¿Es que no sabe qué soy? —preguntó a Kahlan.

La mujer lo miró a su vez. El lobo se dejó caer al suelo y apoyó la cabeza entre las patas. Kahlan entrelazó los dedos alrededor de una rodilla e hizo entrechocar las uñas de los pulgares.

—Richard, ¿te acuerdas que te conté que a veces, cuando oímos una confesión, descubrimos que esa persona es inocente? ¿Y que, muy de vez en cuando, un condenado a muerte pide confesarse con una de nosotras para demostrar su inocencia? —Richard hizo un gesto de asentimiento. La mujer lanzó una fugaz mirada al lobo—. Brophy iba a ser ejecutado por asesinar a un niño que…

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