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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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La reina lo observó con gesto agrio, enarcando una ceja.

—Una protección bastante patética para la Madre Confesora.

Richard no se inmutó, como tampoco lo hizo Kahlan.

—Lo importante es la espada, no el hombre. Es posible que su cerebro sea pequeño, pero sus brazos no lo son. Aunque bien es cierto que tiene tendencia a usar la espada demasiado a menudo.

La reina parecía incrédula. Una niña apareció en la escalinata, detrás del séquito real. Llevaba un vestido de satén rosa y joyas demasiado grandes para ella. Al ponerse al lado de la reina, se apartó el largo cabello de la cara. No hizo ninguna reverencia.

—Mi hija, la princesa Violeta. Querida, ésta es la Madre Confesora.

La niña alzó la vista hacia Kahlan con el entrecejo fruncido.

—Tu pelo es demasiado largo. Tal vez deberíamos cortártelo.

Richard detectó una leve sonrisa de satisfacción en la faz de la reina, y decidió que había llegado el momento de darle más motivos de inquietud.

La Espada de la Verdad abandonó su vaina con su característico sonido metálico, que resonó en el enorme vestíbulo. La piedra se encargó de amplificarlo. Con la punta de la espada a apenas una pulgada de la nariz de la princesa Violeta, el joven se dejó invadir por la cólera de ésta para que sus palabras sonaran más dramáticas.

—Inclínate ante la Madre Confesora, o morirás —dijo entre dientes.

Zedd actuó como si se aburriera. Kahlan esperó con calma. La princesa contemplaba la punta de la espada con ojos desorbitados. Entonces, cayó de rodillas e inclinó la cabeza. Al levantarse, buscó con la mirada a Richard como para preguntarle si con aquello bastaba.

—Cuida la lengua —dijo el Buscador con desdén— o la próxima vez te la cortaré.

La princesa hizo un gesto de asentimiento y fue a refugiarse en las faldas de su madre. Richard guardó la espada, hizo una reverencia a Kahlan, que ni siquiera lo miró, y volvió a colocarse tras ella.

La demostración tuvo el efecto deseado en la reina. Cuando habló, su voz era alegre y cantarina.

—Sí, bueno, como iba diciendo, es maravilloso que hayáis venido. Todos estamos encantados. Permitid que os conduzca a los mejores aposentos del castillo. Debéis de estar cansada del viaje. Tal vez os gustaría descansar antes de la cena, y después podremos pasar una larga…

—No he venido aquí a comer —la atajó Kahlan—, sino a inspeccionar vuestras mazmorras.

—¿Mazmorras? —La reina hizo una mueca—. Pero está muy sucio allí abajo. ¿Estáis segura de que no preferís…

—Ya conozco el camino —dijo Kahlan, echando a andar. Richard y Zedd la siguieron. De pronto, se detuvo y se volvió hacia la reina, a la que ordenó en tono gélido—: Esperadme aquí hasta que haya acabado. —Mientras la reina hacía un gesto de asentimiento, Kahlan dio media vuelta con un frufrú de su blanco vestido.

Si Richard no la conociera tan bien, la escena que acababa de presenciar lo hubiera dejado aterrado. De hecho, no estaba seguro de que no fuese así.

Kahlan descendió una escalera y los guió por estancias cada vez menos y menos majestuosas a medida que se internaban en las profundidades del castillo. El tamaño del lugar dejó sin habla a Richard.

—Esperaba que Giller estuviera allí —dijo Kahlan—. Así me hubiera ahorrado esto.

—Yo también lo esperaba —refunfuñó Zedd—. Haz una inspección rápida, pregunta si alguien quiere confesarse y, cuando todos digan que no, volveremos a subir y pediremos ver a Giller. Lo estás haciendo muy bien. —El mago felicitó a la mujer con una sonrisa. Kahlan le devolvió la sonrisa, que también iba dirigida a Richard—. Por cierto, Richard —prosiguió Zedd—, mantente alejado de ese artista, James.

—¿Por qué? Temes que me haga un mal retrato.

—Borra esa sonrisita de la cara. Te digo que te mantengas alejado de él porque podría dibujarte un hechizo alrededor.

—¿Un hechizo? ¿Para qué echaría un artista un hechizo a alguien?

—En la Tierra Central existen muchas lenguas distintas, aunque la principal es la misma que se habla en la Tierra Occidental. Para que a uno lo hechicen, debe entender esa lengua. Si no puedes hablar el idioma de una persona, no puedes lanzarle un hechizo. Pero todo el mundo entiende un dibujo. Ese artista puede dibujar un hechizo casi a todo el mundo, no a Kahlan ni a mí, pero sí a ti. Evítalo.

En la escalera resonaban los pasos de los tres, que descendían los peldaños rápidamente. En el nivel subterráneo las paredes rezumaban agua y en algunas partes estaban cubiertas de limo.

—Por ahí —dijo Kahlan, señalando una pesada puerta que se abría a un lado.

Richard la abrió tirando de una anilla de hierro. Las bisagras chirriaron. La luz de la antorcha iluminó un estrecho corredor de piedra con el techo tan bajo que tenían que andar agachados. El suelo estaba cubierto de paja y olía a descomposición. Al llegar casi al fondo, Kahlan redujo el paso y se aproximó a una puerta de hierro enrejada. Unos ojos miraron afuera cuando la Confesora se detuvo.

—La Madre Confesora ha venido a ver a los prisioneros —dijo Zedd en tono desabrido—. Abre la puerta.

Richard oyó el eco de una llave que giraba en la cerradura. Un hombre rechoncho y bajito, vestido con un mugriento uniforme, abrió la puerta tirando hacia adentro. Del cinto le pendían un manojo de llaves y un hacha. El carcelero hizo una reverencia a Kahlan, aunque de mala gana. Sin decir palabra los hizo cruzar el cubículo provisto de una mesa, en la que había estado comiendo, y los condujo por otro oscuro pasillo hasta otra puerta de hierro, que golpeó con un puño. Los dos guardias de dentro se inclinaron, muy sorprendidos. Entonces, los tres cogieron antorchas de unos tederos y condujeron a los visitantes por un corto pasillo y por una tercera puerta de hierro, tan baja que todos tuvieron que agacharse para pasar.

La llameante luz de las antorchas rasgaba la oscuridad. Los ocupantes de las celdas con barrotes de hierro verticales y horizontales, que se abrían a ambos lados, retrocedían y se refugiaban en los rincones, protegiéndose los ojos con las manos de la súbita luz. Kahlan pronunció en voz baja el nombre de Zedd para indicarle que quería algo. El mago comprendió, tomó una de las antorchas de los carceleros y la sostuvo en alto delante de Kahlan, de modo que todos los prisioneros pudieran verla.

En las celdas sonaron exclamaciones ahogadas cuando la reconocieron. Kahlan se dirigió a uno de los guardias.

—¿Cuántos de estos hombres han sido condenados a muerte?

—Pues, todos —contestó el guardia, acariciándose su redondeada mandíbula sin afeitar.

—¿Todos? —repitió ella.

—Sí. Por crímenes contra la corona.

Kahlan apartó los ojos del guardia brevemente para preguntar a los prisioneros:

—¿Todos vosotros habéis cometido delitos capitales?

Tras un momento de silencio, un hombre de mejillas hundidas se acercó a los barrotes y se agarró a ellos. Acto seguido la escupió. Con un gesto, Kahlan detuvo a Richard antes de que éste tuviera tiempo de reaccionar.

—¿Has venido a hacer el trabajo sucio de la reina, Confesora? Pues que sepas que escupo en ti y en tu asquerosa reina.

—No estoy aquí en nombre de la reina. He venido en nombre de la verdad.

—¡La verdad! ¡La verdad es que ninguno de los que estamos aquí hemos hecho nada malo! A no ser que contravenir las nuevas leyes sea algo malo. ¿Pero desde cuando es un delito capital protestar porque tu familia se muere de hambre o de frío? Los recaudadores de impuestos de la reina vinieron y se llevaron la mayor parte de mi cosecha; apenas dejaron suficiente para alimentar a mi familia. Cuando vendí lo poco que me sobraba, me acusaron de cobrar de más. Los precios de todas las cosas están por las nubes. Yo sólo trataba de sobrevivir y ahora van a cortarme la cabeza por inflar los precios. Todos los hombres que están aquí son inocentes campesinos, comerciantes o mercaderes, y a todos nos han condenado a muerte por tratar de ganarnos la vida con nuestro trabajo.

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