El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—¿Alguno de vosotros desea confesarse para demostrar su inocencia? —preguntó Kahlan a los hombres apiñados en una esquina.
Se oyeron murmullos apagados. Un hombre demacrado se levantó y fue hacia la luz. Sus ojos asustados contemplaron a la Madre Confesora desde la penumbra.
—Yo quiero. Soy inocente, pero van a matarme, y mi mujer e hijos tendrán que valerse por sí solos. Yo quiero confesar. Por favor, Madre Confesora —suplicó, sacando un brazo entre los barrotes para tratar de alcanzarla—, oíd mi confesión.
Otros hombres se levantaron y pidieron confesarse. A los pocos minutos todos los prisioneros se habían acercado a los barrotes y suplicaban confesión. Kahlan y Zedd intercambiaron una sombría mirada.
—En toda mi vida sólo tres hombres me han pedido que los confesara —susurró la mujer a Zedd.
—¿Kahlan? —La voz familiar procedía de la celda del otro lado, de la oscuridad.
—¿Siddin? ¡Siddin! —Kahlan agarró los barrotes con los dedos extendidos—. Todos estos hombres se han confesado conmigo y han demostrado su inocencia —dijo entonces a los guardias—. ¡Abrid las celdas!
—No tan rápido. No puedo soltar a todos los prisioneros.
Richard desenvainó la espada, al mismo tiempo que giraba. La espada atravesó los barrotes de hierro, lanzando al aire chispas y fragmentos de acero caliente. Al completar la vuelta, dio un puntapié a la puerta de hierro y la cerró detrás de los atónitos guardias. Antes de que ninguno de ellos acertara a empuñar su hacha, Richard los amenazaba con la espada.
—¡Abrid las celdas u os partiré en dos y después os cogeré las llaves!
El tembloroso guardia que portaba el manojo de llaves se apresuró a obedecer. La puerta se abrió, y Kahlan se precipitó adentro, hacia la oscuridad. Al regresar a la luz llevaba en los brazos a un asustado Siddin, que había apoyado la cabeza en un hombro de la mujer. Kahlan le susurraba palabras tranquilizadoras al oído. Siddin le respondía, farfullando algo en el idioma de la gente barro. Kahlan sonrió y le dijo cosas que arrancaron una sonrisa al niño. Cuando salió, el guardia estaba abriendo la puerta de la otra celda. Con Siddin en un brazo, agarró al carcelero con la otra mano por el cuello de la camisa.
—La Madre Confesora ha hallado a todos estos hombres inocentes. —Su voz era tan dura como el hierro que la rodeaba—. Deben ser liberados de inmediato. Vosotros tres los escoltaréis fuera de la ciudad. —El carcelero era una cabeza más bajo que Kahlan, y ésta le alzó el rostro—. Si no lo hacéis, sea por el motivo que sea, regresaré por ti.
—Sí, Madre Confesora. —El guardia asentía enérgicamente—. Lo entiendo. Todo se hará como decís. Lo juro.
—Te va en ello la vida —le recordó Kahlan.
Entonces lo soltó. Los prisioneros abandonaron precipitadamente las celdas. Cayeron de rodillas alrededor de ella, lloraban, cogían el dobladillo del vestido de Confesora y lo besaban. Ella los apartó.
—Ya es suficiente. Marchaos, todos. Quiero que recordéis que las Confesoras no sirven a nadie, sólo a la verdad.
Después de prometer que no lo olvidarían, se marcharon junto con los guardias. Richard se fijó en que muchos llevaban camisas que no eran más que harapos con manchas de sangre reseca y que tenían la espalda llena de verdugones.
Antes de regresar al vestíbulo, en el que la reina aguardaba, Kahlan se detuvo y tendió a Siddin a Zedd. Se alisó el cabello, se arregló el vestido y, después de respirar hondo, se pasó las manos por la cara.
—Recuerda por qué estamos aquí, Madre Confesora —la advirtió el mago.
Ella hizo un gesto de asentimiento, alzó la barbilla e hizo su entrada en el vestíbulo. La reina Milena la esperaba en el mismo sitio donde la había dejado, rodeada aún por todo su séquito. Los ojos de la soberana se posaron en Siddin.
—Confío en que lo hayáis encontrado todo en orden.
Kahlan mantuvo una faz serena, pero, cuando habló, su voz sonó muy fría:
—¿Qué hacía este niño en las mazmorras?
—Bueno, no estoy segura —contestó la reina, extendiendo ambas manos—. Me parece recordar que fue sorprendido robando y lo llevaron a las mazmorras hasta que sus padres lo reclamaran. Os aseguro que eso es todo.
Kahlan le dirigió una gélida mirada.
—Todos vuestros prisioneros eran inocentes y he ordenado que fueran puestos en libertad. Espero que os complacerá saber que os he salvado de ejecutar a inocentes, y que procuraréis que sus familias sean compensadas por ese «error». Si vuelve a repetirse un «error» similar, no sólo vaciaré la cárcel sino que también dejaré vacío el trono.
Richard supo que Kahlan no estaba fingiendo para conseguir la caja, sino que realizaba su trabajo. Para eso habían creado los magos a las Confesoras. Y eso era lo que Kahlan era: la Madre Confesora.
—Por supuesto… sí. Estoy segura de que este error es culpa de algunos oficiales de mi ejército excesivamente ambiciosos. Ignoraba que los prisioneros fuesen inocentes. Gracias por… evitar que cometiéramos un grave error. Me ocuparé personalmente de que las familias sean compensadas. Es lo que yo habría hecho de haber sabido…
—Bien. Ahora debemos marcharnos —la interrumpió Kahlan.
—¿Ya? —A la reina se le iluminó el rostro—. ¡Oh, qué lástima! Todos estábamos deseando que nos honraseis con vuestra presencia en la cena de hoy. Lamento mucho que debáis iros.
—Tengo que atender otros asuntos. Antes de irme quisiera hablar con mi mago.
—¿Vuestro mago?
—Giller —contestó Kahlan, hablando entre dientes.
Por un brevísimo instante los ojos de la reina parpadearon hacia el techo.
—Bueno… me temo que eso será… imposible.
—Más os vale que sea posible —le dijo Kahlan, inclinándose hacia ella—. Enseguida.
—Por favor, creedme, Madre Confesora, no os gustaría ver a Giller en su actual estado —respondió la reina, pálida como la cera.
—Enseguida —repitió Kahlan.
Richard sacó la espada de la vaina mínimamente, sólo lo suficiente para que la reina se percatara.
—Como queráis. Está… arriba.
—Esperadme aquí hasta que termine de hablar con él.
—Por supuesto, Madre Confesora —contestó la reina, con la mirada clavada en el suelo—. Muéstrale el camino —ordenó a uno de sus abogados.
Guiado por el abogado de la reina, el trío subió la escalinata hasta el piso superior, recorrió varios pasillos y subió una escalera de caracol de piedra hasta la habitación superior de una torre. Allí, el hombre se detuvo en el descansillo frente a una pesada puerta de madera; parecía asustado. Kahlan le indicó con un gesto que se retirara. El hombre se inclinó y obedeció de mil amores. Richard abrió la puerta y, cuando todos estuvieron dentro, volvió a cerrarla.
Kahlan ahogó un grito y escondió el rostro contra el hombro de Richard. Zedd apretó la faz de Siddin contra su túnica.
La habitación estaba completamente destruida. No había techo, como si se lo hubiera llevado una explosión. Tan sólo quedaban unas pocas vigas, de una de las cuales pendía una soga.
El cuerpo desnudo de Giller oscilaba ligeramente atado al extremo de la soga, boca abajo, con un gancho de carnicero atravesándole el hueso del tobillo. Si la habitación no hubiese estado completamente abierta, el hedor hubiese sido insoportable.
Zedd tendió a Siddin a Kahlan y, sin parar mientes en el cadáver, empezó a recorrer lentamente la habitación circular con el entrecejo fruncido, pensando. De vez en cuando, se detenía y tocaba astillas de madera de los muebles que se habían incrustado en los muros como si en vez de piedra fuesen de mantequilla.
Richard contemplaba paralizado el cuerpo sin vida de Giller.
—Richard, ven a ver esto —lo llamó Zedd.
El mago pasó un dedo por un área ennegrecida y arenosa del muro. De hecho, había dos áreas ennegrecidas. Zedd y Richard, uno al lado del otro, contemplaron las manchas que parecían de hombres en posición de firmes como si, al marcharse, hubieran dejado atrás su sombra. Justo por encima de los codos, en vez de una mancha negra se veía una franja de metal dorado, fundida en la piedra del muro.