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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Zedd se enderezó bruscamente y le espetó:

—¿Por qué se lo has contado? Creí que no querías que él supiera que…

—Zedd… yo nunca…

La faz del mago se contrajo en una mueca y se volvió lentamente hacia Richard, que, inclinado sobre su cuenco, se dedicaba a llevarse metódicamente a la boca cucharadas de gachas.

—Kahlan no me ha dicho nada —dijo el joven, sin alzar la mirada—. Pero tú acabas de hacerlo.

Después de tragar la última cucharada de gachas, el joven rebañó la cuchara y la dejó caer en el cuenco de hojalata, provocando un tintineo. Acto seguido, miró con expresión calmada y triunfante a Zedd, que bizqueaba.

—La Primera Norma de un mago —anunció el joven con un amago de sonrisa—. Para creer algo, lo primero es querer creer que es verdad… o temer que lo sea.

—Ya te lo dije —espetó Kahlan a Zedd, echando chispas—. Te dije que lo acabaría sabiendo.

Pero Zedd, los ojos clavados en Richard, no le prestaba atención.

—Anoche le estuve dando vueltas y decidí que tenías razón, que debías saber lo que me dijo Shota —explicó Richard, dejando el cuenco sobre la roca—. Después de todo, tú eres mago, y es posible que las palabras de Shota contengan algo que nos ayude a detener a Rahl el Oscuro. Sabía que no descansarías hasta averiguar qué había pasado. Decidí contártelo hoy, pero entonces comprendí que se lo sacarías antes a Kahlan, de un modo u otro.

Kahlan se dejó caer en la manta, riendo.

Zedd enderezó la espalda y se llevó los puños a las caderas.

—¡Cáspita, Richard! ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?

—Magia —contestó Richard, sonriendo—. Un truco, si se ejecuta como es debido, es magia. Bueno, eso es lo que me han dicho —agregó, encogiéndose de hombros.

—Tienes mucha razón —contestó Zedd, asintiendo con la cabeza. El anciano apuntó al cielo con un enjuto dedo y sus penetrantes ojos color avellana recuperaron la chispa—. Has engañado a un mago con una de sus propias normas. Ninguno de mis magos lo logró nunca. —Zedd se aproximó a Richard con una radiante sonrisa en la cara—. ¡Cáspita, Richard! ¡Lo tienes! ¡Tienes el don, hijo! Puedes ser un mago de Primera Orden, como yo.

—Yo no quiero ser mago —replicó el joven, frunciendo el ceño.

—Has pasado la primera prueba —declaró Zedd, haciendo caso omiso de la negativa de Richard.

—Acabas de decir que ninguno de los demás magos logró hacerlo nunca. ¿Cómo es posible, entonces, que fuesen magos si no pasaron la prueba?

—Eran magos de Tercera Orden —contestó Zedd, sonriendo con un solo lado de la boca—. Uno de ellos, Giller, es de Segunda Orden. Ninguno consiguió pasar las pruebas para convertirse en mago de Primera Orden. No poseían el don; sólo la vocación.

—No fue más que un truco —objetó Richard con una sonrisita—. No hagas una montaña de un grano de arena.

—Fue un truco muy especial. —El anciano entrecerró los ojos de nuevo—. Estoy impresionado y también me siento muy orgulloso de ti.

—Si ésta es la primera prueba, ¿cuántas hay?

—Oh, pues no lo sé. Un centenar, o más. Pero tú tienes el don, Richard. —Una sombra de preocupación cruzó por los ojos del mago como si no hubiese esperado que Richard lo poseyera—. Debes aprender a controlarlo o… Pero yo te enseñaré. Puedes llegar a ser un mago de Primera Orden —afirmó, de nuevo con ojos brillantes.

Richard se dio cuenta de que la idea empezaba a atraerlo un poco, por lo que meneó la cabeza, tratando de aclarársela.

—Ya te lo he dicho; no quiero ser mago. Cuando todo esto acabe —añadió en voz baja—, no quiero tener nada que ver con la magia, nunca más. —Al percatarse de que Kahlan lo observaba con atención, miró alternativamente a la asombrada faz de sus dos amigos—. No ha sido más que un estúpido truco. Nada más que eso.

—Si se lo hubieras hecho a otro, habría sido un estúpido truco. Pero, si se lo haces a un mago, no tiene nada de estúpido.

—Vaya par… —comentó Richard, entornando los ojos.

—¿Puedes gobernar los vientos? —lo interrumpió Zedd, inclinándose ansiosamente hacia adelante.

—Pues claro que sí —declaró el joven, siguiéndole la corriente. Alzó ambos brazos hacia el cielo con aire dramático y ordenó—: ¡Ven a mí, hermano viento! ¡Reúne tus fuerzas y desata un vendaval!

Kahlan se arrebujó en la capa, expectante. Zedd miró alrededor. Nada ocurrió. Los dos se mostraron algo decepcionados.

—¿Pero qué os pasa a vosotros dos? —los reprendió Richard—. ¿Habéis comido bayas venenosas o qué?

—Ya aprenderá —comentó Zedd a Kahlan.

Tras considerar las palabras del mago, Kahlan alzó la vista hacia el joven y le dijo:

—Richard… convertirse en mago no es una oferta que se haga a todo el mundo.

—¡Caramba! —exclamó Zedd, frotándose las manos—. Ojalá tuviera aquí mis libros. Me apuesto un colmillo de dragón a que dicen algo sobre esto. Claro que también está la cuestión del dolor… y… —El rostro del mago se ensombreció.

Richard rebulló, incómodo.

—Además, ¿qué tipo de mago eres tú? —soltó a su amigo—. ¡Si ni siquiera tienes barba!

—¿Qué? —El comentario de Richard arrancó a Zedd de sus cavilaciones.

—Una barba. ¿Dónde está tu barba? Me lo he estado preguntando desde que me enteré de que eres un mago. Los magos siempre llevan barba.

—¿De dónde has sacado eso?

—Pues… no sé. Todo el mundo lo dice. De todos es sabido que los magos llevan barba. Me sorprende que tú no lo sepas.

Zedd puso la misma cara que si hubiera chupado un limón.

—Yo odio las barbas. Pican una barbaridad.

Richard se encogió de hombros.

—Si ignorabas que los magos siempre llevan barba, es que quizá no sabes tanto como crees sobre ser mago.

Zedd cruzó los brazos.

—¿Barba, dices? —El anciano volvió a descruzarlos y empezó a acariciarse el mentón con los dedos de una mano. Poco a poco le fueron naciendo pelos, que crecían más y más cuanto más se acariciaba. Richard contemplaba atónito la escena. Finalmente, el mago pudo exhibir una barba blanca que le llegaba a la mitad del pecho.

Zedd ladeó la cabeza y lanzó a Richard una penetrante mirada.

—¿Crees que servirá, hijo?

Richard se dio cuenta de que tenía la boca abierta y la cerró. Era incapaz de pronunciar palabra, por lo que se limitó a asentir con la cabeza.

—Perfecto. —Zedd se rascó la barbilla y el cuello—. Ahora dame tu cuchillo para poder afeitarme. Tanto pelo pica una barbaridad.

—¿Mi cuchillo? ¿Para qué necesitas un cuchillo? ¿Por qué no la haces desaparecer?

Kahlan lanzó una breve carcajada, pero inmediatamente se puso seria bajo la mirada del joven.

—No es así como funciona. Todo el mundo sabe que no es así como funciona —se mofó Zedd—. ¿Acaso no es de todos sabido? —preguntó a Kahlan—. Vamos, explícaselo.

—La magia únicamente puede hacer cosas sirviéndose de lo que ya existe. No puede deshacer cosas que han ocurrido.

—No te entiendo.

Zedd le lanzó una mirada de águila.

—Tú primera lección, por si algún día decides convertirte en mago. Nosotros tres tenemos magia. Siempre se trata de Magia de Suma, o sea, la magia que coge lo que ya existe y lo usa, o añade algo. La magia de Kahlan usa la chispa del amor que posee una persona, por mínima que sea, y va añadiendo hasta que la transforma en otra cosa. La magia de la Espada de la Verdad usa tu furia y la multiplica; extrae poder de ella hasta que se transforma en otra cosa.

»Yo hago lo mismo. Soy capaz de usar cualquier cosa existente para producir cambios. Puedo transformar un bicho en una flor, a un hada en un monstruo, puedo soldar un hueso roto, absorber el calor del aire que nos rodea y aumentarlo hasta convertirlo en fuego mágico. Puedo hacer que la barba me crezca, pero no que desaparezca. —Una piedra tan grande como su puño empezó a elevarse en el aire—. Puedo levantar cualquier cosa y puedo cambiarla. —La piedra se convirtió en polvo.

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