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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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La niña dejó a la muñeca y el pan dentro del pino hueco y salió afuera. El sol ya se había puesto, aunque todavía quedaba luz suficiente para ver. Las nubes tenían un hermoso color rosa. La niña les echaba un vistazo de vez en cuando, mientras iba recogiendo ramas, que sostenía contra el cuerpo con el otro brazo. Entonces se aseguró de que la cerilla mágica seguía en el bolsillo. La noche anterior casi se la había olvidado y ahora tenía miedo de perderla.

Una vez más alzó la vista hacia las hermosas nubes. Justo entonces, una cosa grande y oscura bajó en picado hacia los árboles, un poco colina arriba. La niña pensó que debía de tratarse de un pájaro muy grande, un cuervo, por ejemplo. «Sí —se dijo—, tiene que ser uno de esos bulliciosos cuervos». Después de recoger un poco más de leña, vio un grupo de arándanos que crecían en un claro. Las hojas ya eran de un encendido color rojo. Al verlos, la niña tiró al suelo las ramas.

Tenía tanta hambre que se sentó allí mismo y empezó a comer lo más aprisa que pudo. Como la estación estaba ya bastante avanzada, los arándanos estaban resecos y arrugados, pero aún eran buenos. De hecho, eran muy sabrosos. La niña empezó a meterse uno en el bolsillo por cada uno que comía, arrastrándose sobre manos y pies. Anochecía rápidamente. De cuando en cuando alzaba la vista hacia las hermosas nubes, que ahora aparecían más oscuras, de color púrpura.

Cuando tuvo el estómago lleno, así como los bolsillos, Rachel recogió la leña y regresó al pino hueco. Una vez dentro, deshizo el hatillo del pan y puso dentro los arándanos que había recogido. Entonces, se sentó y se fue comiendo los frutos mientras charlaba con Sara, a quien ofrecía. Sara no comió muchos. Rachel deseó tener un espejo para ver cómo le había quedado el pelo. Aquel mismo día se había mirado en una oscura poza. Ahora lo tenía muy bonito, tan recto. Richard había sido muy amable al cortárselo.

La niña echaba de menos a Richard. Cómo deseaba que estuviera allí, a su lado, que huyera con ella, que la abrazara. Richard daba los mejores abrazos de todo el mundo. Si Kahlan no fuera tan mala, también la abrazaría a ella, y así descubriría lo maravillosos que eran esos abrazos. Por alguna razón, Rachel también echaba de menos a la mujer; sus cuentos, sus canciones y el modo como le acariciaba la frente. ¿Por qué tenía que ser tan mala y decir que pensaba hacer daño a Giller? Giller era uno de los hombres más amables del mundo. Giller le había regalado a Sara.

La niña partió las ramas lo mejor que pudo para que cupieran dentro del círculo que había formado con piedras. Después de apilarlas cuidadosamente, sacó la cerilla mágica.

—Luz para mí.

Rachel dejó la cerilla en el hatillo, junto a los arándanos, y se calentó las manos. Después comió unos frutos más mientras contaba a Sara sus problemas, cómo deseaba que Richard estuviera allí para abrazarla, cuánto le gustaría que Kahlan no fuera mala, que esperaba que no hiciera daño a Giller y cómo deseaba tener algo más para comer, aparte de los arándanos.

Un bicho le picó en el cuello. La niña lanzó un pequeño grito y lo aplastó. Cuando se miró la mano vio que tenía un poco de sangre. Y una mosca.

—Mira, Sara. Esta estúpida mosca me ha picado y me ha hecho sangre —le dijo a la muñeca.

Sara pareció compadecerla. Rachel siguió comiendo arándanos. Otra mosca la picó en el cuello. Esta vez la niña la aplastó, pero no gritó. En la mano vio otra mancha de sangre.

—¡Eso ha dolido! —dijo a Sara. La niña frunció el entrecejo y arrojó la mosca despachurrada al fuego.

Rachel dio un salto cuando la tercera mosca la picó, esta vez en el brazo. La niña la aplastó, pero otra le picaba ya en el cuello. Rachel agitó los brazos alrededor de la cara para ahuyentarlas. Dos más le picaron en el cuello, haciéndole sangre antes de que pudiera aplastarlas. Las picaduras le dolían tanto que los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Fuera de aquí! —gritaba, agitando furiosamente las manos.

Algunas moscas se le metieron por dentro del vestido y se cebaron en su pecho y espalda, mientras otras le picaban el cuello.

Rachel se echó a gritar, sacudiendo los brazos y tratando de quitarse los insectos de encima. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Una mosca le picó en el interior de la oreja, lo que aumentó la intensidad de sus chillidos. La niña se llevó un dedo a la oreja, gritando y llorando, intentando quitarse de dentro la mosca. Mientras chillaba, no dejaba de dar manotazos.

Lanzando agudos gritos, la niña salió a trompicones del pino, apartando moscas de delante de los ojos. Rachel corría agitando los brazos como aspas de molino, tratando de ahuyentar a las moscas. Pero éstas la seguían.

Entonces vio algo frente a ella que la dejó paralizada. Su mirada atónita fue recorriendo de abajo arriba el peludo cuerpo de la bestia. El monstruo tenía el abdomen rosa, sobre el que se habían posado algunas moscas.

La bestia desplegó lentamente unas enormes alas contra un cielo de colores pastel. No eran unas alas cubiertas de plumas, sino de piel. Rachel distinguió en ellas grandes venas en las que latía la sangre.

Haciendo acopio de todo su coraje, se metió la mano en el bolsillo para coger la cerilla mágica. Pero no estaba allí. Las piernas no le respondían y ni siquiera sentía los picotazos de las moscas. Entonces oyó un sonido semejante al ronroneo de un gato, aunque mucho más fuerte. Alzó más la mirada y se encontró con unos refulgentes ojos verdes que la taladraban. Aquel ronroneo fuerte no era otra cosa que un grave gruñido.

La bestia abrió sus fauces en un gruñido más fuerte, retrayendo los labios y dejando al descubierto unos colmillos largos y curvos.

Rachel no podía correr, ni moverse, ni siquiera gritar. Todo su cuerpo temblaba mientras contemplaba fijamente esos perversos y relucientes ojos verdes. La niña había olvidado cómo mover los pies.

Una gran zarpa fue a por ella, y Rachel sintió algo caliente que le bajaba por las piernas.

38

Richard se cruzó de brazos, recostó la espalda contra la roca y ordenó:

—¡Ya basta!

Tanto Zedd como Kahlan volvieron la cabeza. Al parecer, se habían olvidado de la presencia del joven. Durante casi media hora Richard los había escuchado discutir frente al fuego, y ya estaba más que harto. De hecho, se sentía agotado. Hacía ya mucho que habían cenado y ya deberían estar durmiendo. Pero, en vez de eso, Kahlan y Zedd trataban de ponerse de acuerdo sobre qué debían hacer al día siguiente, cuando llegaran a Tamarang. Tras la exclamación de Richard, dejaron de discutir entre ellos para exponerle a él sus respectivos casos.

—Yo digo que vayamos y que dejéis que yo me ocupe de Giller. Él es mi estudiante. Ya me encargaré yo de hacerlo hablar. Sigo siendo mago de Primera Orden. Giller me obedecerá y me entregará la caja.

Kahlan sacó de su mochila el vestido de Confesora y se lo mostró a Richard.

—Así es como debemos ocuparnos de Giller. Él es mi mago y me obedecerá porque conoce las consecuencias.

Richard suspiró hondo y luego se frotó los ojos con las yemas de los dedos.

—Los dos estáis vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Y ni siquiera estamos seguros de a quién pertenece esa piel.

—¿Qué quieres decir? —inquirió Kahlan.

Richard se inclinó hacia adelante. Por fin había captado su atención.

—En el mejor de los casos, las simpatías de Tamarang están del lado de D’Hara. Y, en el peor, nos encontraremos a Rahl allí. Probablemente la situación sea la intermedia. Si entramos por las buenas y les decimos lo que queremos, es muy posible que no les guste nada de nada y que nos lo hagan saber con su ejército. ¿Y entonces, qué? ¿Vamos a luchar nosotros tres contra todo un ejército? ¿Lograremos así la caja o acercarnos a Giller? Si tenemos que luchar, será mejor que lo hagamos para salir y no para entrar.

Richard esperaba que uno de sus dos amigos expresara alguna objeción en vez de quedarse allí sentados, escuchando su regañina. Pero no dijeron nada.

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