La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Guzmán no respondió de momento; siguió enfrascado en su labor de dirigir a las acémilas durante al menos una legua más; y cuando Fabra debía de haber olvidado su comentario, le preguntó de improviso:
– ¿Por qué dices eso?
El veterano almogávar tardó un poco en recordar a qué se refería su amigo, y luego dijo en tono homilético:
– La muerte puede ser hermosa. Incluso puede ser dulce -añadió elevando la voz como si saborease la palabra «dulce»-. Fíjate en esos pastores; están condenados a ignorar para siempre el mensaje del Señor. ¿Qué clase de vida es ésa?
– ¿Acaso les aguardaría algo mejor en el otro mundo? -dijo Guzmán encogiéndose de hombros-. No están bautizados; se irían de cabeza al infierno.
– Por supuesto -admitió Fabra-; pero al menos sabrían cuál es la Verdad…
Siguieron así hablando durante muchas leguas, mientras yo intentaba cerrar mis oídos a sus simplezas y concentrarme en la lectura de un libro.
Guzmán era muy diferente a su viejo camarada Fabra. Era pequeño y oscuro, con poco pelo en la cabeza y en el rostro.
Al parecer, ambos se conocían desde hacía más de veinte años. Guzmán formaba parte de la flota aragonesa armada contra el sultán de Túnez, Abú Isaac, cuando ésta fue desviada y dirigida a Sicilia.
– Éramos más de quince mil almogávares en ciento cincuenta barcos -me contó en una ocasión-. Derrotamos a los angevinos cerca de Trápani, en el día más jodidamente caluroso de mi vida. Hacía un calor del infierno para pelear; pero vencimos.
– ¿Conociste al almirante Roger de Lauria? -le pregunté.
– Sí -dijo-; pero era distante y altivo, muy al contrario que el Capitán.
Se refería a Roger de Flor, por quién Guzmán sentía veneración. Al parecer, aquel viejo almogávar era de origen castellano, y en veinte años no había conseguido hablar el catalán lo bastante bien como para no provocar las risas y burlas de sus compañeros. Excepto Roger y Fabra, que le respetaban por su valentía.
Dejamos a la espalda la red de canales que fertilizaban aquellas tierras y subimos por la sierra, que era más áspera que alta, y tras andar una legua de difícil camino, dimos con una tierra algo más llana pero no más fecunda, donde encontramos un abrevadero en el que las caravanas solían parar, cosa que nosotros no hicimos por encontrarse seco en esos momentos.
Al atardecer, después de caminar ese día más de ocho leguas, acampamos en un llano de hierba seca, al que los sarracenos llaman Mekaçar Iubab, donde había muchos hatos de carneros pastando, pero no se veía ningún pastor a la vista, y el almogávar llamado Guillem se entretuvo haciendo puntería en aquellas pobres bestias con su arco. Era una arco largo de tejo inglés, que había conseguido hacía mucho, y al que cuidaba con esmero y dedicación. Poseía una gran habilidad con esta arma, y era capaz de introducir la punta de acero de una flecha en la cuenca del ojo de una oveja situada a más de trescientas varas de distancia.
Pocos almogávares usaban arco, arma que consideraban poco digna para un hombre; pero Guillem se reía en la cara de sus compañeros diciendo:
– Los poderosos os hacen creer eso porque es a ellos a quienes no conviene que los siervos dispongamos de armas capaces de atravesar sus armaduras; y vosotros repetís esta estupidez como si fuera la palabra de Dios.
Se decía que Guillem era un pagés que se había unido a los almogávares tras haber degollado a su señor cuando éste intentaba hacer efectivo el cobro de una qüestia [24]; y siempre andaba a vueltas con estas curiosas historias de siervos y señores.
Guillem era un hombre de aspecto turbio y mandíbula prominente; cargado de espaldas y con mal carácter; pero era el mejor arquero que yo haya conocido jamás.
Al día siguiente, levantamos el campamento a la salida del sol, y caminamos hacia el cauro por diferentes tierras hasta dar con una enorme ribera seca, cuyo fondo era todo de piedra blanca y dura como el mármol, tan perfectamente igualada como si se tratara de una carretera hecha por gigantes. Encontramos allí agua al fin, concentrada en grandes albercas formadas sobre aquellas losas blancas. Bebieron de ellas hombres y bestias, y recogimos cuanta pudimos en odres, pues temíamos no poder encontrar más por aquellos parajes cada vez más áridos.
Poco a poco, nos hundíamos más y más en el desierto.
A distancias regulares de tres millas, encontrábamos ruinas de abrevaderos construidos en la época de la Antigua Roma para abastecer a las caravanas que viajaban hacia la India. Si había agua en los pozos pasábamos la noche en las ruinas; en caso contrario, seguíamos adelante hasta dar con una en donde sí la hubiese. En ocasiones el agua estaba contaminada por pájaros y ratas muertas que flotaban pudriéndose en ella. En una ocasión, el cadáver de un asno formaba una pequeña isla en el centro del pozo, rodeado de una mancha de agua verde y viscosa.
Las grandes montañas que se extendían perpendiculares eran pálidas, desoladas, estériles y descoloridas por el ardiente sol.
Aunque las jornadas eran duras, encontrábamos plena compensación en las tardes y las noches. Con los últimos rayos del sol poniente, algunas colinas casi invisibles sobre el fondo del cielo se tornaban ondulantes pirámides de aromático espliego; las murallas de arenisca se transformaban en rojos cortinajes que se difuminaban en el suave resplandor del desierto, y cuando aquella abundante ostentación de colorido empezaba a desvanecerse en la oscuridad, centelleaban las legiones de mis viejas amigas las estrellas, en el fresco ambiente de la noche.
Echado sobre mi cama, que era sólo una manta tendida sobre un cajón de madera lleno de nudos, a la luz de la luna que se filtraba por los desgarrones de la lona de mi carromato, me olvidaba por completo del cansancio de mis huesos. Trataba de recordar alguna melodía que guardase relación con la belleza de aquellas noches y expresase la inexorable rudeza de aquellas tierras durante el día, la indecible magnificencia de las puestas de sol y la infinita suavidad de la noche.
Un atardecer, Joanot se acercó hasta mi carromato, mientras yo contemplaba el espectáculo de la luz cambiante tiñendo el desierto y las montañas.
– ¿Te importuno, Ramón? -me preguntó.
Me volví hacia él, como si despertara de un sueño, y le respondí que no. Trepó entonces al carromato, y tomando asiento junto a mí, examinó el cielo de color lavanda.
– Mañana nos aguarda un día de calor -dijo.
Le pregunté al valenciano si no le emocionaba la belleza de este cielo, y él volvió a examinar el firmamento, pero no dijo nada.
El sol ya se había ocultado, y sus brillantes colores se difuminaban rápidamente.
– Hay gentes que jamás abandonan su pueblo, su comarca -dije extendiendo los brazos y señalando a mi alrededor-, y esto es como permanecer ciego ante lo que la obra de Dios puede ofrecernos. Para los franciscanos el amor de Dios es la explicación del Universo. Dios crea para participar algo de sí a otros seres y ser glorificado mediante el amor de hombres curiosos de conocer su Gloria.
– Tú estuviste casado, Ramón, y renunciaste a tu familia. ¿Por qué?
– Por Dios -dije.
– ¿Es posible amar tanto a Dios? -me preguntó el valenciano.
Yo le respondí sin mirarle, sin apartar mis ojos de las estrellas.
– ¿Acaso tú no le amas? -dije.
El dudó un instante, y dijo al fin:
– No de esa forma.
– ¿Por qué estás aquí, entonces? ¿Por qué peleas en una guerra tras otra?
– No lo sé, Ramón -me dijo el valenciano con voz abatida-. No sé por qué estoy aquí, ni por qué lucho y mato infieles. Avanzo por mi camino, mirando hacia delante, y nunca vuelvo sobre mis pasos.
– ¿Nunca has sentido remordimientos de alguna acción pasada?
– Soy un guerrero -razonó-; y la guerra es la guerra. Matamos o nos matan. En ocasiones la sangre anega nuestro espíritu como un pesado manto que intentara asfixiarnos, pero no piensas demasiado en ello, te sacudes de encima todos esos sentimentalismos, y te adelantas hacia tu próximo enemigo. Así ha sido siempre…
Ojalá estuviera todo tan claro para mí.
¿Por qué abandoné a mi esposa y a mis hijos? Era una buena pregunta, pero la respuesta no resultaba tan sencilla, como le había hecho ver a Joanot.
Aquella mujer… Mi Amada… Muchas noches su rostro hermosísimo cobraba forma frente a mí en la oscuridad, como si estuviera acostada a mi lado, en mi lecho. Por ella lo habría abandonado todo sin dudarlo, a mi mujer y a mis hijos, mis tierras y toda mi fortuna; por ella hubiera entregado gustosamente la vida. Pero ella no me amó jamás y siempre le fue fiel a su esposo; hasta que Dios se la llevó.
No pude compartir su dolor ni sus alegrías; jamás me permitió entrar en su vida.
La visión de su pecho enfermo y marchito convulsionó mi vida entera y me abrió los ojos a las cosas que realmente importaban. Había abandonado a mi familia, había ingresado como terciario en los frailes menores, y había ido a predicar a los infieles una y otra vez, exponiendo temerariamente mi vida.
Porque para entonces ya creía saber dónde estaba el auténtico valor de las cosas.
3
Nos internábamos en terreno desconocido. Cada vez más profundamente.
Seguíamos encontrando ruinas de abrevaderos cada tres millas, pero las grises cúpulas de sus pozos no daban sombra más que a un lodo reseco y cuarteado. Por los desfiladeros de las montañas corrían innumerables riachuelos de agua, pero toda ella era salada y amarga. Aquellas montañas no eran más que gigantescas masas de conchas de ostras y corales petrificados.
Caminábamos por el fondo de lo que había sido un inmenso mar durante el Diluvio Universal y no encontrábamos más que polvo gris y agua salada. El viento era como un cálido aliento que Dios me lanzaba al rostro, y el sol reflejado por las rocas y la blanca arena me envolvía en una atmósfera de calor. Siguiendo el ejemplo de Sausi y de los almogávares, me cubrí la cabeza con un lienzo cuando caminaba a pie, y cuando iba sobre el carromato me envolvía en una pesada manta, que me llegaba hasta los pies, y me veía obligado a volverla y revolverla de vez en cuando para no quemarme hasta los huesos.
[24] Imposición tributaria fijada directamente por el señor feudal. La legislación de la Vieja Cataluña reconocía el ejercicio del ius malentractandi; es decir, el derecho señorial de atormentar, mutilar y de dar muerte a los vasallos de señorío.