La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Tenía, pues, la línea exacta de latitud donde estaba situada la ciudad, ¿pero cómo determinar la longitud? Deslicé mi dedo sobre esta línea, de Oriente a Occidente, buscando una solución. De nuevo los frescos que me rodeaban vinieron en mi ayuda.
Algunos de los hoplitas de Alejandro parecían estar en marcha en su camino hacia Oriente, pero otros, situados entre las filas de sus compañeros, parecían quietos, con sus armas dispuestas. Consideré que cada uno de aquellos hoplitas guardaba un puesto en el itinerario de Alejandro.
Hice memoria de mis conocimientos de historia antigua. Puesto que he pasado la mayor parte de mi vida viajando, aprendí pronto a memorizar el contenido de los libros, para evitar el tener que cargar siempre con una pequeña biblioteca.
No me costó mucho recordar aquellos datos: las tropas de Alejandro pasaron por la región en la que ahora me encontraba hacia el trescientos treinta y uno antes de Nuestro Señor; por Ecbatana en el trescientos treinta y por Ariana en el invierno del trescientos veintinueve, ambas situadas un poco más al mediodía [23]. Tracé, guiándome sólo por mi memoria, la ruta de Alejandro sobre el Mapamundi de Eratóstenes.
Tan sólo en un punto la ruta de su ejército cortaba la línea de latitud que antes había marcado. Era el punto situado más al norte en toda la ruta del general macedonio, en la región de Sogdiana; a tramontana de una ciudad llamada Marakanda por Alejandro y que actualmente es conocida como Samarcanda.
En aquel lugar estaba el reino que buscábamos.
Le señalé la ruta que debíamos tomar a Joanot de Curial, y vi dudar al guerrero. Me preguntó que si estaba seguro de que era allí, en Samarcanda, donde se encontraba el reino del Preste Juan. Y tuve que admitir que no; que en realidad no había encontrado ninguna referencia a él, pero de lo que sí estaba convencido era de que en algún lugar al norte de la ciudad de Samarcanda se encontraba el reino de los hombres que llevaron el fuego griego a Constantinopla. En una ciudad situada en el desierto de cristal.
– Quizás es la misma ciudad de Juan, aunque sus habitantes no la conozcan por ese nombre -aventuró Joanot, y yo no pude menos que estar de acuerdo con él.
Joanot me contó entonces cómo en Génova, Roger y él, habían entrado al servicio de la familia Doria, de cuyos astilleros salió la nueva nave de Roger: la Oliveta.
En aquellos años, Tesidio Doria había promovido una expedición para buscar una ruta marina hasta el reino del Preste Juan. Los hermanos Vadino y Ugolino Vivaldi, miembros como los Doria de una antigua familia de navegantes, fueron puestos al mando de las dos naves que zarparon de Génova.
Tras hacer escala en Mallorca, cruzaron el estrecho de Gibraltar, bordearon Marruecos y el cabo Juby, al sur del Atlas. A partir de lo cual se perdió todo contacto con la expedición de la que no volvió a saberse nada; aunque se creía que lograron llegar a las tierras del Preste Juan, de donde no quisieron, o no les fue permitido, regresar.
– Tesidio Doria nos contagió de su afán de encontrar el reino del Preste Juan -dijo Joanot-; un sueño que Roger y yo hemos compartido desde entonces.
– Me resulta extraño pensar que un hombre como Roger pueda tener sueños como ése -le dije a Joanot.
– Quizá porque no le conociste lo suficiente.
2
La noche antes de nuestra partida hacia Oriente, me vi asaltado por terribles y premonitorios sueños. No eran más que formas negras y sinuosas que ondeaban en torno mío como raíces de plantas acuáticas, y ojos vidriosos que emitían en la oscuridad destellos venenosos.
Desperté en mitad de la noche bañado en sudor, y salí de mi tienda en busca de aire fresco. La noche estallaba en estrellas. Una inmensa explosión de polvo plateado congelada sobre nuestras cabezas. Un grupo de almogávares estaban reunidos en torno al fuego, cantando viejas canciones catalanas.
A lo lejos distinguí el perfil armónico de los siete templos, iluminados por la tenue luz de las estrellas. Sentí el irrefrenable deseo de visitar por última vez aquellos templos, y caminé hasta el límite del campamento. Un guardia almogávar me franqueó el paso tras comprobar mi identidad. Atravesé en silencio el desolado espacio que separaba el campamento almogávar del círculo de templos paganos. La pálida luz de las estrellas le confería a todo un halo de fosforescente irrealidad.
Mis ojos se habían acostumbrado a aquella escasa luz y podía distinguir las enormes moles de los templos levantarse ante mí como leviatanes dormidos.
Ante la vista de aquellos observatorios consideré cómo, desde la noche de los tiempos, los hombres se habían esforzado en conocer el movimiento y el curso de los astros, y penetrar, si esto fuera posible, en los misterios de su esencia y estructura. Y es curioso que primero se estudiara el mundo de los cielos, antes que el de la tierra; dejando de lado lo cierto por lo dudoso, lo fácil por lo difícil, lo cercano por lo remoto, lo propio por lo ajeno.
¿Qué misterios nos aguardaban en el largo camino que íbamos a emprender?
A pesar de la confianza que había intentado demostrarle a Joanot, tenía dudas. Para empezar, ahora sabía que los habitantes de la «ciudad en el desierto de cristal» no eran cristianos convertidos por el apóstol santo Tomás, sino descendientes de una secta de antiguos griegos paganos, que habían escapado de la persecución ocultándose en el remoto Oriente. Se habían servido, por lo tanto, de las rutas marcadas por el ejército victorioso del Gran Alejandro, y en aquel remoto lugar se habían dedicado al estudio de la naturaleza siguiendo la filosofía materialista de Aristarco de Samos. En su camino hacia Oriente habían establecido colonias que pronto habían abandonado el sendero de Aristarco para perderse en la idolatría y el culto a los planetas.
Quizá la misma «ciudad en el desierto» se había perdido ya en esas prácticas, pues no teníamos noticias ciertas de ella desde que Calínico viajara hasta la sitiada Constantinopla, hacía ya tantos siglos de eso. No lo sabía y mi mente era un torbellino cuando consideraba todas esas cuestiones.
La noche me contempló indiferente y espléndida, con sus miles de ojos pálidos y brillantes; recreando los ensueños que envuelven las vísperas de todos los viajes.
Puesto de pie ante aquellos templos, no podía dirigir la vista más que hacia adelante y hacia el cielo, enmudecido ante la magnificencia de la noche.
A la hora prima del día siguiente, el campamento fue levantado y la tropa se puso en marcha en medio de un silencio extraño y cargado de temores.
La primera meseta que atravesamos, tras dejar atrás los siete templos, fue descendiendo hasta prolongarse en una inmensa llanura de lodo que nos llevó a las orillas del río Tigris, uno de los cuatro ríos del Paraíso, al que los naturales de la región llamaban Digilah o Diguylah. Lo remontamos y, media milla más arriba, encontramos las ruinas de los pilares de un puente antiguo; una muralla gris que a partir de ambas orillas del río se prolongaba indefinidamente en la llanura, era lo que quedaba del inmenso viaducto por el que cruzaron mil años antes las caravanas que se dirigían a las Indias. A partir de ese punto, todos los puentes que íbamos encontrando estaban derruidos y habían sido arrastrados por las aguas del río Tigris.
No teníamos forma de cruzar, y Recorrimos ociosamente las márgenes de la enorme corriente de agua durante un par de jornadas, hasta llegar a las proximidades de Bagdad, lugar al que en ningún caso queríamos aproximarnos más, para evitar encontrarnos con contingentes que pudieran hacernos frente.
Desesperado, Joanot busco mi ayuda, y yo le pedí que mandara a sus almogávares por las aldeas cercanas y que consiguieran varios centenares de odres de piel, cuantos más, mejor. Ellos no encontraron los odres, pero sí muchos animales que eran cuidados por los nativos; ovejas, cabras, bueyes y asnos; que fueron rápidamente muertos, desollados, y sus pieles infladas. Algunas fueron cortadas en tiras y trenzadas para formar correas, con las que fueron atados los odres entre sí. Unas gruesas piedras, atadas también con correas y arrojadas al agua, hicieron las veces de anclas para los odres.
Ricard pudo cruzar entonces sobre ellos, arrastrando una larga cuerda que tensó entre las dos orillas. Finalmente, los odres fueron cubiertos con ramas de árboles y tierra, para afianzarlos y evitar que resultaran resbaladizos para los animales.
Sobre este improvisado puente cruzamos todos, hombres, carromatos y bestias.
Dejamos atrás el río Tigris y nos adentramos en una vasta región pantanosa, cubierta de interminables laberintos de acequias y riachos pegajosos y resbaladizos a causa de la arcilla mojada, que hacía dar de bruces a los asnos y nos obligaba a cargarlos de nuevo. El veterano Guzmán caminaba junto a mi carromato con su lujoso disfraz empapado, procurando mantener las acémilas en línea, golpeándolas con un palo y lanzando gritos nasales para hacerlas marchar más deprisa.
Mientras estuvimos en aquella zona vimos pasar a muchos pastores turcos con gruesos hatos de carneros de Iazirey, de la región de Xam, que llevaban a vender a Damasco, Trípoli, Aleppo y hasta la mismísima Constantinopla.
En una ocasión, Fabra se acercó a su camarada y dijo señalando a los pastores:
– Deberíamos acabar con esos pobres.
[23] «Sur».