La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El búlgaro me miró sin entender nada. Quizá pensó que me había vuelto loco.
Pero yo sentí la excitación ascender por mi pecho mientras comprendía que las respuestas estaban ya al alcance de mis manos. Tan sólo debía unir cada uno de los elementos en su orden correcto, y entonces la verdad se haría elemental para mí.
No parecía haber ningún peligro en aquel lugar, de modo que le di permiso a Sausi para que regresara a sus quehaceres en el campamento.
Quedé nuevamente solo, contemplando aquellos frescos y meditando sobre el significado de aquellos templos y el extraño culto a los planetas.
En la piedra que remataba el montículo exterior se afirmaba que Calínico era hijo de Aristarco. Ahora sabía a qué Aristarco se refería, pero, evidentemente, era imposible que Calínico, el hombre que llevó el fuego griego a los asediados ciudadanos de Constantinopla, fuera hijo de Aristarco de Samos, que vivió mil años antes que Calínico y que fue contemporáneo de Alejandro Magno. En realidad, Aristarco debía de ser todavía un niño cuando Alejandro murió en el trescientos veintitrés antes de Nuestro Señor Jesucristo. No estaba seguro, y tendría que consultar esas fechas…
La cuestión, entonces, se planteaba con una rotunda evidencia: ¿por qué se afirmaba, en dos lugares tan distantes, que Calínico era hijo de Aristarco? Hijo de sus enseñanzas, sin duda. A eso debían de referirse ambas inscripciones.
Hice un esfuerzo para recordar cuanto sabía sobre Aristarco de Samos. Lo había estudiado hacía mucho, al igual que a los otros científicos jonios, mientras exploraba los orígenes del saber humano…
Algunos jonios practicaban una extraña filosofía materialista que afirmaba que la materia proporcionaba por sí sola el sostén del mundo; sin el concurso de los dioses para ello. Llevado por este método equivocado de razonamiento, Aristarco llegó a afirmar que era el Sol y no la Tierra quien ocupaba el centró de la Creación; y que las estrellas podían ser otros soles iguales al nuestro, pero mucho más distantes, con su propia cohorte de planetas. Una idea que resultó tan escandalosa entonces como sin duda lo sería hoy en día si alguien se atreviese a pronunciarla. Por lo que él, y sus discípulos de Samos, fueron perseguidos por sus contemporáneos hasta ser completamente exterminados, y sus ideas fueron olvidadas.
Me acerqué a una de las paredes. El fresco de ésta representaba a unos hombres ancianos, vestidos con togas, apedreados por una multitud enfurecida. A mi pesar, pues los sabía equivocados, no pude evitar cierto sentimiento de simpatía por aquellos locos discípulos de Aristarco. Yo también había sufrido situaciones semejantes y mis argumentos dialécticos habían sido respondidos con piedras, lo que me había obligado a correr para salvar mi vida, sobreviviendo en ocasiones con graves heridas en mi cuerpo.
Bien, pensé, ¿qué habían hecho a continuación los discípulos de Aristarco, es decir, sus hijos intelectuales?
Se habían ocultado, pero no habían desaparecido, pues tenía pruebas de que ese tal Calínico seguía considerándose discípulo de Aristarco, mil años después de que la secta fuera perseguida y presuntamente exterminada.
La pregunta era: ¿dónde se habían ocultado?
Pero había algo que no encajaba aún en todo este razonamiento. Los jonios se creían capaces de explicar el mundo de una forma materialista. Decían: «Si llamamos divino a todo aquello que no entendemos, realmente las cosas divinas no tendrán fin».
Pero en la Sala Armilar , como en estos templos en cuyo interior me encontraba, había hallado pruebas de una adoración pagana por los planetas. Y Sausi me había hablado del pueblo que habitó de niño, cerca de la confluencia del Tigris y el Eufrates, donde se consideraba a los planetas como entidades maléficas.
Esto parecía una contradicción; a no ser… Sí, a no ser que los discípulos de Aristarco, en su huida, marcaran su itinerario con pequeñas colonias en las que construirían observatorios astronómicos. En el transcurso de los siglos el conocimiento que albergaban esas colonias de jonios materialistas se fue pervirtiendo y, al igual que les pasó a los israelitas durante la ausencia de Moisés, cayeron de nuevo en la idolatría. Para ellos debió de ser natural considerar a los planetas como dioses o demonios, cuando tenían a su alcance instrumentos tan perfectos para su observación.
Pero eso significaba que el camino hacia la ciudad en la que se ocultaron finalmente los hijos de Aristarco debía pasar por aquellos dos puntos.
¿Qué otro itinerario pasaba por esos mismos puntos, que fuera conocido en aquella remota época? Por supuesto, se trataba del camino trazado por Alejandro en su avance imparable hacia la conquista de Asia. Los jonios se habían limitado a seguir sus pasos.
En el exterior había oscurecido, y ya no entraba luz por la abertura vertical de la cúpula. Volví a encender el candil, y abandoné meditabundo el templo. Una idea había empezado a formarse en mi mente. En mi carromato, recogí una azafea y el Mapamundi de Eratóstenes de Cirene. Y con todo esto en una bolsa de cuero, regresé al primer templo.
El anciano que acompañaba a Alejandro en el carro parecía mirarme divertido ante mi incapacidad para resolver el enigma. La fluctuante luz de mi candil parecía animar muecas burlonas en su venerable rostro. El astrolabio seguía en sus manos maravillosamente esbozado. Me acerqué a él, y lo iluminé con cuidado.
La esfera celeste estaba allí perfectamente representada en dos dimensiones, tomando como centro de proyección el Polo Sur: Tres círculos concéntricos representaban la proyección del trópico de Capricornio -el más externo-, el Ecuador -el círculo intermedio-, y el trópico de Cáncer -el círculo interno-; la proyección del cénit del lugar de observación y, en torno a él, una red de almucantarates o círculos de altura que llegaban hasta la proyección del horizonte. Y la araña o red, es decir, la proyección de la eclíptica que surgía como un círculo excéntrico con respecto al centro del instrumento, y la de una serie de estrellas importantes; esto giraba en torno al centro de la lámina permitiendo poner el instrumento en posición. Para hacerlo, el astrónomo, debía simplemente observar la altura de una estrella que estuviese representada en la red y hacerla girar ésta hasta que el almucantarat correspondiente coincida con la proyección de la estrella. Todo esto estaba representado en el fresco con finos y precisos trazos; el desconocido artista debía de ser también un experto conocedor del astrolabio, pensé, y en ese momento hubo algo en el dibujo que llamó poderosamente mi atención.
Extrañado me alejé un poco de la pintura, y miré a través de la abertura cenital de la cúpula. Apagué el candil, y observé detenidamente las estrellas, brillando silenciosas y majestuosas a través del orificio circular.
– ¡Dios mío! -musité en la casi absoluta oscuridad que me rodeaba.
Tenía la respuesta. Era como si aquellos sacerdotes muertos que me rodeaban me la hubieran susurrado al oído; como si el desconocido, y lejano en el tiempo, artista que había pintado aquellos frescos me hubiera dejado un mensaje a través de los siglos.
Encendí nuevamente la luz y volví a acercarme a los frescos pintados en el muro. No había duda; la disposición del horizonte del astrolabio no se correspondía con la latitud en la que nos encontrábamos.
En un astrolabio de proyección polar, el horizonte es un círculo y, por consiguiente, la lámina que representa éste sirve únicamente para una latitud determinada, y debe cambiarse por otra si quiere utilizarse el instrumento en otro lugar. Éste es el principal inconveniente del astrolabio estereográfico convencional; si el astrónomo desea trabajar con su instrumento en distintos lugares, o mientras viaja, se ve obligado a llevar consigo una serie de láminas intercambiables que representan el horizonte en diferentes latitudes. Por ese motivo utilizo una azafea de Azarquiel en lugar del clásico astrolabio.
Había traído conmigo uno de esos instrumentos, y lo saqué con presteza de la bolsa de cuero. En la azafea la proyección estereográfica se hace sobre el plano del coluro de los solsticios, tomando el punto vernal como centro de proyección. El ecuador, la eclíptica y el horizonte se proyectan como líneas rectas que pasan por el centro de la lámina. Una alidada móvil hace las veces de horizonte giratorio, que puede adaptarse a cualquier latitud. La hice coincidir entonces con la disposición del horizonte representado en el astrolabio del fresco, y esto me dio rápidamente la latitud en la que supuestamente se encontraba el anciano de la pintura. No era la nuestra, como ya había advertido, sino que estaba situado a varios grados al norte de nuestra posición.
Extendí en el suelo el Mapamundi de Eratóstenes, y tracé sobre él la línea de latitud que había obtenido. Si mi razonamiento había sido correcto hasta ese momento, sólo me faltaba determinar la longitud para conocer la situación exacta de la ciudad de la que partió Calínico; aquella ciudad en un «desierto de cristal».
¿El reino del Preste Juan?
Pero esto representaba una nueva dificultad.
Eratóstenes había adoptado el paralelo de referencia determinado por Dicearco, que pasaba por Tapsaco, no muy lejos del lugar donde ahora me encontraba, y que cortaba el meridiano de Alejandría; que iba desde Tule hasta Etiopía, pasando por Olbia, a la tramontana [22] del mar Negro, Lisimaquia, en los Dardanelos, la isla de Rodas, Alejandría, Siena y Meroe. Había estimado que la anchura total del mundo habitado, de Tule al país de los sembritas, era de 38.000 estadios, es decir, unas mil leguas. Esto ha demostrado ser bastante exacto; pero, por desgracia, no existe un método tan preciso para el cálculo de las longitudes. Se necesitaría un reloj de gran precisión, y algún sistema para confrontar la hora local de diferentes y distantes ciudades en un mismo momento. Lo cual, como es evidente, es imposible. Hay que atenerse, por tanto, a las evaluaciones forzosamente aproximadas de los marinos, comerciantes y… militares.
[22] «Norte».