La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El muchacho me miró como si me viera por primera vez. No contaría con más de dieciocho años. Sólo musitó una palabra: «piedad».
– ¿Era ésta tu ciudad? -le pregunté.
– Sí -susurró-. Rai…
– ¿Esta ciudad se llama Rai?
– Sí.
– ¿Qué ha pasado aquí?
– ¡Los demonios…! -dijo, con una expresión de su rostro tan intensa que Joanot y Jaume comprendieron lo que estaba diciendo a pesar de que hablaba en sarraïnesc.
– ¿A qué te refieres? -le pregunté-. ¿Has visto cosas sobrenaturales?
– Los demonios llegaron durante la noche -empezó a decir como en trance-… horribles, pequeños y oscuros… atacaron sin piedad y eran muchos, incontables… corriendo por las calles, sacando a las gentes de sus casas, degollando a niños y a mujeres… mataron a casi todo el mundo, y cortaron sus cabezas… las cabezas se amontonaban cubiertas por una nube de moscas… y el zumbido de las moscas… sólo unos pocos sobrevivimos, y fuimos atados unos a otros con tiras de cuero… los demonios nos llevaron con ellos al desierto… caminamos tras sus monturas, sin agua, con el cuero de las ligaduras cortando nuestras venas… caí y me levanté, una y otra vez… una y otra vez… y nos dirigimos hacia la torre de fuego… quemaba incluso en la distancia… los demonios arrojaron al fuego a aquellos de nosotros que parecían más débiles… me quitaron las correas… creían que estaba moribundo, pero sólo fingía… sólo fingía… corrí… escapé del demonio que me llevaba hacia el fuego… rodeé la torre de fuego… quemaba mi rostro y mis brazos… corrí… no miraba atrás… no sabía si me perseguían o no…
– ¿Escapaste de ellos?
Me miró, con una especie de triste orgullo.
– Sí, fui más listo que ellos. No pudieron cogerme…
– ¿Y qué hiciste?
– Regresé aquí, pero no quedaba nada vivo ya… sólo bandadas de cuervos que planeaban sobre esas horribles torres, y que se estaban dando un festín con los ojos… Un día, incluso los cuervos se marcharon, y quedé solo.
Apoyé una mano sobre su hombro, para tranquilizarlo, y traduje el relato de aquel desdichado a Joanot. Luego le pregunté por su nombre, y él me dijo que era Alí Ahmed.
– Ya no estás solo, Ahmed -le dije.
4
Ahmed fue de gran ayuda para nosotros, pues nos indicó el lugar donde estaba el único pozo potable que quedaba en toda la ciudad. El resto había sido emponzoñado por aquellos demonios que habían arrojado camellos y ovejas muertas a su interior.
Con nuestras reservas de agua repletas, abandonamos aquella ciudad maldita y seguimos nuestro camino a través del desierto, cegados por aquella niebla oscura y maléfica; por lo que Joanot había dado orden de que nadie se separase mucho de sus camaradas y de que nadie se rezagase y durmiera solo en el camino, pues aquel paisaje de cambiantes dunas de arena hacía imposible toda orientación. Yo apenas lograba calcular aproximadamente nuestra posición por el lugar que ocupaba en el cielo el enturbiado resplandor del sol, por lo que debía ayudarme de un extraordinario artefacto proveniente también del remoto Oriente. Se trata de un imán cubierto de pequeñas asperezas rojizas, que atrae al hierro y se une a él, por eso es llamado vulgarmente «piedra que aspira el hierro»; pues bien, cuando se frota con el imán una pequeña aguja de hierro, ésta recibe la asombrosa propiedad de señalar el norte. Si se coloca esta punta sobre un pedazo de caña que flota sobre el agua, gira rápidamente para indicar dónde está el norte, la estrella polar; que era invisible en aquellas turbias noches.
En la oscuridad de esas terribles noches escuchábamos las voces de los demonios que llamaban a los hombres por sus nombres; de modo que algunos almogávares, pensando que alguien conocido les llamaba por estar en apuros, se alejaba del grupo a pesar de las órdenes de Joanot, y se perdía irremisiblemente. En otras ocasiones se escuchaba el sonido de instrumentos musicales, y de tambores.
Joanot me preguntó en una ocasión si entendía toda aquella magia.
– Hay una gran diferencia de calor entre el día y la noche en este desierto -le expliqué-. Las piedras se llenan de la esencia del calor, y gimen durante la noche mientras se enfrían. En el silencio y la oscuridad de la noche los hombres creen oír voces en el gemido de las rocas. Fíjate en toda esa arena; ¿de dónde crees que proviene?
– ¿Tú lo sabes? -Se encogió de hombros.
– Las rocas torturadas por el calor del día y el intenso frío de la noche, acaban por deshacerse en minúsculos granos de arena.
– ¿Siempre buscas una razón a todo? -me preguntó extrañado.
– Dios es la primera razón de todas las cosas -le aseguré-; pero se sirve de los mecanismos de la naturaleza para ejecutar sus obras. Dios es inmenso e impenetrable, pero los hombres podemos estudiar sus obras, más cercanas a nuestra naturaleza.
Alí Ahmed viajaba conmigo, en mi carromato. Su expresión y limpia mirada me recordaban intensamente a un joven musulmán que adquirí en el mercado de esclavos y que durante nueve años compartió casa conmigo, enseñándome su idioma y sus costumbres. Llegué a trabar una buena amistad con aquel hombre al que pronto consideré como un hijo más, aunque a menudo nuestras horas de estudios desembocaban en violentas discusiones religiosas, pues yo pretendía demostrarle, ensayando así los argumentos y razonamientos que alguna vez pensaba llevar a las tierras de sus correligionarios, los errores y falsedades de su fe.
En una ocasión, a altas horas de la noche, empezó una disputa entre nosotros que terminó cuando él me atacó con un cuchillo, hiriéndome en el brazo. Apenas vio correr la sangre, soltó asustado su arma y corrió a esconderse. Le denuncié a los alguaciles y esa misma noche fue encontrado y encerrado en una mazmorra.
A la mañana siguiente desperté con mi furia completamente diluida. Observé mi improvisado vendaje con una sonrisa conmiserativa y, tras vestirme y desayunar, me dirigí a la prisión para rescatar de ella a mi díscolo e impetuoso amigo.
Me entregaron su cuerpo.
Se había ahorcado esa misma noche, en la soledad de su celda, ante el temor de ser torturado y ajusticiado por las palabras que me había dicho en contra de nuestra fe.
Un día se disipó un poco la niebla y pudimos ver, brevemente, el sol por vez primera en muchas jornadas; era un sol vaporoso y grisáceo, que nos contemplaba como pudiera hacerlo un tigre enjaulado, pero que nos llenó de esperanza de que pronto terminara aquel desierto embrujado.
Estábamos acampando, a la caída de aquel día, cuando aparecieron, aparentemente salidos de la nada, cinco jinetes pequeños y oscuros, cabalgando unas monturas igualmente oscuras y diminutas, como caballos enanos, nerviosos y de patas muy cortas.
Al verlos, Alí Ahmed, palideció y su ánimo se descompuso. Vi cómo el terror controlaba nuevamente su cuerpo, y le llevaba a un estado lastimoso, cómo balbuceando como un niño asustado, corría a guarecerse en el interior de mi carromato.
Los cinco jinetes, avanzaron tranquilamente hasta nosotros, sin demostrar ningún temor ni preocupación, a pesar de nuestro elevado número y de ser ellos sólo cinco. Miré a lo lejos, tanto como pude, sospechando que si tal era su tranquilidad, eso significaba que podían haber muchos más de aquellos hombrecillos ocultos entre la bruma, esperando una señal de aquéllos para caer contra nosotros. Algunos almogávares tomaron sus armas nerviosos, y se interpusieron entre aquellos hombrecillos y Joanot de Curial; pero éste les ordenó que se apartaran. Sin inmutarse los cinco guerreros oscuros se plantaron frente a nuestro estandarte, no muy lejos del cual estábamos Joanot de Curial y yo. Los cinco vestían una especie de cota de malla de algún metal negro, y llevaban un casco que parecía hecho de cuero y latón y forrado de piel de oveja, que les cubría casi completamente los ojos. Lo poco que podía verse de su piel estaba tan sucia y cubierta de pelo que casi parecía negra, y unos mostachos negros y aceitosos se derramaban como babosas sobre sus labios marrones.
Sus pequeños caballos también estaban protegidos por una coraza de cuero entretejido con latón, que al parecer era muy ligera pues no impedía los movimientos rápidos y nerviosos del animal. Una horrible testera de cuero y huesos cubría casi completamente las cabezas de los caballos, en medio de las cuales brillaban unos ojillos malignos. Dos aljabas situadas a la grupa contenían flechas largas y cortas. Los guerreros llevaban un arco corto y sinuoso como una serpiente a la espalda, y de sus sillas de montar colgaban racimos de cráneos humanos, tan pequeños que debían de haber pertenecido a niños. Los cinco se habían parado en torno a nuestra Señera y la miraban con expresión entre divertida e interesada, y susurraban comentarios entre ellos como si los trescientos hombres que les rodeaban, cada vez más enfurecidos, no existieran en absoluto.
Quizá temiendo que los almogávares no iban a aguantar aquello durante mucho tiempo más, Joanot se adelantó y saludó a los cinco elevando su mano derecha a modo de bienvenida.
– Hombres de estas tierras -dijo Joanot de Curial-; venid en paz con nosotros, y aceptad nuestra comida y nuestra hospitalidad.
Ante las palabras de Joanot, los cinco dejaron de susurrar entre ellos en su extraña lengua gutural, y uno de ellos avanzó lentamente hacia el valenciano. Caminó hacia él con la misma naturalidad que hubiera empleado un hombre que usara sus piernas para desplazarse. Fue muy extraño, como si aquel hombre y su montura estuvieran unidos mentalmente, y los pensamientos de uno activaran las patas de la otra. Sentí, durante un instante, que me encontraba ante algún tipo de criatura sobrenatural, semejante en esencia a un centauro. ¿O eran aquéllos los míticos habitantes de las tierras de Gog y Magog, en cuyo territorio sin duda habíamos penetrado muchas jornadas atrás; de los que se decía que no tenían más de veintisiete pulgadas de altura, la cara redonda, y se les suponía cubiertos de vello y portadores de grandes orejas redondas y colgantes?