La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
– ¿Qué propones? -le preguntó entonces Joanot.
– Las gentes de esas tierras están acostumbradas al paso de grandes caravanas de comerciantes. Son algo común por esos caminos desde los tiempos de los antiguos romanos que establecieron la primera ruta con la remota India. Una caravana con trescientos comerciantes, perfectamente pertrechados para el camino, con sus carromatos, sus acémilas y sus camellos, no despertaría el mínimo interés entre aquellas gentes.
– No me seduce la idea de disfrazarme como un vulgar ladrón -dijo Ricard que también nos acompañaría-, y si es a los turcos a quien temes, no debes preocuparte, pues ya los hemos derrotado en repetidas y continuas ocasiones.
Intervine para sugerir que quizás encontráramos enemigos mucho más formidables que los turcos.
– ¿Qué quieres decir? -me preguntó Ricard, extrañado.
– Sólo que deberíamos tomar precauciones tal y como Sausi propone.
– Que así sea -dijo Roger dando por terminada la discusión.
Los rudos almogávares se despojaron de sus vestiduras de piel, y se cubrieron, entre risas y chanzas, con los ricos ropajes de seda y lino provenientes del saqueo de Filadelfia; ocultando, bajo aquellas túnicas bordadas, sus pesadas armas de acero.
Al separarnos, Roger nos dijo que tenía por muy cierto que ese levantamiento en Bulgaria había sido fingido por Andrónico, para tener alguna razón para sacar a los almogávares de Asia. No debíamos preocuparnos entonces por nada, excepto por encontrar las tierras del Preste Juan. Y dijo por último:
– Que piense que me callo y me someto.
Y no se habló más. Nos separamos del grueso de la tropa almogávar, y tomamos caminos divergentes. La extraña aventura hacia lugares perdidos se abría ante nosotros.
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1
El enorme espacio asiático nos absorbía como una esponja, nos empequeñecía y anulaba. La inmensidad quieta y serena de millas y millas serpenteantes por los duros y polvorientos caminos de aquella geografía atormentada.
Los turcos, avisados de nuestra fiereza y crueldad, abandonaban sus hogares y huían ante nuestro avance, sin presentar batalla, dejando tan sólo desolación a nuestro paso. Comarcas quemadas y cosechas arruinadas. El extraño mundo asiático parecía agazaparse, enarcar el lomo y contener la respiración en postura precursora de zarpazo.
Cruzamos así junto a una ciudad, apresuradamente abandonada por sus gentes, llamada Calmarin, que estaba situada a sólo siete leguas del monte Ararat, en cuya cima atracó Noé tras el Diluvio. La montaña Ararat era muy alta, y tenía sus cumbres nevadas y cubiertas de niebla; a sus pies se extendía una gran llanura cruzada tan sólo por el río Corras, que nacía del deshielo de aquellas nieves y que fertilizaba aquellas tierras cuadriculadas de huertas de frutales, viñas y rosales. Calmarin había sido la primera ciudad edificada por el linaje de Noé, y había estado poblada desde entonces, hasta el día de la llegada de los catalanes.
Aquellas tierras nos recordarían durante muchos años.
Mi carromato era similar a una galera valenciana; es decir, tenía cuatro grandes ruedas atrás y dos de menor tamaño delante, sujetas a un eje móvil del que surgían las limoneras y que podía ser dirigido con ayuda de un pesado timón. Al abrigo de su lona, impermeabilizada con brea, había establecido mi biblioteca ambulante y mi sala cartográfica. Pasaba los días en su interior, consultando los mapas y leyendo los libros; ajeno por completo al desolado paisaje que nos rodeaba, donde no se podía percibir más movimiento que el de las nubes y el paseo de sus sombras.
Apenas intercambié unas pocas palabras durante el viaje. Me deslizaba como un espectro entre aquellos rudos hombres, presenciaba sus juegos de dados, sus danzas y sus peleas, sin implicarme jamás en ninguna de estas actividades. Me sentía tan distanciado de los almogávares que su presencia me afectaba menos que viejas historias que hubiera leído hacía mucho tiempo.
Ricard, Fabra, Jaume, Pero, Ferrán, Guillem… eran nombres que, en aquellos momentos, nada significaban para mí; pero en un futuro cercano vería morir a muchos de aquellos almogávares, alguno incluso cambiaría su vida por la mía, y yo lamentaría no haber aprovechado aquellas jornadas tranquilas, las últimas que viviríamos en nuestro camino, para conocerlos mejor.
Pero de quien sí deseaba saber más era de su joven líder; Joanot de Curial, y en una ocasión le invité a mi carromato donde le mostré los mapas y las cartas que nos guiarían en nuestro viaje. Muchos de los libros que llevaba provenían de los estantes de la Sala Armilar. Entre los mapas que consultaba para establecer nuestra ruta estaban las Estaciones de Partia, opúsculo redactado por Isidoro de Cárax; el Itinerario Antonino, o la Peregrinación de Eteria; así como la antigua Geografía de Estrabón, o la famosa Guía geográfica de Tolomeo. Acompañado todo esto por cartas de rutas, muy útiles, desarrolladas en longitud sin preocuparse de la configuración de las tierras, de modo que formaban una banda plegable que podía ser guardada en el bolsillo o en un saco de viaje. Todo lo cual fue observado por Joanot con detenimiento, dando muestras de una gran curiosidad e inteligencia y formulando multitud de preguntas.
Yo también sentía curiosidad por conocer con detalle las circunstancias en las que Roger y él se habían conocido.
La familia de Joanot pertenecía a la pequeña nobleza valenciana, beneficiada con un señorío en la comarca de L'Horta, concedido por el propio Jaume I como pago de servicios de conquista. Joanot de Curial, nacido de la primera generación de valencianos auténticos tras el repoblament, se sentía como tal, y había ganado fama de caballero noble y valeroso en las cruzadas. Había participado en la desesperada defensa final de Acre, antes de que el beauseant [21] cayera en manos de los sarracenos. Como ya he dicho, fue allí donde Roger salvó su vida y se convirtió para siempre en su amigo.
Poco después fray sargento (Roger), caería en desgracia y fue el propio Gran Maestre del Temple, Monecho Gardini, quien lo denunció ante el papa Nicolás IV, que mandó prenderle para que bajo tortura revelara el paradero del tesoro de los templarios. Pero Joanot logró liberarle, y juntos huyeron de la fortaleza del Temple en Marsella, donde Roger había sido retenido por la guardia pontificia.
– Nuestra huida nos llevó hasta Génova -dijo Joanot-, donde ambos entramos al servicio de la familia Doria.
– ¿Qué hiciste para liberar a Roger de su prisión?
El valenciano sonrió maliciosamente, y dijo:
– El destino fue mi aliado.
Según Joanot me explicó, la inesperada muerte de Nicolás IV provocó un estado de confusión tal que él supo muy bien aprovechar; y se presentó en la fortaleza de Marsella con una falsa orden de libertad para el extemplario.
– Roger de Flor me fue entregado amablemente por sus propios guardias -dijo.
Yo me sentí bastante turbado por esta narración, que me llevó a meditar sobre lo complejo que es el destino de los hombres; porque estos hechos sucedieron en la primavera del año de Nuestro Señor de mil doscientos noventa y dos. Yo me había entrevistado entonces con el Santo Padre, a quien había logrado convencer de mi idea de recobrar Tierra Santa con la fuerza de la razón, y no por la razón de la fuerza. La reciente toma de Acre por los sarracenos señalaba el fin del último bastión cristiano en Tierra Santa y demostraba nuestra incapacidad para imponernos por las armas a los infieles. Mi propuesta de una nueva cruzada, armados únicamente con ideas y no con acero, recobró entonces nueva fuerza, y el Papa parecía dispuesto a apoyarla firmemente. Pero murió antes de que pudiera llevarse a cabo mi proyecto de creación de misiones en Tierra Santa. De modo que, lo que para mí supuso una terrible desgracia, la muerte del Pontífice, resultó ser la providencial salvación para Roger de Flor.
Nuestro viaje continuó sin incidentes, y tras cuatro semanas de marcha llegamos al lugar del que Sausi me había hablado; el templo de adoradores de demonios cercano a Sumatar, a sólo una jornada al cauro de la bíblica ciudad de Harrán.
Un grupo de siete edificios de piedra en ruinas parecían contemplarnos como centinelas petrificados. Un impresionante silencio había caído sobre las tropas catalanas ante la presencia de aquellas moles polvorientas, dispuestas en semicírculo a intervalos irregulares alrededor de un montículo central. Eran de varias formas: uno redondo; otro, cuadrado; un tercero, redondo sobre una base cuadrada. Al norte del montículo central, y a cierta distancia, se levantaba la gigantesca estatua de piedra sin cabeza de un hombre, vestido con una especie de toga que le llegaba a las rodillas. El viento, al levantar remolinos de polvo en torno a la estatua, pareció animar momentáneamente los pliegues pétreos de sus ropajes. Creo que todos nos estremecimos.
– ¿Es este lugar? -le susurré a Sausi Crisanislao, y él respondió afirmativamente.
Se escuchó entonces la poderosa voz de Joanot de Curial, imponiéndose al silencio; advirtiendo a los almogávares de que estábamos en territorio enemigo y ordenándoles disponer un campamento defensivo. Los guerreros disfrazados de comerciantes se pusieron inmediatamente al trabajo y la desolada llanura sobre la que se levantaban aquellos extraños edificios se llenó inmediatamente de los bulliciosos sonidos y el caos de los almogávares trabajando.
[21] «Beau Seant», la bandera blanca y negra de los templarios, depositaría del honor de la orden.