Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Las Baladas Del Ajo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 87
Перейти на страницу:

La anciana levantó la mirada y gritó histéricamente:

– Adelante, cósela. Pequeña hija de puta, nadie debería ser tan despiadado a tu edad. ¡Si sigues así, no tendrás un hijo ni de un idiota!

Mientras sus compañeros se morían de risa, la mujer policía trató de volver a darle una patada, pero el hombre llamado Zheng la detuvo.

Gao Yang conocía a la mujer que lloraba y armaba todo ese jaleo: era Cuarta Tía Fang. Ella no se había dado cuenta de que sus manos estaban atadas hasta que trató de limpiarse las lágrimas y la vista de las brillantes esposas hizo que volviera a estallar.

– Camaradas -metió baza Zhu-, todo esto nos ha dado un montón de problemas. Vamos a comer algo.

El recadero del restaurante local se dirigió a la comisaría en su bicicleta, agarrando una cesta de comida con una mano y unas cuantas botellas de cerveza con la otra, y dejó que la bicicleta girara por sí sola. Se detuvo en una parada que había en la puerta y se bajó de la bicicleta con la comida y la cerveza.

– No cabe duda de que ese chico sabe montar en ese cacharro -dijo Zheng.

Bigotes Zhu se giró para saludar al chico de los recados.

– ¿Por qué has tardado tanto?

– Hoy hay muchas fiestas. Sólo en las oficinas municipales hay cinco, además de una en la cooperativa de abastecimiento y comercio, una en el banco y otra en el hospital. No he dado abasto aquí, por no hablar de las aldeas que hay cerca de la ciudad.

– Menuda mina de oro tenéis montada -dijo Zhu.

– Tal vez para el jefe, pero lo que es yo, no he parado de pedalear y no me va a dar un céntimo más de lo que gano ahora -dijo mientras abría la cesta de comida, que estaba llena de carne, pescado y aves. Los aromas incitantes que emanaban de ella hicieron que Gao Yang empezara a salivar.

– Vuelve a poner la tapa en su sitio hasta que arregle un poco la habitación -dijo Zhu.

– Date prisa, porque todavía tengo que ir a casa del secretario Wang, en la Aldea Norte. Llamó para preguntar dónde estaba su pedido.

– Encuentra una habitación vacía para los prisioneros -dijo Zheng.

– ¿Dónde se supone que voy a encontrar una habitación vacía? -preguntó Zhu.

– Mé-mételos en el camión -sugirió entonces el policía tartamudo.

– ¿Quién se hará responsable si se escapan?

– Espósalos a un árbol -dijo Cabeza de Tambor-. De ese modo, también estarán un poco a la sombra.

– ¡Vamos, levantaos! -ordenó uno de los policías a los prisioneros.

Gao Yang fue el primero en incorporarse, seguido por el joven con cara de caballo. Cuarta Tía Fang permaneció en el suelo, llorando.

– No pienso levantarme. Si voy a morir, lo haré con un tejado sobre mi cabeza…

– Señora Fang -dijo Zheng-, si te sigues comportando así, tendremos que emplear la fuerza.

– ¿Y qué? -gritó-. ¿Qué vais a hacer, golpearme hasta la muerte?

– No, no voy a golpearte hasta la muerte -replicó Zheng con desdén-, pero si te niegas a obedecer las órdenes y decides armar alboroto, tengo todo el derecho a utilizar la fuerza. Puede que no sepas cómo te hace sentir la electricidad, pero tu segundo hijo lo sabe muy bien.

Zheng sacó de su cinturón una porra eléctrica y la agitó delante de ella.

– Si no te pones de pie cuando cuente hasta tres, vas a probar de esto. Uno…

– Adelante, hazme probar un poco. ¡Cerdo!

– Dos…

– ¡Vamos, dame con eso!

– ¡Tres! -gritó Zheng mientras colocaba la porra debajo de la nariz de Fang. Ésta lanzó un grito y rodó por el suelo antes de ponerse de pie.

Mientras el otro policía reía, el que se llamaba Guo señaló al hombre con cara de caballo.

– Este hijo de puta se encuentra en su propio mundo -dijo-. Ni siquiera le perturba una sacudida eléctrica.

– Estás de broma -replicó Zheng,

– Si no me crees, pruébalo.

Zheng apretó el botón que encendía ra porra y que lanzaba chispas verdes de electricidad.

– No te creo -dijo, tocando el cuello del joven.

No se produjo ni una contracción nerviosa, sólo una sonrisa desdeñosa.

– Qué extraño -se maravilló Zheng-. A lo mejor está estropeada.

– Sólo hay una forma segura de averiguarlo -sugirió Gao.

– Imposible -masculló Zheng, y luego tocó su propio cuello con ella, lanzando un agudo chillido mientras dejaba caer la porra. Sujetándose la cabeza con las manos, se derrumbó en el suelo.

El otro policía se echó a reír.

– Eso es lo que llamamos probar la ley con el legislador -comentó Gao sarcásticamente.

Caminaron aproximadamente cincuenta pasos por el amplio patio del complejo. Gao Yang iba conducido por el policía tartamudo, el joven con cara de caballo estaba custodiado por uno de los policías jóvenes y Cuarta Tía Fang iba arrastrada por Zheng y la mujer policía. El camino conducía a la carretera provincial, a cuyos lados se extendía una docena de elevados álamos, cada uno de ellos tan grande y redondo como una bañera.

Les quitaron las esposas y empujaron a los prisioneros contra los árboles, con los brazos doblados hacia atrás alrededor de los troncos, de tal modo que su escolta policial pudiera ponerles las esposas.

– ¡Ah! ¡Maldita sea, me estás rompiendo los brazos! -se quejó Cuarta Tía Fang.

– Li-limítate a quedarte en el lugar seguro -dijo el tartamudo a Song Anni, la mujer policía.

Su respuesta fue un perezoso bostezo.

Todos los policías volvieron al interior de la comisaría para disfrutar de la comida y de la cerveza, ahora que sus prisioneros estaban atados a los árboles; pero éstos enseguida resbalaron por los troncos hasta que acabaron sentados en el suelo, con los brazos doblados a su espalda.

La sombra seguía virando hacia el este, hasta que los últimos rayos de sol de la tarde incidieron directamente sobre los prisioneros. Las cosas se habían puesto feas para Gao Yang, que sentía como si los brazos le fueran a la deriva, dejándole una sensación ardiente en los hombros. El joven con cara de caballo que había junto a él estaba vomitando escandalosamente. Gao Yang se giró para mirarle.

La cabeza caída al final del largo cuello del joven le obligaba a enderezar los omóplatos. Su pecho palpitaba con violencia y el suelo estaba cubierto de una sustancia pegajosa y desagradable, una mezcla de rojo y blanco; las moscas salieron de las letrinas y revolotearon por encima de él. Gao Yang giró la cabeza mientras sentía cómo su estómago se contraía y un torrente de aire se precipitaba ruidosamente por su garganta. Su boca se abrió de par en par y emanó un líquido amarillo.

La desconsolada Cuarta Tía, que se encontraba a su izquierda, comenzó a hipar y ahora incluso sus llantos habían empezado a remitir. ¿Estaba muerta? Alarmado por este pensamiento, se giró para mirarla. No, no estaba muerta. Estaba tratando de recuperar la respiración y, si sus brazos no estuvieran atados con tanta tuerza por detrás de su espalda, se habría derrumbado boca abajo sobre el suelo. Había perdido uno de los zapatos y mostraba un pie oscuro y afilado, extendido hacia un lado, donde las hormigas se arremolinaban a su alrededor. Su cabeza no tocaba el suelo, aunque sí lo hacía su pelo gris.

No estoy llorando, murmuró Gao Yang para sus adentros. No estoy llorando.

Haciendo acopio de toda su energía, se puso de pie y apretó la espalda contra el tronco con toda la fuerza que pudo, para poder quitar algo de presión en sus brazos. Song Anni, la mujer policía, apareció para inspeccionar la escena. Se había quitado la gorra, alisando su espeso cabello negro, pero no se quitó las galas de sol mientras se limpiaba sus labios húmedos y brillantes con un pañuelo que rápidamente cubrió su boca al contemplar el vómito que había dejado el joven con cara de caballo.

– j Va todo bien por aquí? -preguntó con voz apagada.

A Gao Yang no le apetecía responder y Cuarta Tía era incapaz de hacerlo, así que todo estaba en manos del joven con cara de caballo.

1 ... 9 10 11 12 13 14 15 16 17 ... 87
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)