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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– ¡Dejadme marchar! -gritó-. ¡Dejadme marchar!

Cabeza de Tambor le agarró inmovilizándole la cabeza para evitar que se hiciera daño mientras su compañero rodeaba el árbol para quitarle las esposas.

– Ga-Gao Yang -dijo el tartamudo-, no intentes hacer ninguna tontería.

Pero en cuanto sintió que tenía las manos libres, comenzó a revelarse -arañando, pateando y mordiendo- y le hizo heridas que sangraban en el rostro del tartamudo. Mientras se liberaba de la llave que le habían hecho en la cabeza y se giraba para correr hacia el pequeño punto rojo, un rayo de luz pasó ante sus ojos, luego una lluvia de chispas verdes y advirtió débilmente que en la mano del policía había algo espeluznante que emitía chispas de aquel color verde en cuanto tocó su pecho. Los alfileres agujerearon su cuerpo. Lanzó un grito, crispándose por la agonía, y se derrumbó en el suelo.

Lo primero que advirtió después de recuperar la consciencia fue las esposas brillantes que tenía atadas alrededor de las muñecas y que se le clavaban profundamente en la carne, a punto de cortársela hasta llegar al hueso. Se encontraba demasiado conmocionado como para recordar dónde estaba. El policía tartamudo agitó aquel terrible objeto delante de él.

– Empieza a caminar -dijo severamente-. ¡Y no vuelvas a hacer tonterías!

Ascendió sumisamente el banco de arena detrás de Cabeza de Tambor en dirección al bosque de sauces. Luego giraron y atravesaron el lecho seco del río, donde la fina arena aguijoneaba su tobillo dañado y le quemaba las plantas de los pies.

Caminaba cojo, con el policía tartamudo justo a sus espaldas. Los gemidos de Xinghua, que procedían del bosque de acacias, eran como un imán que le hacía volver la cabeza hacia ella. El tartamudo le golpeó con aquel terrible objeto y un escalofrío le recorrió toda la espalda. Escondió el cuello entre los hombros; con la carne de gallina, se preparó para ese terrible dolor que sabía que estaba a punto de recibir. Pero, en lugar de ello, sólo oyó una orden.

– ¡Sigue caminando!

Mientras avanzaba, la imagen de aquel objeto en la mano del policía hizo que se olvidara de los gemidos de su hija y entonces se dio cuenta de lo que era: una de esas porras eléctricas de las que habla la gente. El escalofrío que recorrió toda su espalda le penetró en el tuétano de los huesos.

Después de abrirse paso a través de otra arboleda, atravesaron un segundo banco y aparecieron en un campo abierto de unos cincuenta metros de longitud que, a su vez, conducía a una carretera asfaltada. Los policías introdujeron a Gao Yang en el recinto del gobierno municipal, donde Bigotes Zhu, un miembro de la subestación de policía, se precipitó a felicitar a Cabeza de Tambor y a su tartamudo compañero por el magnífico trabajo que habían hecho.

El corazón de Gao Yang se llenó de esperanza al ver un rostro familiar.

– Viejo Zhu -dijo-, ¿a dónde me llevan?

– A un lugar donde no se necesitan cartillas de racionamiento para comer.

– Por favor, diles que me dejen marchar. Mi esposa acaba de tener un bebé.

– ¿Y qué? Todos somos iguales ante la ley.

Invadido por el abatimiento, Gao Yang dejó caer la cabeza.

– ¿Ya han vuelto Guo y Zheng? -preguntó Cabeza de Tambor.

– Guo está aquí, pero Zheng todavía no ha regresado -respondió Zhu.

– ¿Dónde ponemos al prisionero? -preguntó Cabeza de Tambor.

– Enciérralo en la oficina -dijo Zhu, dirigiéndose hacia ella, seguido por Gao Yang y su escolta policial.

Lo primero que vio mientras le introducían en la comisaría fue a un joven con cara de caballo esposado que yacía enroscado en el suelo contra la pared. Era evidente que le habían dado una buena paliza, porque tenía el ojo amoratado, y la hinchazón hacía que estuviera prácticamente cerrado. Una luz heladora emergía a través de la abertura, mientras el ojo derecho, que permanecía intacto, desprendía una mirada llena de patética desesperación. Dos jóvenes y apuestos policías estaban sentados en un banco de madera fumando cigarrillos.

Empujaron a Gao Yang contra la pared, junto al joven con cara de caballo, y mientras ambos se escrutaban mutuamente, el otro hombre torció la boca y asintió con la cabeza significativamente. Gao Yang estaba seguro de que conocía de algo a aquel tipo, pero no era capaz de recordarlo. ¡Maldita sea!, se lamentó. ¡Aquel cacharro ha debido freírme el cerebro!

Los cuatro policías estaban hablando: con un hijo de puta como ése tienes que golpear primero y preguntar después. Vive en su propio mundo, sin importarle todo lo que haya a su alrededor. Ese hijo de puta de Gao Ma saltó por una tapia y se escapó. Vosotros dos, idiotas, volved y colocad un cartel de Se busca. ¿Por qué el viejo Zheng y Song Anni no han vuelto todavía? Tenían la tarea más fácil. Esa vieja dama tiene un par de hijos. Aquí vienen el viejo Zheng y Anni.

Escuchó el largo y prolongado llanto de una mujer y, según advirtió, alguien más lloraba en la sala. El joven policía llamado Guo tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el talón.

– Que se vayan al infierno las mujeres -murmuró con desdén-. Lo único que saben hacer es llorar y volverte loco. Trae acá a nuestro joven héroe.

Luego dijo señalando con la barbilla al joven con cara de caballo:

– No podrías sacarle una lágrima aunque le pusieras una nava ja en el cuello.

El joven con cara de caballo replicó ruidosamente:

– ¿Llo-llo-llorar por tipos como tú?

Durante un instante, los policías se quedaron mudos de asombro antes de echarse a reír. Cabeza de Tambor se dirigió a su compañero:

– ¡Por lo que parece, Kong, compañero, te-te-tenemos aquí a tu hermano!

Eso no le sentó demasiado bien al tartamudo.

– ¡Que-que te den por el culo, Tambor, viejo camarada! -replicó.

El problema en el habla del joven con cara de caballo avivó los recuerdos de Gao Yang. Fue el exaltado que destrozó el teléfono del administrador.

Los dos oficiales de policía -un hombre y una mujer- entraron en la sala empujando a una mujer anciana que llevaba el pelo alborotado. En cuanto consiguieron que se sentara en el suelo, ésta comenzó a golpearlo con los puños y a gritar entre sollozos.

– Dios mío, Dios mío… Estoy condenada, Dios mío… Mi propio marido, cómo me ha podido hacer esto, dejándome aquí, completamente sola. Baja y llévame contigo dondequiera que estés, Dios mío…

La mujer policía, que apenas había cumplido los veinte años, llevaba el pelo corto, tenía grandes ojos y largas pestañas -una joven muy hermosa cuyo rostro ovalado estaba encendido por el calor-.

– ¡Deja de gritar! -espetó.

El ceño fruncido de su rostro asustó a Gao Yang, que nunca antes había visto una ferocidad así en una mujer. Llevaba unos zapatos de punta marrones hechos de cuero, tacones altos y de su cinturón colgaba una pistola enfundada. Miró con el ceño fruncido para mostrar el desagrado que le producía ser escudriñada tan minuciosamente. Gao Yang bajó la cabeza y, en el momento en el que la volvió a subir, vio un par de gafas de sol de espejo ocultando los ojos de la mujer policía, que estaba pateando a la anciana en el suelo.

– ¿Todavía estás llorando? ¡Astuta perra vieja, anciana contrarrevolucionaria!

La anciana gritó de dolor.

– Ah, mujer de corazón cruel, me… me estás haciendo daño.

Uno de los jóvenes policías se tapó la boca y rió disimuladamente.

– Parece, Song -se burló-, que has conseguido herirla.

La mujer policía se sonrojó y le escupió.

La anciana todavía estaba sollozando.

– Tía Fang -dijo Bigotes Zhu-, reprímete. Tarde o temprano, tendrás que afrontar las consecuencias de tus hechos y llorar no va a ayudarte.

– Si no paras -amenazó la mujer policía-, voy a coserte la boca para que la mantengas cerrada.

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