Apuesta Segura
- Автор: Чайлд Морин
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Apuesta Segura». Краткое содержание книги:
Parecía como si hubiese estado evitando las llamadas de Maura Donohue, aunque no era así. De hecho, no podía olvidar la noche de pasión que habían compartido. Estaba dispuesto a organizar una boda digna de una reina para la futura mamá.
Pero Maura no quería un matrimonio sin amor… y Jefferson no pensaba ceder en ese punto.
Maura respiró profundamente y después soltó el aire, despacio.
– Cuando nos acostamos juntos ninguno de los dos pensó que sería algo permanente, ya lo sé. Fue un momento de locura… criar a un hijo es mucho más que eso.
– Esa noche fue algo más que un momento de locura y tú lo sabes.
– Sí, es verdad -asintió ella-. Sentíamos afecto el uno por el otro, pero el afecto no es amor.
Jefferson no podía darle lo que ella quería. Había amado una vez y cuando todo terminó había jurado que no volvería a amar a nadie. Sentía algo por Maura, pero no era amor. Había estado enamorado una vez y lo que sentía ahora en el pecho, apretando su corazón, no se parecía nada.
– No hay nada malo en que sintamos afecto el uno por el otro. Muchos matrimonios empiezan con menos.
– El mío no -contestó ella, mirándolo a los ojos-. Tú has cumplido con tu obligación, Jefferson King. Ahora puedes volver a tu vida sabiendo que has hecho lo que debías. Pero te lo digo desde ahora: no voy a casarme contigo.
Ocho
Dos días después, Maura se sentía como un animal enjaulado. Seguía llevando la granja como siempre, pero bajo el ojo vigilante de Jefferson King, que estaba en todas partes. No había tenido un momento para sí misma desde que llegó durante la última tormenta. Si salía de la casa, allí estaba. Si iba a darle de comer a los corderos, él aparecía para echar una mano. Si iba al pueblo, Jefferson iba con ella. Había llegado a un punto en el que casi lo esperaba. Maldito fuera, seguramente eso era lo que había planeado que ocurriera.
Aunque había hablado con los vecinos de Craic y de nuevo todos lo habían recibido con los brazos abiertos, Jefferson seguía en el trailer, aparcado frente a su casa. No volvió al hostal ni buscó un cómodo hotel. Oh, no. Se quedó en el trailer para decirle cómo iba a ser su futuro, le gustase a ella o no.
– ¿Qué clase de mundo es éste en el que una mujer tiene que salir a escondidas de su casa? -murmuró para sí misma mientras cerraba la puerta de atrás sin hacer ruido. Lo único que quería era estar sola para poder pensar, para compadecerse de sí misma, para llorar en privado. ¿Eso era tanto pedir?
Estar con Jefferson la dejaba agotada. El esfuerzo que tenía que hacer para disimular lo que sentía por él parecía estrangularla. ¿Pero cómo podía profesarle amor a un hombre que pensaba que «el afecto» era base suficiente para un matrimonio?
Haciéndole una seña a King, se dirigió a los pastos y el perro la siguió, persiguiendo su imaginación y a los conejos que siempre esperaba encontrar por el camino.
Maura tuvo que sonreír. Lo había logrado, había conseguido salir de la casa sin que Jefferson la siguiera. Hacía un buen día, aunque sabía que el buen tiempo no podía durar. Pero mientras durase quería estar fuera, disfrutando del sol y de la brisa que movía su pelo. Y mientras paseaba se preguntó a sí misma si podría irse de allí, dejar de ver aquellas colinas y los campos, las cercas de piedra y los árboles retorcidos por el viento. ¿Podría marcharse?
Si Jefferson hablase en serio, si hubiera amor en esa proposición en lugar de simple sentido del deber, ¿podría vender la granja y mudarse a miles de kilómetros de allí, dejar atrás la belleza de esos prados por una ciudad abarrotada de gente a la que no conocía?
La respuesta era, por supuesto, sí. Por amor lo habría intentado al menos. Podría no vender la granja sino alquilarla a algún vecino y así podría ir a visitarla… aunque la idea de marcharse le rompía el corazón. Pero sí. Por amor hubiera hecho ese esfuerzo.Por afecto, no.
– ¿Te encuentras bien? -oyó una voz demasiado familiar detrás de ella.
Maura suspiró. Al final, no había logrado escapar. No se volvió, no aminoró el paso, se limitó a gritarle:
– ¡Estoy bien, como cuando me hiciste esa misma pregunta hace una hora!
Jefferson llegó a su lado un segundo después y, caminando a su paso, metió las manos en los bolsillos del pantalón y levantó la cabeza para sentir el sol en la cara.
– Es estupendo ver el sol por una vez.
– La primavera es una época muy tormentosa -dijo ella, intentando controlar los latidos de su corazón. No era sólo su constante presencia lo que la hacía sentir atrapada, sino su propio cuerpo, la reacción de su corazón lo que la tenía tan alterada.
Estar cerca de Jefferson encendía su sangre. El olor de su piel, su voz, su proximidad, todo eso combinado hacía que lo deseara como no sabía que podía desear a alguien.
– ¿Dónde vas?
– A dar un paseo hasta las ruinas.
– Eso son por lo menos dos kilómetros.
– Por lo menos -asintió ella-. Estoy acostumbrada al ejercicio, Jefferson. Y no necesito un guardaespaldas.
Él sonrió entonces.
– Pero a mí me gusta estar contigo.
Maura se puso colorada sin poder evitarlo. Y su corazón, naturalmente, empezó a hacer ese ridículo baile… seguramente serían las hormonas, se dijo. Había oído que las mujeres embarazadas estaban más emotivas que nunca, así que no era enteramente culpa suya desear que la tomara entre sus brazos, que la tumbase sobre la fragante hierba y…
Maura sacudió la cabeza. No, no era culpa suya en absoluto.
– ¿No deberías estar trabajando con tu gente?
– El director sabe lo que hace y a mí no me gusta meterme en los asuntos de los demás.
– Pero te encuentras muy cómodo metiéndote en mis asuntos -le recordó ella.
– Tú no estás trabajando, estás dando un paseo.
– Eres un hombre imposible, Jefferson King.
– Eso me han dicho -Jefferson se inclinó para cortar un narciso que crecía al borde del camino y se lo ofreció con una sonrisa.
Encantada a pesar de sí misma, Maura lo aceptó y empezó a jugar con él entre los dedos.
– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Irlanda?
– ¿Ya quieres que me vaya?
No, pero no se lo dijo.
– No tienes por qué quedarte.
– Yo diría que sí -Jefferson se detuvo para tomarla del brazo y mirar su abdomen.
No se notaba el embarazo porque llevaba un jersey grueso, pero Maura notó esa mirada posesiva y… le gustó. A una parte elemental de su alma le encantaba que la mirase así.
Pero aun admitiéndolo, también debía admitir que no significaba nada. Estaba preocupado por ella y por el niño, pero no los quería. El deseo sin amor era una cosa vacía de la que ella no quería saber nada. Especialmente ahora que tenía que pensar en otra persona.
– ¿No tienes mundos que comprar, películas que rodar, gente a la que gobernar?
Él sonrió y ese gesto fue otro golpe para una mujer cuyas emociones estaban ya ligeramente descontroladas.
– He estado trabajando.
– ¿En el trailer?
– Con la tecnología que hay ahora podría trabajar desde una tienda de campaña en el desierto. Lo único que necesito es un ordenador, una conexión a Internet y un fax… que voy a comprar hoy en Westport. No te importará que me conecte desde tu casa, ¿verdad?
– No sé si es buena idea…
– Gracias -dijo Jefferson, como si no la hubiese oído.
Ella murmuró algo entre dientes. Se daba cuenta de lo que estaba haciendo y, aunque no tenía intención de ser nada más que un problema que Jefferson King debía resolver, en el fondo se alegraba de que tuviera que esforzarse tanto para persuadirla.
– ¿Cómo se escapó el toro?
– Ah, te has enterado.
– Davy Simpson sigue contando la historia. Y cada vez que la cuenta, él corría un poco más rápido y el toro era un poco más grande.
Maura soltó una carcajada.
– Porque es irlandés. Nos encanta que la gente cuente historias.
– Ya, bueno. El toro, Maura. ¿Lo soltaste tú?