Apuesta Segura
- Автор: Чайлд Морин
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Apuesta Segura». Краткое содержание книги:
Parecía como si hubiese estado evitando las llamadas de Maura Donohue, aunque no era así. De hecho, no podía olvidar la noche de pasión que habían compartido. Estaba dispuesto a organizar una boda digna de una reina para la futura mamá.
Pero Maura no quería un matrimonio sin amor… y Jefferson no pensaba ceder en ese punto.
– ¡Claro que no! -exclamo ella. Podría haberlo pensado, pero nunca lo hubiera hecho. En realidad, se había quedado horrorizada cuando el toro escapó-. No, en serio, fue un accidente. Tim Daley vino a ayudarme ese día… Tim tiene dieciséis años y no deja de pensar en Noreen Muldoon.
– Ah, yo sé lo que es eso.
– ¿Qué?
– Nada, nada -sonrió Jefferson-, Sigue.
– No hay mucho que contar. Después de darle de comer, a Tim, que se pasa el día soñando con Noreen, se le olvidó cerrar la cerca y… -Maura se encogió de hombros-. Fue un accidente y, afortunadamente, no pasó nada. Pero tardé más de una hora en devolver el toro al corral.
– ¿Tú devolviste el toro al corral?
– ¿Quién si no? Es mi toro.
– Tu toro -repitió Jefferson, dejando caer la cabeza sobre el pecho.
– Y que escapase fue un error, aunque admito que las ovejas correteando por el decorado… no lo fue.
– No me sorprende.
– Estaba enfadada porque tú no me devolvías las llamadas.
– Y tenías razones para estar enfadada -admito él-. Pero ahora estás siendo cabezota sólo para fastidiarme.
Maura se detuvo de golpe, con los narcisos creciendo a su alrededor, el cielo azul con unas cuantas nubes navegando por él como barcos en un plácido océano. La brisa soplaba, moviendo la hierba y, en la distancia, King ladraba, encantado de la vida.
– ¿Eso es lo que crees? ¿De verdad crees te castigaría a ti, a mí y a nuestro hijo sólo por fastidiarte?
– ¿No lo harías?
– Si piensas eso es que no me conoces tan bien como crees, Jefferson. Estoy haciendo lo que me parece mejor para todos. No voy a ser una esposa por compasión.
– ¿Qué? ¿De dónde has sacado eso?
Maura sacudió la cabeza.
– Los dos sabemos que tú no estás interesado en casarte. Es el niño lo que te preocupa y eso dice mucho de ti, pero sólo quieres casarte conmigo porque crees que estoy en una «posición difícil».
– No es compasión, Maura, es preocupación. Por ti y por nuestro hijo.
– Da igual, no pienso irme de mi casa. No pienso convertirme en la clase de persona que tendría un sitio en tu mundo. ¿No te das cuenta de que no podría salir bien? -le preguntó Maura, poniendo una mano en su brazo-. Yo no tengo sitio en tu mundo como tú no lo tienes en el mío. En un año nos tiraríamos los trastos a la cabeza y eso sería horrible para nuestro hijo.
– Un gran discurso -dijo él, tomando su mano-. Pero es mentira y tú lo sabes. Esto no tiene nada que ver con Hollywood y tú sabes perfectamente que podrías ser feliz en cualquier sitio.
– Yo no…
Jefferson levantó una mano, para que lo dejase terminar.
– No quiero que mi hijo crezca sin mí, Maura. No quiero verlo una vez al mes o durante las vacaciones, así que no pienso irme de aquí. No voy a marcharme y será mejor que te acostumbres a la idea de verme por aquí.
– No valdrá de nada, no voy a cambiar de opinión.
– No estés tan segura -dijo él entonces-, y no digas nada de lo que tengas que arrepentirte después.
Maura lo miró, atónita.
– Tienes un ego del tamaño de la luna.
– Se llama seguridad en uno mismo, cariño -sonrió Jefferson-. Y la seguridad viene de conseguir siempre lo que quiero. Te aseguro que serás mía, Maura, te guste o no.
Irritada con él y furiosa consigo misma por la reacción de su cuerpo, que parecía haberse electrificado con sus palabras, Maura contestó:
– Serás engreído, petulante…
Jefferson cortó su diatriba con un beso que la dejó sin aliento e hizo que su corazón se volviera loco. Había pasado demasiado tiempo, demasiadas noches solitarias, demasiados sueños. De modo que se rindió a lo que tanto había echado de menos. Eso no significaba que hubiera cambiado de opinión, sólo que a veces, un poco de lo que uno quería era mejor que nada. Sin pensar, le echó los brazos al cuello y se entregó al beso, al calor de su cuerpo. Había añorado aquello, lo había soñado. Y ahora que estaba allí, le daba igual que empeorase la situación. Durante aquel breve instante quería estar en sus brazos.
Pero unos segundos después se apartaron, los dos mirando la curva de su abdomen.
– ¿Has sentido eso?
– He sentido… algo -Jefferson puso una mano en su abdomen y Maura la cubrió con la suya. Creía que era demasiado pronto para que el niño se moviera, pero el médico le había dicho que ocurriría cualquier día. Y había ocurrido.
Un aleteo y luego una especie de patadita, como si su niño quisiera hacer notar su presencia mientras su padre y su madre estaban a mano. Maura se había emocionado y, al mirar a Jefferson, vio que a él le pasaba lo mismo. Era magia, pura y simplemente. La vida que ellos habían creado. Qué regalo poder compartir aquel momento con Jefferson y qué triste que no pudieran compartir nada más.
– Ya no se mueve -dijo él-. ¿Por qué ha parado? ¿Ocurre algo? Deberíamos ir al médico…
– No pasa nada. Espera un momento… -Maura hablaba en voz baja, como si temiera que el niño la oyera y dejara de moverse.
– A lo mejor… ¡ahí está! -exclamó Jefferson.
Ella lo miró con los ojos empañados y vio que Jefferson sonreía como un bobo.
– Se ha movido.
– Sí, es verdad.
Aún encantada, tardó un segundo en darse cuenta de que la expresión de Jefferson había pasado de sorprendida a excitada y ahora… ahora la miraba con lo que parecía absoluta determinación.
– No voy a perder esto, Maura. Hazte a la idea -le dijo-. Ese niño es un King y crecerá como tal. Le guste a su madre o no.
– El problema -estaba diciendo Cara- es que estás llevando el asunto de una forma equivocada.
Jefferson asintió, mirando alrededor. El pub de Craic, lleno de gente, olía a cerveza, a leña de la chimenea y a lana mojada. Estaba lloviendo otra vez y la gente del pueblo se reunía allí para tomar una pinta con los amigos, escuchar música y salir de casa un rato. De modo que se veía rodeado por un grupo de gente que ahora, por lo visto, estaba de su lado. Saber que le había pedido a Maura que se casara con él y ella lo había rechazado los había hecho cambiar de actitud.
Pero recordar su rechazo hacía que se le encogiera el estómago. Ni una sola vez había imaginado que le diría que no. Aunque debería haber imaginado que, con Maura Donohue, siempre debía esperar lo inesperado.
– Maura siempre ha sido una chica muy cabezota -dijo Michael, pensativo.
– Tonterías -opinó Francés Boyle-, Es una chica fuerte y sabe lo que quiere.
– Claro que lo sabe -asintió Cara-, pero también es de las que toman una decisión y no hay quien la mueva, sea bueno para ella o no.
– Cierto -Michael sacudió tristemente la cabeza-. Pero es una mujer estupenda, digamos lo que digamos nosotros.
– Lo sé -suspiró Jefferson.
Aparentemente, todo el pueblo tenía una teoría sobre cómo debía manejar la situación. Aunque él no los estaba escuchando. ¿Desde cuándo necesitaba un King ayuda para conseguir a una mujer? ¿Desde ahora?, le preguntó una vocecita irónica.
Nunca había tenido que esforzarse tanto para salirse con la suya. Cuando se proponía conseguir algo lo conseguía, así de sencillo. Nunca se había encontrado con una pared sin encontrar una manera de tirarla abajo.
Un anciano sentado en un taburete frente a la barra se volvió entonces para mirarlo.
– Cómprale un carnero. Como propietaria de una granja, Maura agradecerá que mejores su rebaño.
Jefferson hizo una mueca. ¿De verdad tenía que comprar un carnero para que se casara con él? No, no podía ser. Sin embargo, mientras lo pensaba, sintió algo parecido a la ansiedad. Él no estaba intentando conseguir el corazón de Maura Donohue… ¿o sí? No, aquello no tenía nada que ver con el amor sino con el hijo que iban a tener, sencillamente.