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Электронная книга - «Apuesta Segura». Краткое содержание книги:

La inapropiada novia de King… ¿y un niño?.Todo el mundo hacía lo que Jefferson King ordenaba. Salvo la gente de cierto pueblo irlandés que había “comprado” para su última producción. Y, cuando el magnate cinematográfico llegó al pueblo, descubrió por qué todos se habían vuelto contra él: había dejado embarazada a una de los suyos.
Parecía como si hubiese estado evitando las llamadas de Maura Donohue, aunque no era así. De hecho, no podía olvidar la noche de pasión que habían compartido. Estaba dispuesto a organizar una boda digna de una reina para la futura mamá.
Pero Maura no quería un matrimonio sin amor… y Jefferson no pensaba ceder en ese punto.
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Naturalmente, Cara no estaba dispuesta a dejar el asunto en paz, aunque ella le había dicho que no quería seguir hablando de Jefferson.

– ¿Se marchó? ¿No te pidió que te casaras con él?

Maura soltó una carcajada, más para ocultar su desilusión que por otra cosa. Hasta esa misma tarde había tenido sueños… sueños absurdos, naturalmente, fantasías de cría. Había imaginado a Jefferson clavando una rodilla en el suelo, allí mismo, en el establo. Lo había imaginado pidiéndole que se casara con él y, enfadada porque no le había devuelto los mensajes, se imaginaba a sí misma diciéndole que no.

Pero él se había cargado ese bonito sueño al no molestarse siquiera en pedir su mano. Maura arrugó el ceño. Era muy difícil amar a un hombre que no sabía lo que sentía por él.

– No -contestó por fin-. No me pidió que me casara con él y no creo que vaya a hacerlo.

– ¿Por qué no? Vas a tener un hijo suyo, lo mínimo que podría hacer es convertirte en su mujer.

– ¿Sabes una cosa? -rió Maura-, Para ser una chica tan moderna tienes unas ideas de abuela.

– Ser moderna es una cosa, ver a mi hermana convertirse en madre soltera, otra muy diferente. Además, tú estás enamorada de él.

Maura miró a su hermana, enfadada.

– Espero que no le hayas dicho eso a nadie. No quiero su compasión y eso es todo lo que podría darme. Así que cuidado con la lengua, Cara.

– Como si tuvieras que decírmelo -replicó su hermana, ofendida-, ¿Crees que me pondría del lado de Jefferson y en contra de mi propia sangre?

Maura siguió dándole el biberón al corderito. Tendría que olvidarse de Jefferson, pensó. Se contentaría con su vida en la granja y con su hijo y, algún día, Jefferson King sería sólo un recuerdo.

Además, tenía mucho trabajo que hacer. Había seis corderos a los que había que alimentar a mano cada día. Algunos habían sido abandonados por sus madres… ocurría todos los años, una oveja paría y sencillamente se alejaba como si no quisiera saber nada del bebé. Y los otros eran demasiado pequeños para dejarlos solos con sus madres, de modo que había que ayudarlos a mamar. Aquellos cuerpecillos calientes eran una constante fuente de admiración para Maura. Eran tan pequeños, tan indefensos, que resultaba difícil mantenerse tan distante como debiera, ya que la mayoría de los corderos serían vendidos y sacrificados…

– Deberías decírselo tú -dijo Cara entonces, tomando otro biberón para atender a un corderito blanco.

Cara podría tener sueños de convertirse en una gran actriz, pero era una chica de campo y sabía lo que había que hacer sin que nadie tuviera que decírselo.

Durante unos minutos, las dos hermanas trabajaran en silencio como habían hecho tantas veces. Fuera, la tormenta había pasado, dejando sólo el ruido del agua que caía de los tejados y el viento moviendo las ramas de los árboles.

– Se aloja en uno de los trailers -dijo su hermana.

– ¿Qué?

– Digo que Jefferson se aloja en uno de los trailers.

Maura miró hacia la puerta del establo, como si pudiera ver a través de ella.

– ¿Ahora mismo? ¿Está ahí?

– En uno de los trailers, sí -Cara sonrió, acariciando al corderito mientras le daba el biberón-. Todos los demás se han ido a los hostales de por aquí y algunos a Westport, pero Jefferson se ha quedado. Ha dicho que no quería alejarse demasiado. ¿Por qué será?

Maura no lo sabía, pero no le gustaba nada. Había esperado que se fuera a Westport y la dejase respirar un poco. ¿Cómo iba a relajarse y seguir con su rutina normal si él estaba a menos de cincuenta metros?

– No puede quedarse aquí.

– Pues claro que puede, es su trailer. Y tú le has dado permiso para aparcarlo aquí.

– ¡Pero no para vivir en él!

Cara soltó una carcajada.

– Mírate. Saber que está aquí ha devuelto el color a tus mejillas.

– Eso es de rabia.

– No, no lo es. En serio, Maura, ¿de verdad tienes que ser tan cabezota todo el tiempo? Estás loca por él.

– No estoy loca por él.

– Sí lo estás. Y vas a tener un hijo con él. ¿Por qué no quieres casarte?

– Lo hará.

Las dos mujeres se volvieron al oír la voz de Jefferson, que acababa de entrar en el establo. Llevaba unos vaqueros negros, un jersey oscuro y unas viejas botas. Su pelo estaba despeinado por el viento y la luz fría del establo lanzaba sombras sobre su rostro, dándole aspecto de pirata. Y el corazón de Maura dio un vuelco dentro de su pecho. ¿Siempre la afectaría de esa forma?, se preguntó.

– ¿Hará qué? -le preguntó Cara.

– He dicho que tu hermana se casará conmigo -dijo Jefferson, dando un paso adelante. Al hacerlo, una de las ovejas se asustó y empezó a recular, como si intuyera un desastre-. En cuanto podamos organizar la boda.

Era sorprendente lo rápido que el fuego podía convertirse en hielo, pensó Maura. Allí estaba su «proposición», con la que ella había soñado, convertida en la exigencia de un hombre que, evidentemente, esperaba que saltase cuando él lo ordenaba.

– No voy a casarme contigo -le dijo, deseando que el establo fuera más grande o estar en su casa, con la puerta cerrada. Deseando que Jefferson no hubiese vuelto a Irlanda.

Si pensaba que aquello era una proposición estaba muy equivocado. Entrar en el establo y decir que iban a casarse como si fuera un rey y ella una mendiga… Daba igual, pensó. Aunque su corazón latiera al galope dentro de su pecho, no iba a aceptar. No quería casarse con un hombre que no estaba enamorado de ella y Jefferson King no lo estaba.

– Discute si quieres, pero eso es lo que va a pasar -sus ojos se encontraron y Maura vio auténtica determinación en los de Jefferson. Aunque no iba a servirle de nada.

– Y tú toma todas las decisiones que quieras, aunque nada vaya a salir de ello.

– Todo está arreglado… o lo estará pronto. Mi ayudante se encarga de los detalles, pero con la diferencia horaria seguramente tardará unos días.

– ¿Y qué está haciendo exactamente? -le preguntó Cara.

– Solucionar el papeleo, buscar un sitio donde casarnos. Le he dicho a Joan que seguramente tú preferirías casarte en la iglesia del pueblo, pero podemos hacerlo donde quieras. ¿Westport, Dublín? Incluso podríamos casarnos en Hollywood, si lo prefieres.

– ¿Hollywood? -repitió Cara, con expresión soñadora.

– A mí me da igual -dijo Jefferson-. Mientras nos casemos, no me importa dónde lo hagamos.

– Ah, qué considerado -replicó Maura, irónica.

– No es consideración, es rapidez, que es lo más importante.

– Y qué romántico. Vamos, tengo el corazón en la garganta.

– Esto no tiene nada que ver con el romance.

– Eso lo vería hasta un ciego.

– Vamos a hacer lo que tenemos que hacer.

– Ah, claro, y supongo que eres tú quien decide qué es lo que hay que hacer, sin contar conmigo.

– Alguien tiene que hacerlo.

– Bueno -intervino Cara-, Veo que tenéis muchas cosas que hablar, así que me voy.

Maura la sujetó del brazo. No quería que la dejase a solas con Jefferson.

– No te atrevas a salir de este establo, Cara Donohue…

Haciéndole un guiño, su hermana le dio el corderito a Jefferson.

– Te deseo suerte. Ya sabes que mi hermana puede ser un poco cabezota.

– Y ella hablando de lealtad familiar… -murmuró Maura.

– Pero te lo advierto -siguió Cara-, Si la haces llorar tendrás que vértelas conmigo.

– Mensaje recibido -dijo él, apretando al corderito contra su pecho.

– Cara, no me dejes aquí con él…

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