Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
Poirot despidióse dándole las gracias, y los dos hombres dieron la vuelta a la caseta del club. Poirot se detuvo un momento para contemplar el paisaje.
—Es bonito, ¿verdad? El verde oscuro de los pinos... y luego el lago. Sí, el lago.
Japp le miró en el acto.
—Esa es su idea, ¿verdad?
Poirot sonrió.
—Creo posible que alguien haya visto algo. Yo de usted procuraría averiguarlo.
Capítulo X
Poirot dio un paso atrás con la cabeza un tanto ladeada mientras revisaba la disposición de los muebles de la estancia. «Una silla aquí... otra allí. Sí, así queda muy bien.» En aquel momento llamaron a la puerta... debía ser Japp.
El hombre de Scotland Yard fue directo al asunto.
—¡Tenía razón, viejo amigo! Dio en el clavo. Una joven fue vista ayer arrojando algo al lago de Wentworth, y su descripción corresponde a la de la señorita Jane Plenderleith. Conseguimos pescarlo sin grandes dificultades. Hay muchos juncos por allí cerca.
—¿Y qué era?
—¡El dichoso neceser! Pero, en nombre del cielo, ¿por qué? ¡Bueno, no lo entiendo! Dentro no había nada... ni siquiera las revistas. ¿Por qué una joven sensata, según es de suponer, habría de arrojar al lago un objeto tan caro? He pasado toda la noche sin dormirme, porque no consigo dar con ello.
—Mon pauvre Japp! Pero ya no necesita preocuparse más. Aquí llega la respuesta. Acaba de sonar el timbre.
Jorge, el intachable criado de Hércules Poirot, abrió la puerta para anunciar:
—La señorita Plenderleith.
La joven penetró en la estancia con su acostumbrado aire de completo dominio y seguridad en sí misma, y saludó a los dos hombres.
—Le he pedido que viniera... —explicó Poirot—. Siéntese aquí, ¿quiere? Y usted ahí, Japp... porque tengo que darles ciertas noticias.
La joven tomó asiento, miró a los dos hombres y dijo impaciente:
—Bueno. El mayor Eustace ha sido detenido.
—Supongo que ha debido leerlo en los periódicos de la mañana, ¿verdad?
—Sí.
—De momento está acusado de un cargo menos grave —continuó Poirot—. Entretanto, vamos recogiendo pruebas relacionadas con el crimen.
—¿Entonces fue un crimen?
—Sí —replicó Poirot—. Fue un crimen. La destrucción voluntaria de un ser humano por otro ser humano.
La joven se estremeció.
—No, por favor —murmuró—. Es horrible decir una cosa así.
—¡Sí... pero la realidad también lo es!
Hizo una pausa y agregó:
—Ahora, señorita Plenderleith, voy a decirle cómo llegué a conocer la verdad de este caso.
Ella miró a Poirot y luego a Japp, que sonreía.
—Tiene sus métodos, señorita Plenderleith —le dijo—. Yo le sigo la corriente. Creo que debemos escuchar lo que tiene que decirnos.
Poirot comenzó:
—Como usted ya sabe, mademoiselle, llegué con mi amigo al escenario del crimen en la mañana del seis de noviembre. Nos dirigimos a la habitación donde fue encontrado el cadáver de la señora Alien y en seguida me llamaron la atención una serie de pequeños detalles. En aquella estancia había cosas realmente extrañas.
—Continúe —dijo la muchacha.
—Para empezar... el olor a humo de cigarrillos —dijo Poirot.
—Creo que en eso exagera usted, Poirot. Yo no olí nada —exclamó Japp.
Poirot volvióse hacia él con la velocidad del rayo.
—Precisamente. Usted no olió a humo... igual que yo. Y eso era muy, muy extraño... puesto que la puerta y la ventana estaban cerradas y en el cenicero había los restos de diez cigarrillos por lo menos. Era extraño... muy extraño, que el dormitorio tuviera una atmósfera perfectamente límpida.
—¡De modo que ahí es donde usted quería ir a parar! —Japp suspiró—. Siempre le gusta llegar a las cosas por caminos tortuosos.
—Su Sherlock Holmes hizo lo mismo. Recuerde que dirigía la atención hacia el curioso incidente del perro en plena noche... y la solución era que no hubo tal incidente. El perro no hizo nada durante la noche. Bueno, continúo. Otra cosa que llamó mi atención fue el reloj de pulsera que llevaba la interfecta.
—¿Por qué?
—No tenía nada de particular, pero lo llevaba en la muñeca derecha. Sé por experiencia que lo corriente es llevarlo en la izquierda.
Japp alzóse de hombros, pero antes de que pudiera hablar, Poirot proseguía:
—Pero, como ustedes me dirán, eso no es nada definitivo. Algunas personas prefieren llevarlo en la derecha. Y ahora pasemos a algo verdaderamente interesante... amigos míos... al escritorio.
—Sí, lo imaginaba —dijo Japp.
—¡Eso sí que era curioso... muy curioso...! Por dos razones. La primera es que faltaba algo.
Jane Plenderleith preguntó:
—¿Qué es lo que faltaba?
Poirot volvióse hacía ella.
—Una hoja de papel secante, mademoiselle. La que había, estaba completamente limpia, sin estrenar.
Jane se encogió de hombros.
—La verdad, señor Poirot, de vez en cuando suele romperse el secante que se usa demasiado.
—Sí, pero, ¿qué se hace con él? Tirarlo al cesto de los papeles, ¿verdad? Pero no estaba en el cesto de los papeles. Lo miré.
Jane Plenderleith parecía impaciente.
—Porque probablemente la habría cambiado antes. El secante estaría limpio porque Bárbara no escribiría aquellos días.
—Pero no es ése el caso, mademoiselle, ya que la señora Alien aquella tarde fue vista echando una carta al buzón. Por lo tanto tuvo que haber estado escribiendo. No pudo hacerlo abajo, puesto que no hay material para ello. Y no es probable que fuese a la habitación de usted para escribir. De modo que, ¿qué ha sido del secante con que secó sus cartas? Es verdad que algunas personas arrojan las cosas al fuego en vez de tirarlas al saco de los papeles, pero en su dormitorio sólo hay un fuego de gas y el de la chimenea de abajo no había sido encendido el día anterior, puesto que usted me dijo que estaba ya preparado y sólo tuvo que acercar una cerilla.
»Un problema curioso. Miré en todas partes, en la papelera, en el cubo de la basura, pero no conseguí encontrar la hoja usada de papel secante... y eso me pareció muy importante. Me daba la impresión de que alguien lo había ocultado deliberadamente. ¿Por qué? Porque en él había impresa cierta escritura que podía ser fácilmente leída colocándola ante un espejo.
»Pero había otro punto curioso en aquel escritorio. Japp, tal vez recuerde cómo estaba dispuesto. En el centro el secante y el tintero, a la izquierda una bandejita con plumas y a la derecha un calendario y una pluma de ave. Eh bien? ¿No lo ven? Recuerde, Japp, que la examiné... y era sólo un elemento decorativo. No había sido utilizada. ¡Ah! ¿Todavía no lo ve? Lo diré otra vez. El secante en el centro, la bandejita de plumas a la izquierda... a la izquierda, Japp. ¿Y no es costumbre encontrarla a la derecha, puesto que se escribe con la mano derecha?
«Ahora lo comprende, ¿verdad? La bandejita de las plumas a la izquierda..., el reloj de pulsera en la muñeca derecha..., el secante recién cambiado... y algo que fue traído a la habitación... el cenicero con las colillas de cigarrillos.
»La atmósfera del dormitorio era fresca y sin el menor olor, Japp. Por lo tanto, la ventana había estado abierta y no cerrada toda la noche... Y entonces imaginé lo ocurrido.
Volvióse para enfrentarse con Jane.
—La vi a usted, mademoiselle, llegando en un taxi, despidiéndole subiendo la escalera a todo correr y tal vez gritando «Bárbara»... Abre usted la puerta y encuentra a su amiga tendida en el suelo, muerta y con una pistola en su mano crispada... la izquierda: naturalmente... puesto que era zurda... y por lo tanto la bala había penetrado en el lado izquierdo de su cabeza. Hay una nota dirigida a usted, en la que le dice lo que la ha impulsado a quitarse la vida. Imagino que sería una carta conmovedora... Una mujer joven, simpática y desgraciada que, víctima de un chantaje, decide quitarse la vida.