Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
»Creo que en aquel mismo instante concibió usted la idea de la venganza. Aquello era obra de un hombre... ¡pues que recibiese su castigo... completo y adecuado! Coge la pistola, la limpia bien y la coloca en la mano derecha de la difunta. Coge la nota y el secante con que fue secada. Luego sube el cenicero... para crear la ilusión de que allí hubo dos personas charlando... y también un pedacito de esmalte de un gemelo que encuentra en el suelo. Es un hallazgo afortunado y espera que le aten cabos. Luego cierra la ventana y la puerta. No debe haber la menor sospecha de que usted ha estado en la habitación. La policía debe verla tal como está... de modo que no pide ayuda entre el vecindario, sino que llama directamente a la policía.
»Y continúa la farsa. Usted representa su papel con precisión y sangre fría. Al principio se niega a decir nada, pero luego expresa sus dudas acerca del suicidio. Más tarde se muestra dispuesta a ponernos sobre la pista del mayor Eustace.
»Sí, mademoiselle, muy, muy lista..., un asesinato muy inteligente... porque esto es lo que es el supuesto asesinato del mayor Eustace...
Jane Plenderleith se puso en pie.
—No era un asesinato..., sino justicia. ¡Ese hombre llevó a la pobre Bárbara a la muerte! ¡Era tan dulce y tan ingenua! La pobre se vio engañada por un hombre la primera vez que fue a la India. Ella sólo tenía diecisiete años, y él era casado. Tuvo una niña. Pudo haberla dejado en una casa cuna, pero no quiso ni oía hablar de ello. Se marchó de aquel lugar y regresó haciéndose llamar señora Alien. Más tarde la niña murió. Vino aquí y se enamoró de Carlos... ese mochuelo orgulloso y presumido. Ella le adoraba... y él se dejaba adorar. De haber sido otra clase de hombre le hubiese aconsejado que se lo contara todo, pero siendo como es, le dije que callara. Después de todo, nadie sabía nada, excepto yo. ¡Y entonces apareció ese demonio de Eustace! Ya conocen ustedes el resto. Empezó a atacarla sistemáticamente, pero no fue hasta la noche pasada cuando comprendió que estaba exponiendo también a Carlos al escándalo. Una vez casada con Carlos, Eustace la tendría donde él quería... ¡casada con un hombre rico al que le horrorizaba el escándalo! Cuando Eustace se fue con el dinero que ella le había preparado, sentóse a reflexionar. Luego tomó una determinación y me escribió una nota, diciéndome que amaba a Carlos y que le era imposible vivir sin él, pero que por su propio bien no podían casarse, y que por ello iba a tomar la mejor salida.
Jane echó la cabeza hacia atrás.
—¿Le extraña que yo hiciera lo que hice? ¡Y usted lo llama asesinato!
—Porque lo es —dijo Poirot con voz dura—. Un asesinato puede ser que a veces esté justificado, pero sigue siendo asesinato. Usted es sincera y posee una amplia mentalidad... ¡enfréntese con la verdad, mademoiselle! Su amiga murió porque no tuvo valor para vivir. Podemos lamentarlo... o comprenderla... Pero el hecho no varía... Fue por un acto suyo... no de otra persona.
Hizo una pausa.
—¿Y usted? Ese hombre está ahora en la cárcel, donde cumplirá una larga condena por otras cosas. ¿Desea usted realmente, por su propia voluntad, destrozar la vida... fíjese bien, la vida... de un ser humano?
Ella le miró con ojos sombríos. De pronto musitó:
—No. Tiene razón. No lo deseo.
Y dando media vuelta salió de la habitación y oyeron cerrar la puerta de la calle...
Japp lanzó un silbido prolongado.
—¡Bueno, que me aspen! —dijo.
Poirot tomó asiento, mirándole con simpatía. Transcurrió un buen rato antes de que rompieran el silencio, y fue Japp quien dijo:
—¡No se trataba de un asesinato disfrazado de suicidio, sino de un suicidio preparado para que pareciera un crimen!
—Sí, realizado con gran inteligencia, sin exageraciones.
Japp dijo de pronto:
—Pero ¿y el neceser? ¿Qué relación tiene con todo esto?
—Pues, amigo mío, ya le he dicho que ninguna.
—Entonces, ¿por qué...?
—Los palos de golf. Los palos de golf, Japp. Eran los de una persona zurda. Jane Plenderleith guardaba los suyos en Wentworth. Aquéllos eran los de Bárbara Alien. No es de extrañar que la muchacha se sobresaltara cuando usted abrió el armario. Todo su plan pudiera haberse venido abajo. Pero es muy rápida, y comprendió que por espacio de un breve segundo se había delatado. Vio que la observábamos e hizo lo mejor que se le ocurrió en aquel momento: tratar de fijar nuestra atención en un objeto equivocado. Y nos dijo, refiriéndose al neceser: «Es mío. Lo... lo traje conmigo esta mañana... de modo que no puede haber nada.» Y, como ella esperaba, usted siguió la pista falsa. Por la misma razón, cuando a la mañana siguiente se dispone a deshacerse de los palos de golf, continúa utilizando el neceser como... ¿cómo diría yo?, como espejuelo.
—¿Quiere decir que su verdadero objeto era...?
—Reflexione, amigo mío. ¿Cuál es el mejor lugar para deshacerse de un saco de palos de golf? No es posible quemarlos, ni arrojarlos al cubo de la basura. Si se dejan abandonados en algún sitio es probable que alguien los devuelva. La señorita Plenderleith se los llevó a un campo de golf. Los deja en la caseta del club, y cogiendo un par de bastones de su propio saco, se va a jugar sin chico que la acompañase. Sin duda, a intervalos prudentes rompe un palo por la mitad y lo esconde entre la maleza... y termina por arrojar el saco. Si alguien encuentra un bastón roto en el club de golf no es de extrañar. Es sabido que existen personas que arrojan y rompen todos sus palos cuando se exasperan durante el transcurso del juego. ¡En resumen, es cosa propia del mismo juego! Pero puesto que comprende que sus actos pueden ser objeto de interés, arroja el cebo inútil... el neceser... de un modo algo espectacular al lago... Ésta, amigo mío, es la verdad acerca del «Misterio del Neceser».
Japp contempló a su amigo en silencio durante unos instantes. Al fin, puesto en pie, echóse a reír dándole unas palmaditas en el hombro.
—¡No está mal, viejo! ¡Le doy mi palabra de que usted se llevará la gloria! ¿Nos vamos a comer?
—Con mucho gusto, amigo mío, pero el menú tendrá que ser Omelette aux Champignons, Blanquette de Veau, Petits pois á la France, y... para terminar, Baba au Rhum.
—¡A por ello! —exclamó Japp.
LIBRO SEGUNDO
UN ROBO INCREÍBLE
Capítulo I
Mientras el mayordomo servía el suflé, lord Mayfield se inclinó confidencialmente hacia su vecina de la derecha, lady Julia Carrington. Conocido como perfecto anfitrión, lord Mayfield procuraba conservar su fama. Soltero, resultaba siempre encantador para las damas.
Lady Carrington era una mujer de cuarenta años, alta, morena y vivaracha. Era muy delgada, pero bonita. En particular, sus pies y sus manos eran exquisitos, y sus ademanes bruscos e inquietos, propios de una mujer muy nerviosa. Frente a ella, al otro lado de la mesa redonda, se sentaba su esposo, el mariscal del Aire sir George Carrington. Su carrera había empezado en la Marina, y aún conservaba el aire fanfarrón de los ex ministros. Reía y bromeaba con la hermosa mistress Vanderlyn, sentada al otro lado de su anfitrión. Mistress Vanderlyn era una rubia extraordinariamente atractiva. Su voz tenía un ligero acento estadounidense, tan ligero que resultaba agradable.
Al otro lado de sir George Carrington se hallaba mistress Macatta, esposa de un miembro del parlamento. Mistress Macatta era una gran autoridad en la Protección de Menores. Más que hablar parecía que ladraba y por lo general su aspecto era alarmante. Tal vez fuese natural que el mariscal del Aire encontrase más agradable a su vecina de la derecha. Mistress Macatta, que siempre hablaba de sus temas favoritos, estuviera donde estuviera, se dirigía al joven Reggie Carrington, sentado a su izquierda.