Los estados carenciales
- Автор: Валвей Анхела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Laura Yanes y Francisco de Gey formaban uno de esos matrimonios que tenía mucho de identidad fusionada, de almas confundidas la una en la otra, sin individuación, sin más independencia que aquella a la que les obligaban las necesidades fisiológicas de cada uno. Amor pleno y entregado a la más absoluta esclavitud del uno al otro. No dos, sino uno. No almas gemelas, sino siamesas. Como si tuvieran miedo de existir cada uno por su cuenta. Un pavor atávico, y de naturaleza desconocida, a esa bola espesa y negra, pesada como la carga de un condenado, que es la libertad.
Una pareja total, entregada hasta la más honda desesperación del ser, así eran ellos.
O por lo menos de esta manera habían sido hasta hacía bien poco.
«El verdadero indicador del carácter de una mujer casada es la cuenta corriente de su marido», trinaba Francisco, un tipo delgado y nervioso, sobrepasada ya la cuarentena, que asistía con cierta regularidad a la Academia de Vili (estaba situada enfrente de su casa, y encima era gratis), él decía que buscando inspiración para la gran novela que estaba escribiendo, la obra magna europea del nuevo milenio, de la era postindustrial, la que sin duda transformaría el rumbo de la literatura occidental.
Literatura, mujeres y cuentas bancarias eran sus principales quebraderos de cabeza. Todos tenían que ver con la necesidad de sentir un poco de poder, de dominio sobre lo que -empezaba a sospechar dolorosamente Fran- era su malograda vida.
El caso es que su cuenta corriente no pasaba ahora por sus mejores momentos, si es que los vivió buenos alguna vez.
Asimismo, su mujer se alejaba cada vez más de él, hasta el punto que Fran temía que no pasaría mucho tiempo antes de que Laura fuese ella misma y no solamente el anverso, o el reverso, de la unión espiritual y carnal que un día formaran.
Y la literatura, hacia la que profesaba una idolatría religiosa -sentía por ella una vocación de monje o de vasallo-, se le escapaba a modo de agua entre los dedos, porque nunca había sido capaz de escribir nada.
Advertía con tanta claridad como espanto cómo del ordenador portátil que Laura le había regalado emergían fuerzas maléficas que lo repelían lejos del infernal artefacto.
Probó con una máquina de escribir -una Underwood de 1950 que había pertenecido a su abuelo-, pero el efecto repulsivo era equivalente, y carecía de la gracia que suponía poder enchufarla, abrir los archivos, admirar los animados iconos que parpadeaban en el escritorio de la pantalla.
Utilizando un bolígrafo tampoco llegó más que a esbozar algunos posibles títulos y primeras frases de la futura gran novela.
Cuando acudía a la Academia de Vili, a veces, antes de que comenzaran las charlas, había coincidido en los pasillos con Johnny Espina (de temperamento inflamable, cascarrabias; y también un gran escritor en estado latente).
Discutían sobre literatura a menudo. Una tarde, Johnny le recitó, con su acostumbrada mordacidad, unos versos de Marcial que, afirmó con una sonrisa retorcida, le iban al pelo a Fran:
– Eres un desgraciado mental -le reprochó Fran al otro.
– Mira… Yo sólo trataba de estimularte un poco, para que te decidas de una vez a hacer lo que quieres hacer, te salga bien o mal, ¿viste? -Johnny enderezó la espalda y se pasó la mano por la frente sudorosa-. Pero, oye… tú a mí no me hablas así, porque yo soy un tipo con sesenta y cinco libros de poesía escritos, mientras que tú no has sido capaz de acabar ninguno de los que has empezado. Y yo creo que me merezco otro respeto, ¿oíste?
– ¿Y cuántos has publicado, eh?, ¿cuántos? Has escrito muchos, según dices… ¿pero cuántos has publicado?
– ¿Qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
– Tiene que ver -se rió Fran-, ya lo creo que tiene que ver. Te pasas la vida diciendo que eres un artista, pero ¿qué tienes tú de artístico, aparte de una nariz igualita que la de John Lennon?
Johnny se puso furioso, algo que no le costaba especiales esfuerzos conseguir. Apretó con fuerza los labios, tratando de contener su ira y dando la impresión a quienes lo miraban de que tenía todos los dientes sueltos, revoloteando cómodamente dentro de su boca, mientras él trataba de contenerlos con torpeza para que no se le cayeran al suelo.
– Eres un cabroncete fracasado -le dijo a Fran por fin, antes de darse la vuelta y alejarse de él-. Pero no vas a conseguir que me pelee contigo, capullo. Como dice Vili, y como diría Sócrates: si un borrico me da una coz, ¿voy a ir yo a demandarlo a los tribunales? -Espiró con calma y echó a andar hacia la puerta de la Academia-. ¡Anda y que te jodan!
El amor, qué preciosidad de palabra. El amor había sido durante diez años su refugio. Creyó en el amor. Séneca aseguraba que lo mejor del dolor es que si dura no es grande, y si es grande, no dura. Él podría decir ahora puntualmente lo mismo del amor.
El suyo había durado diez años. No era mucho. Ni poco. Quizá porque no fue un amor grande, ni pequeño. Ahora creía que era mucho más fácil escribir mil historias de amor que vivir una sola. Lo único malo era que él, en concreto, todavía no había sido capaz de redactar ninguna.
Empezó bastantes novelas (sobre todo de amor, pues estaba íntimamente convencido de que el amor y las dudas eran los más excelentes temas que un escritor virtuoso podía tratar). Pero aún no había terminado ni una sola. Apenas si había escrito un par de líneas en cada ocasión, como le reprochaba con perspicacia Johnny.
Intentó garabatear algunos poemas en su cuaderno de notas. Sin resultado satisfactorio. ¡Había tantos versos hermosos que flotaban por ahí, en alguna parte del aire o de su cabeza! Pero Fran no era lo suficientemente hábil para poder atraparlos.
Leyó por enésima vez los Sonetos de Shakespeare.
¡Shakespeare, oh, demonios!, ¡Shakespeare!, qué buen poeta sería Fran si hubiese escrito sus versos.
Fran se había licenciado en Empresariales y trabajado en los últimos catorce años como gerente comercial de distintas compañías. Cuando emprendía un cometido nuevo, el primer día florecía en él todo el apasionamiento de que era capaz. Tomaba iniciativas ambiciosas, hacía planes brillantes y osados que otros se encargaban de ejecutar, pero que lograban aumentar las ventas con rapidez y efectividad de manera inmediata.
Eso ocurría al principio.
A Fran los arranques le gustaban, eran su debilidad. Pero tal y como pasaba con sus novelas (innumerables proyectos sellados con incontables primeras frases de estilo deslumbrante), la fuerza se escapaba de él en los primeros instantes, como de una botella de cava agitada violentamente antes de ser descorchada, y se agotaba en poco tiempo.