Los estados carenciales
- Автор: Валвей Анхела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Jorge había conseguido, cuando se divorció de Carmen, que el juez encargado de su proceso de separación le otorgara derechos de visita sobre el perro. (Carmen y él no habían tenido hijos.)
– Está bien -dijo ella-. Lo llamaré ahora mismo. ¿Quieres algo más?
Jorge, de repente, se sintió invadido por un relajamiento espontáneo. Le flojearon las piernas. Estaba cansado, había tenido un día terrible en la oficina. Le dolía la cabeza. Echaba de menos a Jorgito. Y a Carmen, sobre todo a Carmen. Podía imaginarla sentada frente a la chimenea, o estirando las piernas sobre el sofá. Su cara pecosa un tanto adormecida. Sus anchas caderas enfundadas en un pantalón de chándal bien abrigado. Estaba un poco… fondona, de acuerdo, pero es que a él las mujeres le gustaban así. Las prefería cuando se adivinaba en ellas a una matrona luchando por salir ahí fuera, por asesinar a la top model en potencia y reclamar su orondo y fláccido lugar en el mundo. Las prefería mucho antes que a esas otras de pechos siliconados y culo endurecido en el gimnasio. Carmen era ancha y agradable. Acogedora como un buen hogar. Tenía unos dientes blanquísimos que parecían repasados con Tippex todas las mañanas, en vez de enjuagados con dentífrico común y corriente. Era una pelirroja tranquila y llena de curvas que reciclaba el vidrio y el papel y que, cuando llegaba el verano, comía helados, sonreía y disfrutaba de la vida al aire libre.
¡La echaba tanto de menos!
– No, nada -dijo, más tranquilo-. ¿Qué estás haciendo? Si puedo preguntártelo, claro.
– 0h, estaba leyendo un poco antes de acostarme.
– Qué casualidad, yo también estaba leyendo antes de llamarte -mintió él.
– ¿Ah, sí? ¿Y qué estás leyendo?
– Bueno, pues un libro… -titubeó Jorge-. Una historia. Es algo así como una mujer que encuentra a un tipo estupendo, pero luego él la abandona por otra, y ella se suicida. Aunque también podría interpretarse a la inversa.
– Vaya, qué interesante.
– Sí, sí. Ya lo creo.
– En fin, voy a llamar a Jorgito para que entre en casa.
– Oh, sí. No dejes de hacerlo.
– Buenas noches.
– Sí, claro. -Jorge desconectó el teléfono despacio.
Recapacitó sobre su situación existencial unos segundos.
Él no codiciaba grandes cosas.
Únicamente quería llevar una vida sencilla, llena de pequeños placeres.
Eso era todo lo que siempre había ambicionado. Nada más.
En cambio, tenía un horripilante piso alquilado, una vieja Barbie de cuando Carmen era niña, y una herida puntillosa -difícil de localizar dentro de él-, que parecía infligirse a sí mismo sin descanso.
Se restregó la cara. Notaba el cuello rígido y le ardía el cielo de la boca.
Necesitaba dormir unas horas. Había bebido demasiado.
Cogió la muñeca de su sitio habitual encima del televisor agarrándola con fuerza de los pelos, y se encaminó primero al cuarto de baño dando unos pasos vacilantes.
OBSERVANDO A LOS GORRIONES
El que pueda hablar consigo mismo
no buscará la conversación con otro
M.T. CICERÓN, Cuestiones Tusculanas
Empezó octubre y el tiempo apenas cambió.
El final del verano había sido helador, y el otoño aventó las calles de Madrid con gotas de una llovizna inmisericorde y a rachas cascarrinada. Los ciudadanos parecían hibernar de una forma íntima, precipitada. La existencia urbana, con su habitual intensidad, se había ralentizado de la misma inquietante manera en que aflojan su ritmo ciertos procesos químicos, en el laboratorio, justo en el momento en que quien los induce los da por perdidos y se limita a esperar absorto, premonizando con pereza el desastre final, su violenta decadencia impregnada de vacío.
Pero era miércoles por la noche en Madrid, y la Academia de Vili estaba llena de aficionados a la felicidad, voluntarios emigrados de sus hogares secos y desangelados, arracimándose al calor del filósofo.
La pensée console de tout?
Afuera, en las calles del centro, los adoquines olían a lluvia arrebatada y los capós de los coches tintineaban bajo la metralla líquida de la tormenta.
El otoño, dador de frutos, vertía así todas sus riquezas sobre la ciudad.
– ¡Te falta, te falta, te falta!… -gritó Vili; todos los circunstantes lo miraron con expectación. Él señaló la figura menuda y esbelta de Irma, de pie delante de su silla-. ¡No haces más que quejarte de las cosas que te faltan, Irma! Mirándote nadie diría que tienes tantas carencias. Lo que yo veo cuando te miro es una persona joven, capaz y sana. Incluso bella. ¿Qué puede faltarte? ¿Una tercera mano? ¿Y para qué necesitas una tercera mano?
– Todos buscamos la perfección -se excusó Irma-. Todos queremos ir un poco más lejos cada día. Queremos un poco más, y otro poco. Eso es el progreso, me parece.
– ¡El progreso! -Vili rugió suavemente-. ¿De verdad crees que el progreso existe?
– Sí.
– ¿Y cómo definirías el concepto de progreso?
– Es un avance. Es algo que hace que las cosas sean mejores con el tiempo.
– ¿Mejores para quién?
– Para todo el mundo.
– ¿De verdad que para todo el mundo? ¿También para ese niño de cinco años, huérfano y comido de liendres y de llagas, que escarba ahora mismo en un basurero infectado de ratas en Lima, Perú? ¿O quizá para él las cosas no mejoran tanto con el tiempo?
Irma frunció los labios, incómoda y ligeramente turbada. Su cuello enrojeció y sus omóplatos se relajaron. Tenía una leve sensación de sofoco. No le gustaba que Vili utilizara esos argumentos. Le recordaban a su madre y a la catequesis: al remordimiento organizado como forma de control moral, a la religión más rancia. Le olían a represión y a culpabilidad.
Así se lo dijo al hombre.
– Está bien… Olvidemos a ese niño, pero no olvidemos que existe -reconoció Vili, a su pesar-. Porque si el progreso es una ley general que sólo falla en los casos particulares, entonces a mí no me convence. No me parece que ese avance sea real. -Hizo una pausa y se levantó de su sillón, para volver a sentarse unos segundos después-. Eso en cuanto a la prosperidad material, porque en lo que respecta a la espiritual, ¿tú crees, Irma, que la naturaleza humana es hoy día distinta a como lo era cinco, diez o veinte siglos antes de Cristo? Yo no lo creo. Yo creo que seguimos siendo los mismos seres humanos de antaño. Débiles, trágicos y violentos. Miserables y con una enfermiza tendencia a la aflicción. ¿Dónde está el progreso?
– Tal vez en nuestro propósito de que exista ese progreso, esa mejora.
– No tengo nada que objetar a algo así.
– En seguir buscando…
– Me parece bien. ¿Y tú qué buscas, Irma? -preguntó Vili con los ojos entrecerrados, mientras mordisqueaba el capuchón de un bolígrafo.
– Busco mi propio paraíso -dijo Irma-. Y en mi paraíso particular hay mucho amor. Está lleno de amor. Pero sobre todo hay bienestar, lo que hoy día quiere decir que hay dinero. Así es mi paraíso, y por eso lo busco desesperadamente. Por eso lucho cada día.
– Lo buscas desesperadamente, buscas tu propio paraíso… ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo nuestro infierno de aquí abajo? ¿Conoces otra cosa? ¿Alguien conoce algo mejor? -Vili escrutó algunas caras que lo rodeaban.