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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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– Bien, bien. Pero volvamos -sugirió Vili- a nuestra modélica familia. La familia de Jesucristo. ¿Qué tipo de familia era?

– Una buena familia. La mejor.

– De acuerdo. Pero… ¿era san José el verdadero padre de Jesús? -quiso saber el filósofo.

– No -reconoció David-. Su verdadero padre era Dios.

– Ah, luego… Jesucristo era el hijo de Dios, pero en realidad su padre, o sea Dios, no estaba casado con su madre, no estaba casado con la Virgen María.

– No, no lo estaba.

– Entonces… quizá la Virgen María fue para Dios algo así como… ¿una madre de alquiler? -concluyó Vili-. Lo mismo que esa madre de alquiler que Óscar y tú buscasteis para que gestara a vuestro hijo, dicho sea de paso.

David miró pensativo hacia el suelo.

– No se me había ocurrido… -confesó, enrojeciendo un poco.

– ¿Y cómo fue engendrado Jesucristo?

La chica de los pendientes de aro volvió a intervenir.

– ¡Fue engendrado por la gracia de Dios! ¡A través del Espíritu Santo en forma de paloma! -dijo, como si ese incidente bíblico la llenara de un particular regocijo.

– ¿De verdad? -Vili sonrió y su cara de viejo zorro adquirió una tonalidad sulfúrica-. Así que una paloma, ¿eh? Bien, bien… Que me aspen, pero a mí eso me suena a inseminación artificial, que es lo mismo que hicisteis tú y Óscar junto con la madre de vuestro hijo.

– Sí, vaya -admitió David-. Pero nosotros lo hicimos en una clínica, y usamos una especie de jeringuilla. Sin aguja, claro. Dos médicos y varias enfermeras se encargaron de todo.

Jorge le lanzó a David una larga mirada recelosa, con sus iris relumbrantes a la manera de dos trozos de cristal coloreado. Sintió una punzada de envidia hacia él. Casi podía verlo junto a Óscar, su compañero, arrastrando los pies entre la arena tibia mientras los dos paseaban cogidos de la mano, al atardecer, por la playa de Bodrum cercana a la isla de Samos, no lejos de Kusadasi, donde según David habían disfrutado de su luna de miel hacía tres años. Imaginaba a Óscar diciendo con acento mimoso: «Me encanta ese tanga verde que te has puesto»; y a David, perplejo mientras mascullaba: «Oh, ¿esto? No es nada. Me lo regaló hace años Pipo, aquel chico de Majadahonda que… Bueno, da igual». Luego los dos se darían un beso y seguirían andando hacia el ocaso con pasos lentos y zigzagueantes, igual que dos fornidos modelos en un anuncio de bronceadores rápidos.

Ah, cómo le fastidiaba oír las quejas de David. Apenas podía soportarlo. Al fin y al cabo aquel mariposón gemebundo era alto, guapo y rico, estaba sano -por no hablar de que conservaba todo su pelo-, y tenía en casa a un marido y a un crío que lo esperaban cada noche como si él fuera la persona más importante y deseada del universo conocido.

– Por supuesto. De la paloma a la jeringuilla… La ciencia ha avanzado mucho desde el año uno antes de Jesucristo -cuchicheó cansinamente Jorge, al lado de Ulises-. Y sí, lo cierto es que el niño de David es casi igual que el niño Jesús. Un chiquirritín que ha nacido entre pajas, al fin y al cabo.

– ¿Queeé? -Ulises miró a Jorge sin comprender.

– Sí, por inseminación artificial, quiero decir -explicó éste, susurrando y estirándose como una serpiente aburrida bajo el sol.

– En fin. -Vili miró a David con una sonrisa triunfal-. No sé de qué te quejas, la verdad. ¡Si incluso Dios fundó una Sagrada Familia de lo más disfuncional, quod erat demostrandum! Lo que es bueno para Dios debe ser bueno para ti. Y sobre todo para tu madre, si es tan religiosa. Díselo así en cuanto tengas la oportunidad, David.

El hombre sopesó el asunto en silencio.

– Pero sigo sintiéndome como un cojo que lucha en una batalla, Vili -dijo al fin-. Un discapacitado en medio de la atrocidad de la contienda.

– ¿Cojo? -Vili no dudó mucho su respuesta-. Vale, te sentirás como un cojo. Pero yo creía que tu intención era luchar, no darte por vencido y salir huyendo en cuanto te fuera posible. Yo creía que deseabas defender a tu familia, sacarla adelante. Para eso no necesitas correr, sino estar dispuesto a combatir. Así que… ¿qué importa tu cojera? Importa que estés dispuesto a pelear y que, sin necesidad de moverte del sitio en que estás parado, desenfundes tu espada y le enseñes los dientes al enemigo.

LA HERMOSA INDIFERENCIA DEL HÉROE

Es más encomiable saber usar bien

las riquezas que las armas;

y más glorioso que el usar bien

las riquezas, el no desearlas

ni tener necesidad de ellas.

PLUTARCO,

Vida de Cayo Marcio Coriolano

Ulises le puso a Telémaco una chaqueta nueva, de moutón azul plastificado por fuera, de aspecto muy abrigado y primoroso; luego le cubrió la cabeza con el gorro y lo cogió en brazos como a un pesado e inquieto muñequito de silicona de tamaño natural.

Penélope había enviado un mensajero a casa, hacía dos días, con un paquete enorme, lleno de carísimas prendas de vestuario infantil para su hijo. Había de todo, desde calcetines y camisetas interiores Calvin Klein hasta unos diminutos pantalones vaqueros de Tom Ford para Gucci, rematados con la técnica de los indios apaches. Él creía que, siendo como era su mujer una diseñadora de modas de mucho éxito, no le saldría tan caro hacerse con la ropita de Loewe o de Ralph Lauren que mandaba cada temporada para el bebé. Así lo había hecho puntualmente cuatro veces en el último año, después de abandonarlos: en primavera, verano, otoño e invierno; y nunca coincidiendo con las estaciones meteorológicas, sino con las mucho más avanzadas de las pasarelas de la moda.

Bueno, pensó Ulises, incluso aunque así fuera, pese a que le costara una fortuna la ropa del crío, ella podía permitirse aquellos lujos tan disparatados.

Y Telémaco, al fin y al cabo, era su hijo.

El niño, sin embargo, no siempre estaba conforme con el color y el aspecto de los atavíos que escogía para él su sofisticada y distante mamá. Parecía tener sus propias opiniones en cuestión de guardarropa, a pesar de ser un renacuajo todavía.

– Feímo… No quiere y no quiere… ¡No guta y no gusta, a mí! -Había señalado minutos antes, con un evidente enojo, un jersey amarillo lleno de patitos bordados a mano, que lucían una sonrisa de seda furiosa y anaranjada sobre la superficie del pecho y alrededor de las mangas de la delicada prenda.

– No, no es verdad. No es feísimo -lo corrigió Ulises, empezando a ponerse de mal humor ante la terquedad de su hijo-. Es solamente… carísimo.

– No quiere -insistió Telémaco.

– No quieeero.

– Yo tampoco.

– Quiero decir que se dice «no quiero». Está bien, pues me lo pondré yo. -El hombre cogió la diminuta vestidura y la contempló extasiado, como si estuviera encantado de haber conseguido tan fácilmente una cosa que mejoraría su vida de forma inmediata.

– No, es mío. Tuyo no. ¡Mío! -Telémaco agarró el jersey, enfurruñado con su padre.

Salió corriendo bamboleándose conforme avanzaba hacia su habitación. Sacó un osito de peluche del arcón de mimbre donde guardaba sus juguetes y trató de ponerle el jersey, que quedó colgando entre las orejas y el esternón del monigote igual que un vistoso turbante un tanto estrafalario y desaliñado.

Al final, los dos estuvieron de acuerdo en que era mejor que Telémaco se pusiera un viejo jersey de felpa, comprado en el Rastro, que llevaba estampado a Superman, aunque ya apenas si quedaban algunos residuos descoloridos de la antaño rutilante imagen del superhéroe.

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