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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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Telémaco bajó de los brazos de su padre y se acercó corriendo hasta ella, pegó su cara contra las viejas piernas y llenó de babas cristalinas la falda negra de su bisabuela.

– ¡Güela, agüela!, qué tal… -sonó su chapurreo, ahogado entre risas de contento.

– ¡Qué grande que está mi niño! ¡Ha crecido por lo menos un metro esta semana! -exclamó la mujer, llena de orgullo y alborotando el pelo rubio y sedoso del chiquillo.

Ulises le dio un beso en la mejilla y le preguntó cómo estaba.

– Bien, bien, hijo, siéntate -le indicó una mecedora de loneta, próxima a la cama-. Acércala aquí, a mi lado.

Ante las muestras de entusiasmo del pequeño, Ulises comentó que Telémaco adoraba a su bisabuela.

– Me quiere mucho porque sabe que yo lo quiero mucho a él, ¿a que sí, precioso? Telémaco y yo nos parecemos bastante, todo hay que decirlo. -La anciana señora puso un beso temblón en la mejilla carmesí del niño-. Es lo que yo digo. Los viejos somos como los bebés, seres inútiles y molestos que necesitan de los demás. Por eso, o nos mostramos agradables con los que nos rodean dándoles cariño, o nadie sería capaz de aguantamos y nos abandonarían en masa en las gasolineras de las autopistas.

Como habían dejado abierta la puerta de la habitación, podían oír con claridad los murmullos de las conversaciones que tenían lugar en el pasillo, y en algunos de los dormitorios vecinos. Discusiones sobre los efectos secundarios -que solían cebarse con la vista y el intestino grueso- de algunas medicinas malignas pero absolutamente necesarias si, a cierta edad, se desea poder abrir los ojos de nuevo cada mañana; sobre la consulta de un médico del hospital universitario -del que bastantes ancianos sospechaban que era un serial-killer con cierta propensión morbosa hacia los vejestorios-, y repasos al calendario para concretar con exactitud en qué días se producirían las ansiadas visitas familiares y acomodar a ellas sus actividades diarias. «No podré ir a la clase de Internet del jueves, viene a verme mi nieto el de Zamora», o bien: «¿A quién le va a apetecer salir en un día como hoy para venir hasta aquí a ver cómo se mueren poco a poco unos mamarrachos como nosotros?».

De repente una figura llenó el dintel de la entrada. Un hombre de unos setenta años y barriga abombada, tocado con un alegre sombrero tirolés y un chaleco de fondo rojo con rombos beige.

– Buenos días nos dé Dios, a la señora Araceli y a la compañía -dijo, luciendo una ancha sonrisa que dejaba totalmente al descubierto su soberbia dentadura postiza recién estrenada.

– Buenos días -correspondió Telémaco de buen humor.

– Ah, hola, Anselmo -la mujer le lanzó un vistazo incisivo, pero rápido-. ¿No iba hoy a la masajista?

– A eso voy, sí, pero he pensado en saludarla antes.

– Bueno, pues ya me ha saludado. Adiós, Anselmo. Que le sienten bien los masajes.

– Vale, vale, veo que está usted ocupada. Luego la veré, a la hora de la merienda.

Cuando el señor se perdió de vista, pasillo adelante, Araceli puso una mueca de disgusto.

– Están convirtiendo los asilos de este país en Sodoma y Gomorra -susurró con un dulce rumor tan desquiciado como turbio.

– ¿Queeé? -Ulises parpadeó asombrado, y luego examinó fijamente a la abuela.

– Sí, los dementes que dirigen estos sitios… -explicó la anciana mientras acariciaba al niño- tienen sexólogos que no paran de incitamos a la promiscuidad.

Ulises la miró divertido.

– Como lo oyes, hijo… -Suspiró y señaló hacia la puerta, con precaución-. Claro que lo hacen porque les consta que nosotras no podemos quedarnos embarazadas, que si no… La cosa es que no paran de machacamos con eso de tener una vida sexual sana, el amor libre y un montón de simplezas pasadas de moda. Les gusta pensar que nos tienen entretenidos con un poco de sexo, muchos ansiolíticos y otro poco de televisión. Pero yo creo que, a mi edad, una vida sexual sana no es una vida sexual agitada, sino una vida sexual sin sexo. Una vida en paz, quiero decir. ¡Libre de infecciones urinarias, por favor!

– Encontrar una pareja tampoco está tan mal, Araceli -se atrevió a proponer tímidamente Ulises-. Un poco de amor siempre significa un poco de compañía.

– Y yo no digo que esté mal -admitió ella, frunciendo los ajados labios, repasados con brillo de color rosáceo-, pero tienes que admitir que es realmente difícil encontrar un buen hombre a mi edad. Sobre todo porque la mayoría de los que me convienen están muertos.

– ¿Y Anselmo?

– ¿Anselmo? ¡Ja! Tiene diez años menos que yo, y es quince centímetros más bajito. Además, ya lo has visto, ya has podido ver el pedazo de barriga que tiene. Lleva un letrero en la frente que dice: «Moriré de un atracón».

– Pues parece interesado por ti.

– Sí, pero yo por él, no -negó la anciana con vigor-. Ya lo has visto, ¿no? Se viste como un payaso loco y habla como Ronald Reagan. No me interesa lo más mínimo, ¿sabes, hijo?

– Bueno, bueno.

– Y, encima, padece de halitosis, cosa que no me sorprende nada teniendo en cuenta lo que come. Cambia de dentadura postiza cada año, pero no remedia el asunto. Yo me pregunto, ¿cómo le puede oler tan mal la boca a alguien hoy día? ¿O será el culo…?

Telémaco se puso a estornudar con violencia de repente, los ojos le lagrimearon e hizo varios pucheros de miedo, pero sobre todo de desconcierto.

Nada más verlo, Araceli trató de ponerse de pie y Ulises la ayudó a completar con éxito la maniobra.

– Febreeze Fabric Refresher, de Procter amp; Gamble -dijo la abuelita, indignada.

– ¿Cómo dices?

– Digo que vamos a salir de aquí. El niño está estornudando, y eso es por el Febreeze.

– ¿El qué?

– Un spray que usan para perfumar las cortinas y la ropa de las camas. -Lo agarró del antebrazo y masculló en tono confidencial-: Ya sabes que, a nuestra edad, a mucha gente no le basta con los pañales desechables. De modo que lo perfuman todo. Lo perfuman y lo perfuman con el dichoso Febreeze. El fabricante debe de haber untado al director de este antro, porque si no, no se explica. Pero yo he leído en Internet que es un producto peligroso. Lleva no sé qué tipo de veneno. Los perros caen como moscas borrachas después de olerlo. Los hámsters la palman al momento. Y los gatos, para qué contar. Saquemos al niño de aquí, el pobre es demasiado bajito para sobrevivir a este campo de exterminio. Sólo tiene la estatura de un animalito doméstico.

Ulises cargó a su hijo en brazos y los tres salieron lentamente del dormitorio de Araceli, cerrando la puerta a sus espaldas.

CADA COSA EN SU LUGAR

La felicidad no es cosa fáciclass="underline"

es difícil encontrarla dentro

de nosotros mismos e imposible

encontrarla en otra parte.

CHAMFORT, Obras

Cierta vez, una mujer de su edad que conoció en Italia por motivos profesionales le resumió su vida en pocas palabras. Según ella, a los cinco años le dijo a uno de sus amiguitos, en la guardería: «Si me regalas tu Geyperman, te dejo que me des un beso». A los diez años le soltó a un compañero de clase: «Si me haces los deberes de Sociales esta semana, te dejo ir conmigo a los lavabos. Yo me bajaré las bragas y tú podrás ver lo que tengo debajo», aunque, por cierto, en aquel entonces esa mujer no tenía nada ahí que fuera digno de verse. A los dieciséis años le propuso a un chico de su pandilla: «Si me das una vuelta en tu moto por todo el barrio, te dejo que me toques el pecho izquierdo durante tres minutos». A los veintidós años acorraló a un joven profesor de la facultad de Económicas -que babeaba detrás de ella desde el primer año de la carrera, pero que la suspendía una y otra vez- e hizo con él un trato: «Si me apruebas la asignatura, te hago un pequeño favor manual en los lavabos. Pero con un guante puesto, ¿eh?». A los veinticinco, cuando hacía poco que se había casado con su primer marido (la mujer ya iba por el tercero), le sugirió a su cándido y aburrido esposo: «Si me compras ese sofá chester, esta noche te hago un francés». Y mientras hablaba con Penélope, a punto de cumplir los treinta y cinco, sonreía con añoranza y se preguntaba a sí misma en voz alta: «Oye, monada, ¿no serás tú un poco puta?».

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