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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– No es más que un cobarde -repetía Brahim, refiriéndose a Hernando-. Si él no viene a Tetuán a recuperar a su familia, mandaré una partida para que lo maten.

Fátima se cuidó mucho de decirle que no creía que llegase a venir, que ella misma le había suplicado a Aisha con la mirada que no le dijera nada de lo sucedido.

– Si cejas en tus intenciones de matarle, me tendrás -le propuso una noche después de que la hubiera montado como podía hacerlo un animal-. Gozarás de mí como si en verdad fuera tu esposa. Me entregaré a ti. De lo contrario, yo misma me quitaré la vida.

– ¿Y tus hijos? -la amenazó.

– Quedarán en manos de Dios -susurró ella.

El corsario pensó durante unos instantes.

– De acuerdo -consintió.

– Júralo por Alá -le exigió Fátima.

– Lo juro por el Todopoderoso -afirmó él, sin detenerse a pensar en el compromiso.

– Brahim -Fátima frunció el ceño y habló con voz firme-, no trates de engañarme. Tu sola sonrisa, tu solo ánimo, me indicarán que has incumplido tu palabra.

A partir de ese día, Fátima había cumplido su parte del trato y noche tras noche transportaba a Brahim al éxtasis. Le dio dos hijas más y el corsario no volvió a visitar a su segunda esposa, que quedó relegada en un ala apartada de palacio. Shamir y Francisco, rebautizado como Abdul, los dos retajados a lo vivo nada más llegar a Tetuán, se preparaban para zarpar algún día a las órdenes de Nasi, quien cada vez asumía más responsabilidades en el negocio del corso, como si fuera el verdadero heredero de Brahim, mientras éste se dedicaba a engordar, obsesionado sólo en contar y recontar los beneficios obtenidos por el saqueo y sus múltiples negocios. No le costó demasiado esfuerzo a Nasi, el niño piojoso que el corsario había encontrado a su llegada a Tetuán, ocupar el lugar que habría correspondido al hijo del corsario: Shamir se negaba a reconocer en Brahim al padre que nunca había tenido. Al principio, asustado, añorando día y noche a la madre que había dejado atrás, le negó el cariño y se refugió en Fátima y Francisco. ¡Aisha le había dicho que su padre había muerto en las Alpujarras! Brahim se sintió despreciado y respondió con su acostumbrada brutalidad. Arrancaba al niño de manos de Fátima y le golpeaba e insultaba cuando éste trataba de zafarse de sus brazos. Francisco, también maltratado, se convirtió en su inseparable compañero de desgracia. Nasi se estaba aprovechando de la situación y se acercaba al corsario, mostrándole su fidelidad y lealtad, recordándole con sutileza todo cuanto habían sufrido hasta aquel momento. Por su parte, la pequeña Inés, ahora Maryam, corrió la suerte que Brahim había anunciado en la venta del Montón de la Tierra y fue destinada al servicio de su segunda esposa, hasta que Fátima concibió a su primera hija. Entonces, tras una noche de pasión, ella logró convencerle. ¿Quién mejor que Maryam, su hermanastra, iba a cuidar de Nushaima, la pequeña que acababa de nacer?

Los ronquidos de Brahim, mezclados con los lamentos que llegaban del subsuelo, interrumpieron sus recuerdos. Fátima reprimió la necesidad de moverse, de levantarse de la cama, de apartar el muñón de Brahim de su cuerpo. Estaba presa… prisionera en aquella cárcel dorada.

Había llegado a convencerse de que no era más que otra esclava de las muchas que servían y atendían el lujoso palacio que, al estilo andalusí, como una gran casa patio, construyó Brahim en la medina, cerca de los baños públicos, de la alcazaba y de la mezquita de Sidi al-Mandari, erigida por el refundador de la ciudad, un exiliado granadino. Ella jamás había convivido con esclavos. Hombres y mujeres que obedecían, siempre dispuestos a satisfacer hasta el más nimio de los deseos de sus amos. Observó que sus rostros eran inexpresivos, como si les hubiesen robado el alma y los sentimientos; se fijó en ellos y se vio reflejada en sus semblantes: obediencia y sumisión.

El nuevo palacio que el gran corsario ordenó construir se levantó en la calle al-Metamar, sobre las inmensas e intrincadas cuevas calcáreas subterráneas del monte Dersa, en el que se asentaba Tetuán. Las cuevas eran utilizadas como mazmorras en las que se encerraba a miles de cautivos cristianos. Durante el día, cuando salía a comprar acompañada de los esclavos y se dirigía a alguna de las tres puertas de la ciudad, donde se asentaban los agricultores que traían sus productos de los campos extramuros, Fátima veía a los cautivos esforzarse bajo el látigo, descalzos, encadenados por los tobillos y vestidos con un simple saco de lana. Cerca de cuatro mil cristianos al permanente servicio de las necesidades de la ciudad.

Rodeada por esclavos y cautivos, todos sometidos, poco tardó en comprender que tampoco encontraría consuelo en sus paseos por la ciudad. Tetuán había seguido el modelo de los pueblos de al-Andalus, pero evitando la más mínima influencia cristiana. Sus casas se alzaban como el más claro exponente de la inviolabilidad del hogar familiar, y aparecían cerradas a las calles con las que lindaban, sin ventanas, balcones ni huecos. El sistema hereditario imperante llevaba a que los edificios se dividieran y subdividieran hasta dibujar un trazado caótico: las calles no eran más que la proyección exterior de la propiedad privada, por lo que su espacio era anárquicamente ocupado por tiendas y todo tipo de actividades y edificaciones. Algunas construcciones sobrevolaban las calles mediante «tinaos», otras las cortaban o las interrumpían con caprichosos e inoportunos salientes en un alarde de convenios entre vecinos, generalmente familiares, sin que las autoridades intervinieran en modo alguno.

Fátima era una mera esclava en su lujoso palacio, pero fuera de él tampoco existía lugar alguno en el bastión corsario que pudiera ayudarle a evadirse de su fatal condición, ni siquiera anímicamente, ni siquiera durante unos instantes. Dios parecía haberse olvidado de ella. Tan sólo en las plazas, allí donde confluían tres o más calles, encontraba, si no sosiego espiritual, sí algo de diversión en los titiriteros que cantaban o recitaban leyendas al compás del laúd o que vendían a las gentes papelitos con extrañas letras escritas prometiendo que curaban todos los males. También se distraía con los encantadores de serpientes, que las llevaban colgando alrededor del cuello y en las manos al tiempo que hacían bailar a ridículos monos a cambio de las monedas que mendigaban del público. Alguna vez les premió con una de ellas. Pero por las noches, cuando sentía el muñón de Brahim entre sus pechos, escuchaba con terrible nitidez los llantos y lamentos de los miles de cristianos que dormían bajo palacio y que se deslizaban al exterior por los agujeros que servían de ventilación de las mazmorras subterráneas, la cárcel que ocupaba gran parte del subsuelo de la medina.

«Algún día seré libre -pensaba entonces-. Algún día volveremos a estar juntos, Ibn Hamid.»

49

Al fin, Hernando cedió ante la insistencia de don Sancho y acudió a la casa de los Tiros, donde los Granada Venegas celebraban sus tertulias. Al atardecer de un día de junio, ambos montaron a caballo y descendieron desde el Albaicín hasta el Realejo, el antiguo barrio judío del que se apoderaron los Reyes Católicos tras la toma de Granada y la expulsión de los judíos, y que se extendía en la margen izquierda del río Darro, bajo la Alhambra. La casa de los Tiros se emplazaba frente al convento de los franciscanos y su iglesia junto a otra serie de palacios y casas nobles construidos en los solares de la derruida judería.

A lo largo del trayecto, Hernando hizo caso omiso a la conversación que le procuraba el complacido hidalgo. Durante los días anteriores había intentado cumplir con su promesa al notario del cabildo catedralicio y escribir un informe acerca de los sucesos de Juviles durante la sublevación, pero no sólo no encontró las palabras para excusar los monstruosos desafueros de sus hermanos, sino que en cuanto trataba de concentrarse, sus pensamientos volaban hacia Isabel y se confundían con los recuerdos del día en que su madre acuchilló a don Martín.

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