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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El momento en que se descubrió el nicho en que descansaban los restos de César fue particularmente dramático. Otra vez los albañiles en acción… La lápida cedió por fin. Manuel miró con ojos desorbitados el féretro de su primo. Matías e Ignacio se mordieron los labios hasta casi hacerlos sangrar. El ataúd de tía Conchi quedó depositado encima del de César y el nicho fue cerrado de nuevo. Hacía frío en el cementerio. Todas las coronas en torno se habían marchitado y los cipreses se elevaban como siempre, destacando sin fuerza contra el cielo grisáceo. Mosén Alberto rezó: "Padre nuestro, que estás en los cielos…" Y todo el mundo contestó a coro, con voz muy queda. Los albañiles se habían retirado empujando la carretilla.

La ceremonia concluyó. ¡Con qué rapidez sucedían las cosas eternas…! Allá quedaban, unidos para siempre, César y tía Conchi. Sí, el maridaje era extraño, insólito. La vida -y la muerte- realizaban carambolas de fantasía.

En dos coches volvieron los hombres a la ciudad. En la calle de la Barca, los que no pertenecían a la familia se dispersaron. Los demás se reunieron en el húmedo piso de Paz. Pachín subió también… por vez primera. Faltaban sillas, de modo que el futbolista se situó al lado de la chica y le puso la mano en el hombro, como protegiéndola. De pronto, un tanto cohibido, se despidió de todo el mundo y se fue.

Nadie sabía qué decir. La expresión de Paz, vestida también de negro, era indefinible. Una mezcla furiosa de rabia y de dolor. De vez en cuando decía: "Esto es absurdo… La vida es absurda…" Carmen Elgazu no se atrevía a proponer que se rezara en voz alta el rosario.

Pilar, viendo a su prima enlutada y sin pintar, sintió pena por ella. La vio… huérfana, sobre todo a partir del momento en que Pachín se despidió. Su sangre tuvo una noble reacción y se ofreció para prepararle a Paz una taza de café. Paz miró sorprendida a Pilar y le dijo: "Sí, gracias, me sentará bien…"

Matías e Ignacio hubieran querido consolar a Manuel; pero de ello se encargaba Eloy, sentado a su lado, quieto, con las manos sobre las rodillas. Por otro lado, Manuel parecía como hipnotizado. Sin duda reflexionaba profundamente. El traje, teñido de prisa, se le había empequeñecido y le daba un aspecto que en otras circunstancias hubiera sido risible.

De repente se oyó como un gemido, proveniente del cuarto que había ocupado tía Conchi. Allí estaba el gato. Gol, acurrucado. Ignacio fue por él y se lo entregó a Paz, que tomó en sus manos al pequeño animal y lo sentó en su falda, acariciándolo.

Se hizo de nuevo el silencio. Y todo el mundo miraba a Gol, como si fuera el verdadero protagonista de la tragedia.

CAPÍTULO XLVII

Los temores de Ana María y de Ignacio se revelaron bien fundados: el padre de la muchacha se opuso a las relaciones de ésta con Ignacio. Don Rosendo Sarró, fundador de Sarró y Compañía, ex cautivo, hombre "de grandes apetencias" y "que hacía continuos viajes a Madrid", aspiraba a que su hija se casara con un hombre adinerado, a ser posible de Barcelona y de su misma condición social.

Hacía ya algún tiempo que don Rosendo Sarró husmeaba que Ana María tenía "su" secreto; pero no había prestado al asunto la atención debida. Finalmente, la muchacha, a raíz de la carta de Ignacio, le confesó a su madre sus amores "con un muchacho residente en Gerona, pasante de abogado e hijo de un funcionario de Telégrafos". "Por favor, mamá, ayúdame… No se trata de un capricho; mi decisión es firme".

A los dos días el padre oyó la noticia de labios de la mujer. Don Rosendo Sarró reaccionó de acuerdo con su idiosincrasia, que le aconsejaba no tomar ninguna resolución sin antes tener en la mano todos los datos pertinentes. En este caso nada iba a resultarle más fácil, puesto que su amigo y colaborador Gaspar Ley estaba en Gerona. Le pidió a éste un informe completo sobre Ignacio; y el informe de Gaspar Ley fue ecuánime… y determinante. "Conozco personalmente a Ignacio. Muchacho inteligente, sano. Algo inestable y confuso… Pero brillante y bien dotado para su profesión. Bien relacionado. Ambicioso. Puede asegurársele un porvenir holgado, pero, por supuesto, siempre dentro de los límites de la clase media".

Aquello le bastó a don Rosendo Sarró. Su sentencia fue: no.

Un no tan rotundo como la voz de mosén Obiols, catedrático del Seminario.

Llamó a Ana María. A lo primero intentó disuadirla por las buenas; pero ante la insistencia de su hija, don Rosendo Sarró, que no estaba acostumbrado a perder, se decidió a cortar por lo sano.

– Está bien. Te prohibo que prolongues este asunto un día más. Escribe a ese muchacho despidiéndolo y se acabó. Dale cualquier excusa. Dile que te vas a vivir al Japón o algo así…

Ana María le contestó, con serenidad casi majestuosa:

– Eso no arreglaría nada, papá. Si me fuera al Japón, Ignacio continuaría queriéndome lo mismo. Y yo también a él.

Don Rosendo Sarró rozó la apoplejía.

– Ya conoces mi criterio. Busca una solución. ¡Que no me entere yo de que no me has hecho caso…! Por de pronto, te vendrás conmigo de viaje. He de estar en Málaga hasta después de Reyes. Me acompañaréis tu madre y tú.

Ana María, que conocía a su padre como si fuese su propia piel, comprendió desde el primer momento que lo que éste procuraría sería impedir que Ignacio fuera a Barcelona a verla. ¡Un viaje a Málaga! Precisamente Ignacio había nacido allí… La muchacha sonrió por dentro… e incluso encendió un pitillo, cosa que su padre le tenía también prohibido.

– Papá, imagino lo que pretendes y te anticipo que será inútil. Esperaré lo que haga falta, pero nada me hará cambiar de opinión. Iré contigo, de acuerdo. Pero esto no solucionará nada. A la vuelta llamaré a Ignacio y volveré a verle.

Don Rosendo Sarró se le acercó como dispuesto a pegarle una bofetada; pero la actitud de su hija era tan digna, que no se atrevió. Ana María aprovechó el momento para añadir, sin moverse de su asiento:

– Lamento contrariarte, papá. Comprendo que Ignacio no es el hombre que querrías para mí; pero estoy decidida. ¿Por qué no te haces cargo de que el que tú elegirías no lo soportaría yo ni cinco minutos? -Ana María, dulcificando el tono de su voz, agregó-: Por favor, querría que comprendieras una cosa: no busco el dinero, sino la felicidad.

El problema era arduo. El fundador de Sarró y Compañía se quedó desconcertado. Se había acostumbrado tanto a creer que el dinero y el poder eran la clave de la existencia, que no comprendía que alguien, y menos su propia hija, pudiera sostener otro criterio. "¡No busco el dinero sino la felicidad!". ¿A qué venía esa monserga? Con dinero él había conseguido recuperar por completo su salud, algo mermada a raíz de su estancia en la Cárcel Modelo. Con dinero había sepultado la personalidad de su esposa y se había agenciado un sinnúmero de amistades. A veces le parecía que con dinero había logrado incluso crecer un poco en los últimos tiempos… Sí, en Madrid, en el Hotel Palace, que era su centro de operaciones, se sentía alto, cada vez más alto, y los incontables servidores que salían a su encuentro se le antojaban pigmeos que brotaban de las alfombras. ¿Cómo podía ocurrírsele a su hija, que tenía prestancia, gracia y naturalidad, renunciar a todo esto y encandilarse por ese "tal Ignacio", que al parecer fumaba tabaco negro, que solía llevar sucios los zapatos… y que ahora se dedicaba a defender pleitos de tres al cuarto? ¡Ah, no! Si era preciso adoptaría procedimientos expeditivos.

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