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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– Creo que no te haces cargo, Ana María, de quién es tu padre. Mientras seas menor de edad puede hacer contigo lo que quiera. Mandarte al extranjero, a algún colegio… ¡Quién sabe! -Charo marcó una pausa-. Don Rosendo Sarró… ¿Quién pudo imaginarlo? ¿Sabes lo que dicen de él en Barcelona, en los medios financieros? Que es una potencia…

Ignacio soltó una carcajada. Precisamente en aquellos días el muchacho había leído, en su remozado dormitorio con librería, el capítulo que Freud dedicaba a "los que fracasan al triunfar". Según Freud, muchos hombres enfermaban, perdían el equilibrio cuando habían conseguido su deseo más arraigado, más largamente acariciado. "Como si estos sujetos no pudieran entonces soportar su victoria". Caían en la angustia, angustia relacionada a menudo con un sentimiento de culpabilidad escondido en el Yo. A Ignacio no le cupo la menor duda de que el padre de Ana María -y tal vez también Gaspar Ley, el marido de Charo- desembocaría un día u otro en esa situación.

Por otra parte, Charo había pronunciado la frase clave: "Mientras seas menor de edad…" Pero ¿y cuando ya no lo fuera? Entonces Ana María sería libre para decidir. Y le faltaba sólo un año para ello.

– Nada, Charo, que no nos asustas. El amor lo puede todo.

– Sí, ya sé. De todos modos…

Ana María intervino.

– Además, tú nos ayudarás ¿no es cierto? Tú tienes influencia sobre mi padre.

– ¿Yo? -Ahora quien se rió fue Charo-. ¿Es que hay alguien que pueda influir sobre don Rosendo Sarró? -La mujer se dirigió a Ignacio-. Nada, Ignacio. Eres tú quien debe ganarse a pulso el premio. ¡Adelante en ese bufete en que trabajas! A ver si pronto intervienes en la Audiencia. Al fin y al cabo, ¡un buen abogado no es un peón albañil!

Ignacio asintió con la cabeza.

– Eso digo yo…

Continuaron bromeando, si bien Ignacio debía ahora esforzarse, por cuanto sabía que, por culpa de las andanzas de la Constructora Gerundense, S. A., podía muy bien darse el caso de que si debutaba en la Audiencia lo hiciera precisamente en contra de los intereses de Sarró y Compañía.

Ana María se dio cuenta de que algo le preocupaba y le pellizcó en la mejilla.

– ¿En qué estás pensando, di?

Ignacio parpadeó y consiguió disimular.

– Estaba pensando… en las palabras de Charo. ¡Efectivamente, ser un buen abogado no es ser peón albañil!

Ana María le miró con fijeza.

– No vas a decirme que eso te asusta…

El muchacho reaccionó.

– ¿Asustarme? ¡Habla con mi jefe! Su opinión es que, antes de diez años, seré nombrado, por unanimidad, Ministro de Justicia.

– ¡No me digas! Tanta humildad me confunde…

Ignacio se rió de buena gana y ensanchó el tórax al modo de los atletas.

– ¿No te gusta que de vez en cuando me eche un farol? ¿O es que preferirías tener un marido perfecto?

– ¡Virgen Santa, perfecto! ¡No te falta nada que digamos!

Charo vio tan compenetrada a la pareja, que sus ojos se humedecieron. Ella vivió con Gaspar muchos años así. Y de repente el dinero se metió por medio y todo se esfumó. ¿No acabaría royéndole a Ignacio el mismo microbio? ¿Precisamente para demostrarle al señor Sarró que no lo necesitaba para nada?

La pareja no se dio cuenta de lo que le ocurría a Charo. Se habían embobado mirándose. Ana María le estaba diciendo a Ignacio:

– Un día de éstos me escapo y me voy a Gerona.

– No eres capaz.

– ¡Qué poco me conoces!

– Algún día te conoceré… del todo.

– No seas grosero.

– ¿Grosero yo? Nanay… En Gerona hay alguien que me da clases de buenas maneras. Alguien que ha estudiado en Oxford.

Ana María fingió enfadarse.

– Sí, lo sé. Cuidado con esa señoritinga, ¿eh?

– ¡Por favor, Ana María! Es una señora, casada como Dios manda.

– Pero se llama Esther. Y Esther, no sé por qué, es un nombre que me da miedo.

– Pues a mí me encanta.

Se rieron. Y Charo, que los quería mucho y que no conocía la doblez, acabó también riéndose.

– Anda, sí -dijo, recogiendo la idea que Ana María expuso antes-. ¡Un día de éstos nos vamos a Gerona! Yo te acompañaré.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo será?

– Pues… un día que tu padre esté en Suiza, o en Lisboa, vendiéndoles el mismo volframio a los alemanes y a los ingleses…

– ¿Cómo?

Viendo la cara que pusieron Ana María e Ignacio, Charo exclamó:

– ¡Jesús, qué poco entendéis de negocios! ¿No sabíais que es lo que está de moda?

Fue un viaje perfecto, que terminó con el desánimo que había invadido a Ignacio mientras Ana María estuvo en Málaga. El muchacho llegó a Gerona contento como unas pascuas. Al entrar en su casa gritó: "¡Eureka!", para que su madre tuviera la impresión de que se encontraba en Bilbao. Y al entrar a la mañana siguiente en casa de Manolo le dijo a éste:

– ¿Sabes? ¡Ana María es un bombón!

Manolo se acarició la barbita.

– ¿De veras? ¡Lo celebro! -Luego agregó, inmediatamente-. De todos modos, algún día trataremos a fondo el tema de los bombones…

Ignacio miró a su "jefe" y se quedó pensativo. Y a la noche, al encerrarse en su leonera, contempló las reproducciones de Picasso y se dijo que éste tenía razón: que cada cosa podía ser vista desde ángulos muy distintos.

CAPÍTULO XLVIII

El doctor Andújar, con toda su sabiduría a cuestas, con toda la autoridad moral que se había ganado entre los gerundenses, conseguía no sin apuros cubrir mensualmente el presupuesto familiar.

Trabajaba mucho en el Manicomio; pero en la consulta particular, muy poco. Las previsiones del doctor Chaos se habían cumplido: la gente no estaba preparada para conceder beligerancia a un psiquiatra. La gente admitía de buen grado cualquier tipo de diagnóstico -tuberculosis, hepatitis, reúma, falta de glóbulos rojos-, pero si se le hablaba del "mecanismo nervioso y emocional", se colocaba a la defensiva. Las palabras "angustia", "ansiedad", "descompensación", "psique", provocaban reacciones verdaderamente curiosas. "Doctor, ¿me quiere usted decir de qué me está hablando? Oiga. No creerá usted que estoy loco, ¿verdad?". Mateo, en cierta ocasión, le había dicho al doctor Andújar: "A mi entender la cosa está clara: es un problema de educación". "¡Toma! -había contestado el psiquiatra-. A eso le llamo yo descubrir el Mediterráneo…"

Todo ello era tanto más injusto cuanto que el doctor Andújar, pese a todo, había obtenido ya algunos éxitos. Por ejemplo había conseguido remontar el ánimo de la viuda de don Pedro Oriol. La viuda de don Pedro Oriol se había quedado tan patitiesa con la boda de 'La Voz de Alerta' -después que éste la había obsequiado a ella con infinidad de atenciones y con muchos ramos de flores- que creyó morir. El doctor Andújar acertó a consolarla, buscándole una ocupación, que en este caso fue el diseño de figurines. La viuda de don Pedro Oriol descubrió, gracias a un test exhaustivo a que la sometió el doctor Andújar, que tenía talento para ello, y ahora se pasaba el día modelando, modelando figurines…, ninguno de los cuales se parecía a 'La Voz de Alerta'.

Otro éxito: el alférez Montero, el que acompañaba a veces a Marta. El muchacho, que durante mucho tiempo había mandado los piquetes de ejecución con automatismo de subordinado, de pronto, en el cementerio, empezó a experimentar náuseas y luego, por las noches, a tener pesadillas. En cuestión de unas semanas cayó en una depresión profunda. Habló con el doctor Andújar y éste le dijo: "No tienes más remedio que darte de baja del Ejército y empezar una vida nueva, que borre poco a poco de tu subconsciente estas imágenes". El alférez lo obedeció. Y al verse vestido de paisano y al empezar a trabajar en algo completamente ajeno a Auditoría de Guerra y al cuartel -aficionado a la literatura, fue nombrado provisionalmente encargado de la Biblioteca Municipal-, volvió a sonreír como antes y a frecuentar el Casino y la casa de la Andaluza.

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