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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Otro éxito del doctor: Marta. Gracia Andújar fue quien cuidó de que la muchacha acudiera a la consulta de su padre. "Comulgar está bien, ¡no faltaba más! Pero necesitas también alguna medicina que te ayude. Y alguna orientación… concreta". El doctor Andújar le dio ambas cosas a Marta. Un tranquilizante que se evidenció muy eficaz -la muchacha notó que se insensibilizaba un poquito, que sufría menos- y al propio tiempo la convenció para que se sumergiera más que nunca en su trabajo de siempre, es decir, en su tarea en la Sección Femenina. "No ganarías nada acurrucándote en un rincón. Lo que necesitas es evadirte; y no hay mejor evasión que el trabajo. Por otra parte, ¡hay tanto que hacer! La Sección Femenina sin ti se vendría abajo. Y nadie te lo perdonaría. Ni el Gobernador, ni Mateo, ni mi hija Gracia, ni yo…"

El doctor Andújar, que descubrió en Marta hermosas cualidades, pero que intuyó que no era, por supuesto, la mujer idónea para Ignacio, con quien había coincidido en varias ocasiones, fue tan persuasivo que la muchacha sin darse cuenta se sorprendió tomándose otra vez en serio las consignas que María Victoria le enviaba desde Madrid… Estaba triste; pero esto era normal en ella, sobre todo desde que su padre murió.

Y con todo, el mayor triunfo del doctor Andújar, el único que trascendió con eficacia a la población, fue el obtenido con Jorge de Batlle.

Jorge de Batlle fue dado de alta por el doctor el día 18 de enero; exactamente el día en que, según Amanecer, habían sido identificados en Toledo los restos de Luis Moscardó, el hijo sacrificado por el héroe del Alcázar.

Jorge salió de allí con inhibiciones todavía… Con angustia todavía… Pero amando otra vez la vida; y amando, sobre todo, a Chelo Rosselló, que había sido su ángel tutelar y la demostración palpable del poder taumatúrgico de una alma capaz de compartir el dolor de otra alma.

Lo cierto es que Jorge de Batlle se pasaba el día cantando las alabanzas del doctor Andújar. "Es un sabio. Me ha convencido. ¡Quiero vivir! Y no denunciaré a nadie más, a nadie más… Y me casaré con Chelo en cuanto esté restablecido del todo y hayamos encontrado un piso que a ella le guste".

¡Jorge de Batlle jurando que no denunciaría a nadie más! Se habló de ello en las tertulias en las barberías de Raimundo y de Dámaso y en todas las demás. ¿Qué le había ocurrido? ¿En qué consistía eso del cardiazol? ¿De modo que una sustancia, una descarga líquida, podía convertir en mansedumbre la cólera? Así, pues, el doctor Chaos, en aquella disertación suya en que puso en entredicho la libertad del hombre y que tanto escándalo armó, no andaba del todo descaminado…

He ahí otro de los rompecabezas del doctor Andújar… La gente confundía los términos en seguida. Si él no curaba a los enfermos era un botarate, un pedante que usaba palabras raras y que gozaba preguntándole a uno "si había precedentes en la familia" o "si guardaba de la infancia algún recuerdo desagradable". Si los curaba, demostraba que eso del espíritu eran zarandajas y que lo que privaba era la bioquímica.

Gracia Andújar, su duende particular, lo animaba: "Podrías dar un ciclo de conferencias de divulgación. O charlas por la radio. ¿Por qué no lo intentas? ¿Quieres que me ocupe de eso?". El doctor se mostraba escéptico, mientras acariciaba el cabello de oro de su hija:

– A las conferencias no iría nadie. Sólo tú y la viuda de Oriol… En cuanto a la radio, la gente prefiere los seriales… y los discos dedicados.

El doctor Andújar sabía que existían en Gerona determinadas personas que hubieran podido colaborar con él eficazmente: los sacerdotes… Pero no encontró en ese terreno la menor facilidad. Su único "proveedor", como él lo llamaba, era el padre Forteza. Efectivamente, el jesuíta era el único religioso de la ciudad capaz de decirle a un penitente, en su celda o en el confesonario: "Voy a serle a usted franco. La absolución que yo pueda darle no va a resolverle a usted el problema. Necesitaríamos de la colaboración de un médico; por ejemplo, del doctor Andújar".

Fuera de él, nada que hacer. ¡Y es que el señor obispo, a quien el doctor Andújar, valiéndose del notario Noguer y de Agustín Lago, tanteó sobre el asunto, no se decidió a ponerse de su parte! El doctor Gregorio Lascasas, pese a la estima que sentía por el psiquiatra, arguyó que el problema era muy delicado y que un ministro de Dios, antes de decidirse a "abandonar una alma" poniéndola en manos de la ciencia médica, debía pensárselo tres veces. Citó incluso un texto de San Marcos: "Y les dio a los doce el poder de curar enfermedades…" Lo cual no fue óbice para que el señor obispo meditara sobre la cuestión. En primer lugar, porque ni por un instante podía suponer que en los deseos del doctor influyeran para nada afanes materialistas. Y en segundo lugar, porque la tesis del mismo, según la cual los sacerdotes debían saber distinguir entre un conflicto religioso o moral y un trastorno psíquico, era correcta y respondía a una realidad. Él mismo, el señor obispo, había sentido a menudo auténtica preocupación al comprobar que muchas monjas vivían histéricas cuando él se dignaba visitar su convento; o al advertir que abundaban los sacerdotes que, sin darse cuenta, del odio al pecado habían pasado a odiar al pecador, y otros cuya actitud ante el Mal era tan agresiva que se veían incapacitados para acceder al plano sublime de su misión, que era el Amor. En tales casos, era obvio que las conciencias de los fieles que a ellos se confiasen recibirían influencias nocivas…

No obstante, el señor obispo consideró imprudente intentar modificar la postura mental de los sacerdotes que llevaban ya años ejerciendo su ministerio. En cambio, admitió la posibilidad de iniciar esta labor en el Seminario, de preparar en esa línea a los sacerdotes del futuro…

La actitud del señor obispo, que implicaba aplazamiento sine die, causó contrariedad al doctor Andújar, ¡sobre todo porque en su opinión el primer necesitado de ayuda era el propio señor obispo! Ciertamente, ésta era la raíz de la cuestión y el motivo por el cual el doctor Andújar no se atrevió a enfrentarse directamente con el prelado. No quiso ponerlo en guardia ni ofenderlo. Pero tenía la certeza de que el doctor Gregorio Lascasas hubiera debido someterse a tratamiento. ¿Neurosis de angustia? ¿La agresividad que atribuía a otros? ¿Obsesión por la minuciosidad, por los archivadores metálicos, por el sexto mandamiento? No, no. Algo mucho peor que eso: soledad.

El señor obispo, según el doctor Andújar, padecía de soledad. Su temperamento autoritario lo aislaba patéticamente. Se salvaba por la acción, por el trabajo cotidiano y por su indesmayable empeño apostólico; pero el doctor Andújar había advertido en los ojos del prelado ráfagas de honda tristeza. En su opinión cometía un grave error; escasez de consejeros. Escuchaba a los canónigos, a determinadas personas, pero en el momento de tomar una decisión rompía con los demás y la tomaba desde su más estricta y personal intimidad. Quería cargar él solo con la cruz. Se había tomado demasiado a pecho su papel de pastor. De ahí sus exageraciones en su Campaña Moralizadora. Y su reiterada lectura del Apocalipsis. De ahí sus resfriados… Sí, el doctor Andújar creía a pies juntillas que los estornudos del señor obispo eran de origen psíquico.

"¡Si mosén Alberto quisiera echarme una mano!", pensaba el doctor Andújar. Porque mosén Alberto era el confesor del señor obispo. Lo fue desde el día en que éste entró en Gerona para tomar posesión de la diócesis. Pero mosén Alberto se interesaba más por la arqueología que por la neurología. A la sazón era feliz porque los miembros de la institución "Amigos de Ampurias", fundada en Barcelona, habían respaldado su antigua teoría según la cual el apóstol Santiago había desembarcado en aquel lugar para iniciar su predicación por España.

El doctor Andújar, que veía a menudo al doctor Chaos, puesto que éste, desde su drama veraniego, se había puesto en sus manos con la mejor voluntad, le dijo:

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