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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Kahlan lanzó a Richard una mirada de soslayo, pero el joven no se la devolvió.

—Nada. No nos dijo nada más. —Richard sostuvo la mirada a Zedd—. Nos dijo que la última caja del Destino se encuentra en manos de la reina Milena, en Tamarang. Nos lo dijo porque su vida también está amenazada.

Zedd clavaba en él una mirada iracunda, pero Richard no desvió la suya. Dudaba que su viejo amigo lo creyera, pero no quería confesarle lo que había dicho Shota. ¿Cómo decirle que uno o dos de ellos acabarían siendo unos traidores? ¿Que Zedd usaría el fuego mágico contra él y que Kahlan lo tocaría con su poder? Richard temía que pudiesen ser acciones justificadas; después de todo, él era quien se sabía el libro, no ellos.

—Zedd —dijo suavemente—, me dijiste que debía hallar el modo de llegar a la Tierra Central y que, una vez allí, tenías un plan. Pero cuando una bestia del inframundo te atacó y te dejó inconsciente, no sabíamos si volverías a despertar ni cuándo. No conocía tu plan, y el invierno está cerca. Tenemos que detener a Rahl el Oscuro.

»Lo he hecho lo mejor que he podido sin ti —prosiguió en tono más duro—. He perdido la cuenta de todas las veces que han estado a punto de matarnos. Todo lo que sabía era que debía localizar la caja. Kahlan me ha ayudado, y juntos descubrimos dónde está. Hemos pagado un alto precio por ello. Si no te gusta lo que hemos hecho, llévate la maldita Espada de la Verdad. ¡Ya empiezo a estar harto! ¡De todo!

El joven arrojó su plato al suelo y dio unos cuantos pasos hacia la oscuridad. Mientras daba la espalda a Zedd y a Kahlan, Richard notaba un nudo en la garganta. La imagen de la masa oscura de árboles ante él se hizo borrosa. Le sorprendió cómo la ira había crecido y se había adueñado de él. Había deseado mucho volver a ver a Zedd pero, ahora que estaba allí, se sentía enojado con él. Richard dio rienda suelta a la ira, esperando que muriera por sí misma.

Zedd y Kahlan intercambiaron una mirada.

—Sí —le dijo el mago a la mujer en voz baja—. Ya veo que se lo has dicho. —Entonces dejó el plato en el suelo y le dio una cariñosa palmadita en la espalda—. Lo siento mucho, querida.

Richard no se movió al notar la mano de Zedd sobre el hombro.

—Lo siento, hijo. Supongo que lo has pasado bastante mal.

Richard hizo un gesto de asentimiento, con la mirada fija en la negrura.

—Maté a un hombre con la espada. Con la magia de la espada.

—Bueno, te conozco —dijo Zedd tras unos instantes de silencio—. Estoy seguro de que era necesario.

—No —lo contradijo Richard con un doloroso susurro—. No era necesario. Yo creí que estaba protegiendo a Kahlan, salvándole la vida. No sabía que era una Confesora y que no necesitaba mi protección. Pero yo quería matar a ese hombre y disfruté haciéndolo.

—Sólo te lo pareció. Fue cosa de la magia.

—Yo no estoy tan seguro. No sé en qué me estoy convirtiendo.

—Richard, perdóname si te he dado la impresión de que estaba enfadado contigo. En realidad, estoy enfadado conmigo mismo. Tú lo has hecho muy bien; soy yo quien ha fallado.

—¿A qué te refieres?

—Ven y siéntate. —Zedd le dio unas cariñosas palmadas—. Os contaré lo que ha pasado.

Ambos regresaron junto al fuego bajo la atenta mirada de Kahlan, que parecía muy sola. Richard volvió a sentarse junto a ella y le dirigió una leve sonrisa, que la mujer le devolvió.

Zedd recogió su plato, lo miró con dureza y volvió a dejarlo en el suelo.

—Me temo que estamos en un buen lío —les dijo en voz baja.

Reprimiendo la réplica sarcástica que tenía en la punta de la lengua, Richard preguntó:

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué hay de tu plan?

—Mi plan —repitió el mago, torciendo el gesto. Entonces dobló las rodillas hacia el pecho y se cubrió las piernas con la túnica, formando una pequeña tienda—. Mi plan era detener a Rahl sin tener que enfrentarme con él y sin que vosotros dos tuvierais que poneros en peligro. Mi plan era que vosotros dos estuvierais a salvo mientras yo me ocupaba de todo. Pero parece que ahora vuestros planes son lo único que nos queda. No os he dicho todo lo que sé acerca de las cajas del Destino porque prefería que no supierais ciertas cosas. No era vuestro problema, sino el mío. —Zedd los miró y en sus ojos brilló una fugaz ira—. Pero supongo que ahora ya no importa.

—¿Qué es lo que no querías que supiéramos? —inquirió Kahlan, asimismo un poco enojada. Al parecer, le gustaba tan poco como a Richard enterarse de que estaban en peligro sin saberlo.

—Como ya os dije, cada una de las tres cajas tiene un propósito determinado, pero es preciso saber cuál abrir —explicó Zedd, primero con cierta renuencia—. Ésa es la parte que conozco. Todo consta en un libro llamado el Libro de las Sombras Contadas. Se trata de un libro de instrucciones para abrir las cajas, y yo soy el encargado de custodiarlo.

Richard se puso rígido y tuvo la impresión de que el colmillo que llevaba al cuello iba a darle un brinco en el pecho. Era incapaz de mover un solo músculo y apenas podía respirar.

—¿Sabes qué caja es cada cual? —preguntó Kahlan—. ¿Sabes cuál debe abrirse?

—No. Yo soy únicamente el custodio del libro. Toda esa información figura en su interior, pero yo nunca lo he leído. No sé qué caja es cada cuál, ni siquiera sé cómo averiguarlo. No podía abrir el libro y arriesgarme a que su contenido se propagara. Hubiese sido demasiado peligroso. Así pues, nunca lo hice. El Libro de las Sombras Contadas no era más que uno de los libros que guardo, pero uno muy importante.

Richard se dio cuenta de que tenía los ojos muy abiertos y parpadeó varias veces para recuperarse. Durante casi toda su vida había esperado el día en el que hallaría al custodio del libro y durante todo ese tiempo había sido Zedd. La impresión fue tal que lo tenía paralizado.

—¿Dónde estaba? —quiso saber Kahlan—. ¿Qué ha ocurrido?

—Estaba en mi alcázar, en el Alcázar del Hechicero, en Aydindril.

—¿Fuiste a Aydindril? —preguntó Kahlan, ansiosa—. ¿Cómo está Aydindril? ¿Se encuentra a salvo?

Zedd desvió la mirada.

—Aydindril ha caído.

Kahlan se llevó una mano a la boca. Los ojos se le anegaron de lágrimas mientras repetía «no».

—Me temo que es muy cierto. —El mago se quitó imaginarios hilillos de la túnica—. No les fue muy bien, pero, al menos, di a los invasores algo en qué pensar —añadió entre dientes.

—¿Y el capitán Riffkin? ¿Y los tenientes Delis y Miller? ¿Y la milicia?

Con la mirada fija en el suelo, Zedd fue meneando la cabeza negativamente mientras Kahlan pronunciaba los nombres. La mujer se llevó las manos al pecho mientras respiraba hondo y se mordía el labio. Fuesen quienes fuesen esos hombres, parecía muy afectada por las malas noticias.

—¿Qué es ese Alcázar del Hechicero? —preguntó Richard, pensando que debía decir algo para disimular la impresión sufrida.

—Es un refugio, un lugar en el que los magos conservan importantes objetos mágicos, por ejemplo libros de profecías y otros escritos aún más importantes, libros sobre magia y de instrucciones, como el Libro de las Sombras Contadas. Algunos libros se utilizan para enseñar a aprendices de magos, otros son obras de consulta y otros más son armas. También se guardan otros objetos mágicos además de libros, como la Espada de la Verdad en los intervalos entre un Buscador y otro. El alcázar está mágicamente sellado y sólo los magos pueden entrar en él. Al menos, así debía ser. Pero un intruso logró entrar. No puedo entender cómo lo logró sin que las salvaguardas mágicas lo mataran. Debió de ser Rahl el Oscuro. Él debe de tener el libro.

—Tal vez no fue Rahl el Oscuro —logró decir Richard, más tieso que un palo de escoba.

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