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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Giller le había dicho que no confiara en nadie, por lo que tenía que inventar algo. ¿Qué diría Giller?

—¡Es para mi abuela! —La niña notó que una lágrima le corría por la mejilla.

—Muy bien —dijo Richard—. Puesto que es para tu abuela, no lo tocaremos. Te lo prometemos, ¿verdad, Kahlan?

—Pues claro. Lo siento, Rachel, no lo sabíamos. Yo también lo prometo. ¿Me perdonas?

Rachel sacó la mano del bolsillo e hizo un gesto de asentimiento. Sentía tal nudo en la garganta que no podía hablar.

—Rachel, ¿dónde está tu abuela? —preguntó Richard.

La niña se quedó paralizada. En realidad, ella no tenía abuela. Trató de recordar el nombre de un lugar que hubiera oído, el nombre de lugares que hubiera oído mencionar a los consejeros de la reina. Entonces dijo el primero que se le pasó por la cabeza.

—El Molino de Horner.

Antes incluso de acabar de pronunciar estas palabras, supo que había sido un error. Tanto Richard como Kahlan pusieron cara de espanto e intercambiaron una mirada. Durante unos instantes reinó un absoluto silencio. Preguntándose qué pasaría a continuación, la niña dirigió la vista hacia los lados del pino hueco, a los espacios entre las ramas.

—Rachel, no vamos a tocar el pan para tu abuela —le aseguró Richard suavemente—. Lo prometemos.

—Ven y toma un poco más de pescado —dijo Kahlan—. Deja el pan allí. No lo tocaremos.

Rachel seguía sin moverse. Sentía deseos de salir corriendo, pero sabía que la mujer sería más rápida que ella y la atraparía. Tenía que hacer lo que Giller le había dicho: esconder la caja hasta el invierno, o cortarían la cabeza a mucha gente.

Richard cogió a Sara, se la puso en el regazo y fingió que le daba un pedazo de pescado.

—Sara se va a comer todo el pescado. Si quieres un poco más, será mejor que te acerques y lo cojas. Vamos, puedes sentarte en mi regazo y comer. ¿Qué te parece?

Rachel estudió las caras de ambos, tratando de decidir si decían la verdad. Las mujeres de pelo largo eran unas consumadas mentirosas. Pero, al mirar a Richard, no le pareció que estuviera mintiendo. Así pues, se levantó y corrió hacia él. El joven se la sentó en el regazo y le puso a Sara en la falda.

Rachel se acurrucó contra él y todos comieron pescado. La niña evitaba mirar a Kahlan. Según la princesa Violeta, a veces mirar a una mujer de pelo largo era algo incorrecto. Rachel no quería hacer nada que pudiera costarle una bofetada, ni que pudiera alejarla del regazo de Richard. Allí se estaba muy calentita y se sentía segura.

—Rachel, lo siento pero no podemos dejar que vayas al Molino de Horner —le dijo Richard—. Ya no queda nadie allí. No es seguro.

—Vale, pues entonces iré a otro sitio.

—Me temo que no hay ningún sitio seguro —intervino Kahlan—. Te llevaremos con nosotros y así estarás a salvo.

—¿Adónde?

—Nos dirigimos a Tamarang para ver a la reina —repuso Kahlan. Rachel dejó de masticar. Apenas podía respirar—. Te llevaremos con nosotros. Estoy segura de que le reina podrá encontrar a alguien que cuide de ti.

—Kahlan, ¿estás segura? —le susurró Richard—. ¿Qué hay del mago?

La mujer hizo un gesto de asentimiento y le respondió en voz baja:

—Primero nos ocuparemos de la niña y luego le arrancaré el pellejo a Giller.

Rachel se forzó a tragar para así poder respirar. ¡Lo sabía! Sabía que no podía confiar en una mujer de pelo largo. Se sentía al borde de las lágrimas. Kahlan empezaba a gustarle y Richard era tan amable… ¿Por qué era amable con Kahlan? ¿Por qué iba con una mujer mala que quería hacer daño a Giller? Seguramente era amable con ella para que no le hiciese daño, como hacía ella con la princesa Violeta. Seguramente, Richard tenía miedo a Kahlan. La niña sintió lástima por él y deseó que pudiera escaparse de la mujer como ella había escapado de la princesa. Tal vez debería hablarle a Richard de la caja, y luego ambos podrían huir de Kahlan.

No. Giller había dicho que no confiara en nadie. Quizá Richard tenía tanto miedo a Kahlan que se lo contaría. Tenía que ser valiente por Giller, por toda la otra gente. Tenía que huir.

—Ya hablaremos de eso por la mañana —repuso Kahlan—. Si queremos partir al amanecer, será mejor que durmamos un poco.

Richard asintió y abrazó a la niña.

—Yo haré la primera guardia. Tú duerme.

El joven alzó a la niña y se la tendió a Kahlan. Rachel tuvo que morderse la lengua para no gritar. Kahlan la abrazaba con fuerza. La niña bajó la mirada hacia el cuchillo de la mujer; ni siquiera la princesa tenía un cuchillo. Entonces tendió los brazos hacia Richard con un gemido. Richard sonrió y le entregó a Sara. Aunque no era eso lo que ella quería, abrazó a la muñeca con fuerza y le mordió un pie para contener las lágrimas.

—Que duermas bien, pequeña —le deseó Richard, alborotándole el cabello con gesto cariñoso.

Entonces se marchó y ella se quedó a solas con Kahlan. Rachel apretó los ojos. Tenía que ser valiente, no podía llorar. Pero no pudo evitarlo.

Kahlan la apretaba y la niña temblaba. Rachel notaba los dedos de la mujer que le acariciaban el pelo. Mientras la mecía, Rachel se fijó en un hueco oscuro en las ramas, en el otro lado del pino hueco. El pecho de Kahlan se movía levemente de un modo muy curioso, y la niña se dio cuenta con gran sorpresa de que también ella lloraba. Entonces puso su mejilla sobre la coronilla de Rachel.

Rachel empezó a creer que… pero entonces se acordó de lo que decía a veces la princesa Violeta, que el castigo dolía más a quien lo daba que a quien lo recibía. Los ojos se le salieron de las órbitas al imaginarse qué maldad tan terrible estaba planeando Kahlan que lloraba. Ni siquiera la princesa Violeta lloraba cuando la castigaba. Rachel sollozaba y se agitaba.

Kahlan retiró las manos y le secó mejillas. A la niña las piernas le temblaban tanto que no podía correr.

—¿Tienes frío? —susurró Kahlan. Por su voz, parecía que aún lloraba.

Rachel temía que, dijera lo que dijese, se ganaría un bofetón. En respuesta hizo un gesto de asentimiento, lista para cualquier cosa. Pero Kahlan simplemente sacó una manta de su mochila y las cubrió a ambas. La niña supuso que era una manera de evitar que se escapara.

—Ven, tiéndete junto a mí y te contaré un cuento. Así estaremos las dos calentitas. ¿Vale?

Rachel se tendió al lado de Kahlan, con la espalda pegada a la mujer, la cual se hizo un ovillo contra la niña y la cubrió con un brazo. La sensación era agradable, pero Rachel sabía que no era más que un truco. La cara de Kahlan estaba muy cerca de su oreja y, así tendidas una junto a la otra, la mujer le contó el cuento de un pescador que se convertía en pez. Las palabras conjuraban imágenes en su mente y, durante un rato, la niña se olvidó de sus problemas. Una vez ella y Kahlan incluso se rieron juntas. Cuando el cuento acabó, Kahlan la besó en la cabeza y luego le acarició un lado de la frente.

Rachel fingió que Kahlan no era realmente mala. Fingir no podía hacerle ningún daño. Sintiendo la caricia de aquellos dedos y la canción que Kahlan le cantaba al oído, Rachel se sentía en el séptimo cielo. La niña se dijo que así debía de ser tener una madre.

Contra su voluntad, se durmió y tuvo unos sueños maravillosos.

Se despertó en plena noche, cuando Richard despertó a Kahlan, pero se fingió dormida.

—¿Quieres seguir durmiendo con ella? —susurró Richard en voz muy baja.

Rachel contuvo la respiración.

—No —susurró a su vez Kahlan—. Haré mi guardia.

La niña la oyó ponerse la capa y salir afuera. Entonces, se fijó en la dirección hacia la que se dirigían las pisadas. Después de echar unas ramas más al fuego, Richard se tendió, cerca de Rachel. Ahora la niña veía perfectamente el interior del pino. Sabía que Richard la miraba; sentía sus ojos en la espalda. Ansiaba decirle lo mala que realmente era Kahlan y pedirle que huyera con ella. Él era un hombre tan amable… y sus abrazos eran lo mejor de todo el mundo. Richard alargó los brazos y la arropó con la manta. A la niña se le saltaron las lágrimas.

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