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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Pero los responsables de las muertes lo sabían. ¿Cómo pudieron asesinar a esas personas?

Zedd se encogió de hombros.

—Tenían un objetivo, supongo. Lo hicieron por la causa.

—Pero eso va contra la naturaleza. El asesinato es algo contra natura.

Zedd sonrió.

—El asesinato es algo muy natural, algo inherente a todos los seres vivos.

Richard sabía qué intentaba hacer Zedd: provocarlo con una afirmación escandalosa, pero al joven le hervía la sangre y no pudo evitar entrar en la controversia.

—No todos los seres vivos matan. Sólo los depredadores y lo hacen para sobrevivir. Mira esos árboles; ellos no saben nada sobre el asesinato.

—Todos los seres vivos matan. El asesinato es algo natural —repitió Zedd—. Todos los seres vivos son asesinos.

Richard miró a Kahlan en busca de apoyo.

—A mí no me mires —dijo la mujer—. Ya hace mucho tiempo que aprendí a no discutir con un mago.

Richard alzó la vista hacia el hermoso pino de gran tamaño que desplegaba sus ramas por encima de ellos, y que la luz de las llamas iluminaba. El joven se imaginó que las ramas se extendían con intenciones asesinas, luchando durante años para alcanzar la luz del sol y eliminar a los árboles vecinos, dejándolos a la sombra. Si tenía éxito, dispondría de espacio para sus vástagos, muchos de los cuales no podrían sobrevivir a la sombra de su progenitor. Varios de los vecinos más próximos del gran pino ya se veían atrofiados y débiles; eran víctimas. Zedd tenía razón: en la naturaleza había que matar para sobrevivir.

El mago escrutaba los ojos de Richard. Era una lección más; así le había enseñado desde que Richard era un mocoso.

—¿Has aprendido algo, hijo? —le preguntó.

—Sí. Sólo los más fuertes sobreviven. No hay compasión para las víctimas, sólo admiración por la fuerza del vencedor.

—Pero los seres humanos no pensamos así —protestó Kahlan, incapaz de contenerse.

—¿Ah no? —inquirió Zedd con una sonrisa zorruna y señaló un arbolito casi marchito que crecía muy cerca de donde ellos estaban—. Mira ese árbol, querida, y después a ese otro. —El mago señaló al gran pino—. Dime a cuál admiras más.

—Al grande —contestó la mujer—. Es un árbol realmente hermoso.

—¿Lo ves? Los seres humanos pensamos del mismo modo. Un árbol hermoso, has dicho. Has elegido al árbol asesino y no a la víctima. —Zedd esbozó una sonrisa triunfante—. Así funciona la naturaleza.

—Debería haber mantenido la boca cerrada —refunfuñó Kahlan.

—Puedes mantener la boca cerrada si quieres, pero no cierres tu mente. Si queremos vencer a Rahl el Oscuro, debemos comprenderlo para poder destruirlo.

—Así es como está ganando tanto territorio —dijo Richard, tamborileando con los dedos sobre el pomo de la espada—. Está dejando que otros lo hagan por él. Él les da una causa y sólo tiene que preocuparse por las cajas. Nadie se cruza en su camino.

—Muy cierto —convino con él Zedd—. Rahl usa la Primera Norma para que otros le hagan casi todo el trabajo. Por eso nuestra empresa es tan difícil. La gente lo apoya y lo obedece no porque le importe la verdad, sino porque cree lo que quiere creer y está dispuesta a luchar hasta la muerte por lo que cree, aunque sea falso.

Richard se puso en pie lentamente, con la mirada perdida en la noche.

—Durante todo este tiempo creí que luchábamos contra el mal, el mal desatado y que causaba estragos. Pero ahora resulta que de eso nada, que luchamos contra una plaga: la estupidez.

—Lo has entendido perfectamente, hijo. La estupidez.

—Dirigida por Rahl el Oscuro —apostilló Kahlan.

Zedd le lanzó una fugaz mirada.

—Si alguien hace un agujero que después se llena con agua de lluvia, ¿de quién es la culpa? ¿De la lluvia o de la persona que ha hecho el agujero? ¿Es culpa de Rahl o de las personas que hacen el agujero y permiten así que el agua de la lluvia lo llene?

—Tal vez de ambos —repuso Kahlan—. Lo cual nos deja con un montón de enemigos.

—Enemigos muy peligrosos. Los estúpidos que son incapaces de ver la verdad son mortales. Tú, como Confesora, quizá ya has aprendido la lección, ¿no? —Kahlan asintió—. Ese tipo de estúpidos no siempre hacen lo que uno espera de ellos, o lo que deberían hacer, y pueden cogerte con la guardia baja. Justamente las personas que crees que no van a causarte problemas pueden matarte en un abrir y cerrar de ojos.

—Eso no cambia nada —dijo Kahlan—. Si Rahl consigue todas las cajas y abre la correcta, él es quien nos matará a todos. Rahl sigue siendo la cabeza de la serpiente, la cabeza que debemos cortar.

El mago se encogió de hombros.

—Tienes razón. Debemos seguir con vida para tener la oportunidad de matar a esa serpiente, aunque hay muchísimas serpientes pequeñas que pueden matarnos antes a nosotros.

—Esa lección ya la hemos aprendido —intervino Richard—. Pero, como dice Kahlan, eso no cambia nada. Todavía tenemos que hacernos con la caja si queremos matar a Rahl. —Dicho esto, el joven volvió a sentarse junto a la mujer.

—Recuerda una cosa: Rahl el Oscuro puede matarte —le dijo Zedd, poniéndose muy serio y señalándolo con un huesudo dedo—, y a ti también —añadió señalando a Kahlan—, y a mí —agregó, señalándose él mismo—, muy fácilmente.

—Y, entonces, ¿por qué no lo ha hecho aún? —preguntó Richard, recostándose ligeramente.

—¿Es que tú recorres una habitación para matar todas las moscas que hay dentro? —replicó Zedd, enarcando una ceja—. No. No les haces ni caso porque no merecen tu atención. Hasta que te pican. Entonces las aplastas. —El mago se inclinó hacia ellos dos y agregó—: Nosotros vamos a picarlo.

Richard y Kahlan se miraron de soslayo.

—La Primera Norma de un mago. —Richard notó que una gota de sudor le corría por la espalda—. No la olvidaré.

—Y no debes repetirla ante nadie —le advirtió el mago—. Únicamente los magos deben conocer sus normas. Es posible que a ti te parezcan normas cínicas o triviales, pero son poderosas armas si sabes cómo usarlas, porque son verdaderas. La verdad es poder. A vosotros dos os la he dicho porque soy el mago principal y creo que es importante que la entendáis. Debéis saber qué está haciendo Rahl, puesto que somos nosotros quienes debemos detenerlo.

Tanto Richard como Kahlan asintieron, en signo juramento.

—Es tarde. —Zedd bostezó—. He viajado mucho tiempo para alcanzaros. Seguiremos hablando más tarde.

—Yo haré la primera guardia —propuso Richard. Tenía algo que hacer y quería hacerlo antes de que sucediera nada más—. Usa mis mantas, Zedd.

—Muy bien. Yo haré la segunda guardia. —La segunda guardia de tres era la más pesada, pues partía el sueño en dos. Kahlan quiso protestar, pero el mago la atajo diciéndole—: Yo lo he dicho antes, querida.

Richard señaló hacia el afloramiento rocoso en el que pensaba apostarse, tras lo cual exploró la zona y se encaminó hacia allí. En su cabeza giraban miles de pensamientos, entre los cuales destacaba uno claramente. La noche era silenciosa y fría, aunque sin llegar a ser desagradable. El joven avanzaba entre los árboles con la capa abierta, con toda su atención centrada en la meta hacia la que se dirigía. Los animales nocturnos se lanzaban llamadas unos a otros, pero el joven apenas oía nada. En un momento dado, trepó a lo alto de una peña y miró detenidamente hacia atrás, a través de los huecos entre los árboles, y contempló el fuego hasta que vio que sus amigos se envolvían en las mantas. Entonces, se bajó de la peña y continuó caminando hacia el rumor del agua.

Al llegar a la orilla, miró a su alrededor hasta que localizó una rama del tamaño adecuado. Richard recordó que Zedd le había dicho que debía tener la valentía de hacer todo lo necesario para lograr su propósito y que debía estar preparado para matar incluso a uno de ellos para conseguirlo. El joven conocía a Zedd y sabía que el mago no hablaba por hablar, sino que iba muy en serio. También sabía que Zedd era perfectamente capaz de matarlo a él o, aún más importante, a Kahlan.

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