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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Rachel oyó cómo se tendía de espaldas y se cubría con la manta. Esperó hasta que oyó su respiración regular, lo que indicaba que se había dormido. Sólo entonces se deslizó fuera de la manta.

36

Kahlan se volvió expectante cuando Richard apartó bruscamente una rama para entrar en el interior del pino. Una vez dentro, se dejó caer delante del fuego, atrajo hacia sí su mochila y empezó a meter sus cosas en ella sin ningún cuidado.

—¿Y bien?

—He encontrado sus huellas, hacia el oeste, por donde vino —contestó Richard, lanzando a la mujer una mirada de enojo—. Van a dar al sendero, a unos pocos cientos de metros de aquí. Hace horas que se ha marchado. Salió por ahí —añadió, señalando el suelo de la parte posterior del pino—. He rastreado a hombres que no querían ser hallados y sus rastros eran más claros. La niña anda por encima de raíces, rocas y, además, es tan ligera que no deja huellas donde otros lo harían. ¿Te fijaste en sus brazos?

—Tenía magulladuras causadas por una vara.

—No, yo me refería a los arañazos.

—No vi ninguno.

—Exactamente. Tenía abrojos enganchados en el vestido, lo que indica que había atravesado zarzales, pero no presentaba arañazos en los brazos. Tiene la piel tan delicada que procura evitar rozar cosas. Un adulto se limitaría a abrirse paso y dejaría tras de sí un rastro de ramitas dobladas o rotas. Pero ella casi nunca toca nada. Deberías ver el rastro que he dejado yo siguiendo el suyo a través de los matorrales; incluso un ciego podría seguirlo. Pero ella se mueve por la maleza como una ráfaga de aire. Incluso en el sendero me costó mucho localizar sus huellas. Al ir descalza, evita pisar agua o barro, porque le da frío en los pies, de modo que pisa donde está seco, o sea, donde no deja huellas.

—Debería haberla visto irse.

Richard se dio cuenta de que Kahlan creía que él le echaba la culpa y lanzó un suspiro de exasperación.

—No es culpa tuya, Kahlan —le dijo—. Aunque hubiese sido yo quien montaba guardia, tampoco la habría visto marcharse. No quería que la viéramos. Es una niña muy lista.

—Pero podrás seguir el rastro, ¿verdad? —replicó la mujer, a quien las palabras de su compañero no consolaban en absoluto.

—Sí —contestó éste, mirándola de soslayo—. He encontrado esto en el bolsillo de mi camisa, junto al corazón. —El joven se llevó una mano al pecho y sacó el mechón de cabellos de Rachel atados con el tallo de planta—. Me lo ha dejado como recuerdo —comentó, retorciendo el mechón entre los dedos.

—Es culpa mía —declaró Kahlan, con rostro ceniciento. Con estas palabras salió del pino. Richard trató de detenerla, agarrándola del brazo, pero ella se desasió.

Richard dejó la mochila a un lado y la siguió. Kahlan estaba fuera, con los brazos cruzados bajo los pechos y dándole la espalda. Tenía la mirada fija en el bosque.

—Kahlan, no es culpa tuya.

—Sí lo es. Ha sido mi pelo. ¿No viste el miedo en sus ojos cuando lo miraba? He visto ese mismo miedo miles de veces. ¿Tienes idea de lo que es asustar a la gente, incluso a los niños, siempre? —Richard no contestó—. Richard, córtame el pelo.

—¿Qué?

—Por favor, córtame el pelo —repitió Kahlan, mirándolo con expresión suplicante.

El joven percibió el dolor que reflejaban sus ojos.

—¿Por qué no te lo cortas tú misma?

—Porque no puedo —respondió Kahlan, dándole de nuevo la espalda—. La magia impide a una Confesora que se corte ella misma el pelo. Cuando lo intenta, siente un dolor tan intenso que no puede continuar.

—¿Cómo es posible?

—¿Recuerdas el dolor que te causó la magia de la espada cuando mataste con ella por primera vez? Es el mismo tipo de dolor. Me haría perder el sentido antes de poder cortarme el pelo. Lo he intentado sólo una vez. Todas las Confesoras lo intentan una vez. Pero sólo una. Cuando el pelo crece demasiado, otra persona tiene que cortárnoslo un poco, pero nadie osaría cortarlo por completo. ¿Lo harás por mí? —le preguntó, mirándolo a los ojos—. ¿Me cortarás el pelo?

Richard esquivó la mirada de la mujer para posar los ojos en el cielo azul grisáceo, que empezaba a iluminarse. Trataba de comprender qué sentía él y qué debía de estar sintiendo ella. Había tantas cosas que aún desconocía de Kahlan. Su vida, su mundo, eran un misterio para él. En el pasado lo había querido saber todo de ella, pero ahora era consciente de que eso era imposible; entre ellos se abría un abismo de magia. De magia que parecía hecha adrede para mantenerlos alejados.

—No —contestó al fin, volviéndose hacia ella.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque te respeto por lo que eres. La Kahlan que conozco no querría engañar a los demás tratando de fingir que es menos de lo que es. Podrías engañar a unas cuantas personas, pero nada cambiaría. Tú eres quien eres: la Madre Confesora. Sólo podemos ser quienes somos, ni más ni menos. —Aquí sonrió—. Así me lo dijo una vez una mujer muy sabia, una amiga mía.

—Cualquier hombre estaría encantado de cortar el pelo a una Confesora.

—Pues yo no. Yo soy tu amigo.

Kahlan hizo un gesto de asentimiento. Todavía tenía los brazos cruzados sobre el estómago.

—Debe de tener frío —comentó—. Ni siquiera se ha llevado una manta.

—Ni comida, aparte del pan que, por alguna razón, prefiere no tocar aunque se esté muriendo de hambre.

—Comió más que tú y yo juntos —dijo ella, sonriendo al fin—. Al menos, tiene la barriga llena. Richard, cuando llegue al Molino de Horner…

—No se dirige al Molino de Horner.

—Pero allí es donde vive su abuela.

El joven negó con la cabeza.

—No tiene ninguna abuela. Cuando dijo que su abuela vivía en el Molino de Horner, y yo le dije que no podía ir allí, ni siquiera parpadeó. Simplemente dijo que iría a otro lugar. No le dio ninguna importancia, no preguntó sobre su abuela ni protestó. Está huyendo de algo.

—¿Huyendo? Tal vez de quien le ha hecho esas magulladuras en los brazos.

—Y también en la espalda. Cada vez que con la mano le rozaba una, se estremecía, pero no decía nada. Deseaba tanto que alguien la abrazara… —Kahlan frunció la frente, preocupada—. Yo diría que está huyendo de quien le cortó el pelo a trasquilones.

—¿El pelo?

—Sí. Era como una especie de marca, tal vez de propiedad. Quien corta el pelo a otra persona de ese modo pretende enviar un mensaje. Especialmente en la Tierra Central, donde todo el mundo presta mucha atención a la longitud del cabello. Era deliberado, un mensaje de que alguien ejercía poder sobre ella. Por eso se lo arreglé, para librarla de esa marca.

Kahlan se quedó con la mirada perdida.

—Por eso se alegró tanto de que se lo cortaras igualado —musitó.

—Pero presiento que hay algo más; no está huyendo simplemente. Rachel miente con más naturalidad que un fullero, con la naturalidad de alguien que tiene un motivo muy poderoso.

—¿Por ejemplo? —Los ojos de Kahlan volvieron a posarse en el joven.

—No lo sé. —Richard suspiró—. Pero tiene algo que ver con ese pan.

—¿El pan? ¿Lo crees de verdad?

—No tenía zapatos, ni capa, nada, excepto la muñeca. La muñeca es su posesión más preciada y, no obstante, nos dejó tocarla. Pero no permitió que nos acercáramos al pan. Yo no sé mucho acerca de la magia en la Tierra Central, pero allí de donde vengo una niña no valora más un pan que una muñeca, y no creo que aquí las cosas sean muy distintas. ¿Te fijaste en la expresión de sus ojos cuando trataste de coger el pan y ella te lo impidió? Si hubiese tenido un cuchillo, y tú no hubieras cedido, lo habría usado contra ti.

—Richard, no creerás eso realmente de una niña —lo reprendió la mujer—. Es imposible que dé tanta importancia a un pan.

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