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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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«No confía en nadie —reflexionó—. Y puede que tenga razón.»

Cuando Dany levantó la copa para beber, Rhaegal olisqueó el vino y echó la cabeza hacia atrás con un siseo.

—Vuestro dragón tiene buen olfato. —Xaro se limpió los labios—. Este vino es vulgar. Se dice que al otro lado del mar de Jade tienen una cosecha dorada tan deliciosa que con sólo probar un sorbo el resto de los vinos saben a vinagre. Subamos a mi barcaza de paseo y vayamos a buscarlo, vos y yo…

—El mejor vino del mundo es el del Rejo —declaró Dany. Lord Redwyne había combatido al Usurpador al lado de su padre, recordaba que había sido uno de los últimos leales. «¿Luchará también por mí?» No había manera de saberlo después de tantos años—. Venid conmigo al Rejo, Xaro, y probaréis las mejores cosechas que podáis imaginar. Pero para ese viaje necesitaremos un barco de guerra, no una chalana de paseo.

—No tengo barcos de guerra. La guerra es mala para el comercio. Os he dicho muchas veces que Xaro Xhoan Daxos es un hombre amante de la paz.

«Xaro Xhoan Daxos es un hombre amante del oro —pensó ella—, y con oro podré comprar todos los barcos y espadas que necesito.»

—No os he pedido que empuñéis una espada, sólo que me prestéis vuestros barcos.

—Sí, barcos mercantes tengo unos pocos. —El hombre sonrió con modestia—. Quién sabe cuántos. Puede que en este momento se esté hundiendo uno en algún rincón tormentoso del mar del Verano. Mañana caerá otro presa de los corsarios. Puede que al otro, alguno de mis capitanes vea todas las riquezas que hay en la bodega y crea que le pertenecen. Son los riesgos del comercio. Ahora que lo pienso, cuanto más hablamos menos barcos me quedan. Me empobrezco por momentos.

—Dadme barcos y os haré rico de nuevo.

—Casaos conmigo, luz brillante, y tripulad el barco de mi corazón. Por las noches no puedo dormir pensando en vuestra belleza.

Dany sonrió. Las floridas declaraciones de pasión de Xaro le parecían divertidas, pero su actitud contradecía sus palabras. Mientras que Ser Jorah había parecido incapaz de apartar los ojos de su pecho desnudo cuando la ayudaba a subir al palanquín, Xaro ni se había fijado, y eso que compartían aquel espacio tan reducido. Y no había dejado de notar la presencia de los atractivos muchachitos que siempre rodeaban al príncipe mercader y revoloteaban por los salones de su palacio ataviados con sedas transparentes.

—Vuestras palabras son dulces, Xaro, pero en ellas oigo otro no.

—Ese trono de hierro del que habláis parece monstruosamente frío y duro. No soporto pensar en esas puntas afiladas que cortarán esta dulce piel. —Las joyas que adornaban la nariz de Xaro lo hacían parecer un pájaro extraño y brillante. Hizo un movimiento lánguido con los largos dedos—. Que vuestro reino sea éste, reina exquisita entre las exquisitas, y dejad que yo sea vuestro rey. Si queréis os daré un trono de oro. Cuando Qarth nos hastíe, podremos viajar a Yi Ti y buscar la ciudad de ensueño de los poetas, donde beberemos el vino de la sabiduría en el cráneo de un hombre muerto.

—Voy a ir en barco a Poniente, y allí beberé el vino de la venganza en el cráneo del Usurpador. —Rascó a Rhaegal debajo de un ojo, y el dragón desplegó las alas verde jade, sacudiendo el aire quieto dentro del palanquín.

—¿No hay nada que pueda apartaros de esa locura? —Una lágrima solitaria y perfecta descendía por la mejilla de Xaro Xhoan Daxos.

—Nada —respondió, deseando estar tan segura como indicaban sus palabras—. Si cada uno de los Trece me prestara diez barcos…

—Tendríais ciento treinta naves, y nadie que las tripulara. La justicia de vuestra causa no significa nada para el pueblo de Qarth. ¿Por qué debería importar a mis marineros quién se sienta en el trono de un reino que está al otro lado del mundo?

—Les pagaré para que les importe.

—¿Con qué moneda, dulce estrella de mi corazón?

—Con el oro que traen los que vienen a ver los dragones.

—Es posible —reconoció Xaro—, pero para que les importe mucho tendréis que pagarles mucho. Mucho más incluso que yo, y todo Qarth se burla de lo ruinoso de mi generosidad.

—Si los Trece no me dan su ayuda, tal vez tenga que pedírsela al Gremio de Especieros o a la Hermandad de la Turmalina.

—No os darán otra cosa que adulación y mentiras —dijo Xaro, encogiéndose de hombros con gesto lánguido—. Los Especieros son hipócritas y fanfarrones, y la Hermandad está llena de piratas.

—En ese caso, tendré que escuchar el consejo de Pyat Pree y acudir a los brujos.

El príncipe mercader se incorporó bruscamente.

—Pyat Pree tiene los labios azules, y se dice y es verdad que de los labios azules sólo salen mentiras. Escuchad las palabras sabias de quien os ama. Los brujos son criaturas malévolas que comen polvo y beben sombras. No os darán nada, porque nada tienen para dar.

—No tendría que pedir ayuda a hechiceros si mi amigo Xaro Xhoan Daxos me diera lo que necesito.

—Os he dado mi hogar y mi corazón, ¿eso no significa nada para vos? Os he dado perfumes y granadas, monos saltarines y serpientes, pergaminos de la desaparecida Valyria, una cabeza de ídolo y una pata de serpiente. Os he dado este palanquín de ébano y oro, y la pareja de bueyes que tiran de él, a juego, uno blanco como el marfil y otro negro como el azabache, con incrustaciones de piedras preciosas en los cuernos.

—Sí —dijo Dany—, pero lo que yo quería eran barcos y soldados.

—¿Acaso no os he dado un ejército a vos, la más dulce de las mujeres? Un millar de caballeros, cada uno con su brillante armadura.

Las armaduras eran de oro y plata, y los caballeros de jade, berilio y ónice, de turmalina, ámbar, ópalo y amatista, todos del tamaño de su dedo meñique.

—Un millar de preciosos caballeros —dijo—, pero no de los que infunden temor en el corazón de mis enemigos. Y los bueyes no pueden llevarme por el agua, que es lo que… ¿por qué nos detenemos?

Los bueyes habían aminorado la marcha de manera perceptible.

Khaleesi —la llamó Aggo a través de los cortinajes del palanquín detenido.

Dany se apoyó sobre un codo para asomarse. Estaban en los límites del bazar, y el camino estaba bloqueado por una muralla de gente.

—¿Qué miran?

—Es un mago de fuego, khaleesi —contestó Jhogo mientras retrocedía a caballo.

—Quiero verlo.

—Lo veréis.

El dothraki le ofreció la mano para ayudarla. Dany la aceptó, y él la izó para sentarla a lomos de su caballo, delante de él, desde donde podía verlo todo por encima de las cabezas de la multitud. El mago de fuego había conjurado en el aire una escalerilla de llamas anaranjadas y crepitantes, que se alzaba sin apoyo alguno sobre el suelo del bazar y se tendía hacia el alto enrejado del techo.

Se fijó en que la mayoría de los espectadores no eran de la ciudad: vio marineros de barcos mercantes, comerciantes que habían llegado en las caravanas, hombres polvorientos del desierto rojo, soldados errantes, artesanos, esclavistas… Jhogo la sujetó por la cintura y se acercó más a ella.

—Los Hombres de Leche lo rehuyen, khaleesi. ¿Veis a la chiquilla del sombrero de fieltro? Aquella, la que está tras el sacerdote gordo. Es una…

—Ratera —terminó Dany. No era ninguna dama consentida, ciega a aquellas cosas. Había visto muchos rateros en las calles de las Ciudades Libres, durante los años que había pasado con su hermano, siempre huyendo de los asesinos a sueldo del Usurpador.

El mago gesticulaba, hacía que las llamas subieran más y más con cada movimiento amplio de los brazos. Los espectadores inclinaban la cabeza hacia atrás para ver mejor, y los rateros se movían entre el público con navajitas en las palmas de las manos para cortar los cordones de las bolsas. Con una mano descargaban a los adinerados del peso de sus monedas, mientras con la otra señalaban hacia arriba.

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