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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Aunque Illyrio fuera el amigo leal que pensáis —insistió el caballero tercamente—, no tiene poder suficiente para llevaros al trono, igual que no pudo llevar a vuestro hermano.

—Es rico —replicó ella—. Puede que no tanto como Xaro, pero sí lo suficiente para alquilar barcos y hombres para mi causa.

—Los mercenarios son útiles en ocasiones —reconoció Ser Jorah—, pero no podréis reconquistar el trono de vuestro padre con la chusma de las Ciudades Libres. Nada une más un reino desmembrado que ver un ejército invasor en su territorio.

—Soy su reina legítima —protestó Dany.

—Sois una desconocida que pretende llegar a sus playas con un ejército de extranjeros que ni siquiera hablan la lengua común. Los señores de Poniente no os conocen, y tienen todos los motivos del mundo para temeros y desconfiar de vos. Antes de haceros a la mar tendréis que ganároslos. Al menos a unos cuantos.

—¿Y cómo lo conseguiré si sigo vuestro consejo y voy hacia el este?

El caballero se comió una aceituna y escupió el hueso en la palma de la mano.

—No lo sé, Alteza —reconoció—. Pero sí sé que, cuanto más tiempo permanezcáis en un lugar, más fácil será para vuestros enemigos encontraros. El nombre de los Targaryen todavía les inspira temor, tanto como para que enviaran a un hombre a mataros cuando supieron que estabais embarazada. ¿Qué harán cuando se enteren de que tenéis dragones?

Drogon estaba enroscado bajo el brazo de Dany, caliente como una piedra que se hubiera dejado expuesta al sol todo el día. Rhaegal y Viserion se peleaban por un pedacito de carne, se golpeaban el uno al otro con las alas, y les salía humo siseante de las fosas nasales.

«Mis coléricos hijos —pensó—. No permitiré que les pase nada.»

—El cometa me trajo a Qarth por algún motivo. Pensaba que aquí encontraría mi ejército, pero parece que no será así. ¿Qué me queda por hacer? —«Tengo miedo, pero he de ser valiente»—. Venid mañana, os enviaré a visitar a Pyat Pree.

TYRION

La niña no lloró en ningún momento. Myrcella Baratheon era muy joven, pero también era princesa. «Y Lannister, a pesar de su nombre —se recordó Tyrion—. Tiene tanto de Jaime como de Cersei.»

Sí, su sonrisa era un poco trémula al despedirse de sus hermanos en la cubierta de la Marveloz, pero la niña sabía qué tenía que decir, y lo dijo con valor y dignidad. Cuando llegó el momento de la separación, el que lloró fue el príncipe Tommen, y Myrcella lo tuvo que consolar.

Tyrion contempló la despedida desde la cubierta de la Martillo del rey Robert, una gran galera de guerra de cuatrocientos remos. La Martillo de Rob, como la llamaban los remeros, sería el elemento principal de la escolta de Myrcella. También la acompañarían en su viaje la Estrellaleón, la Viento bravo y la Lady Lyanna.

No se sentía nada tranquilo al desprenderse de una parte nada desdeñable de su flota, ya de por sí insuficiente y mermada por la pérdida de todos los barcos que habían navegado con Lord Stannis hacia Rocadragón y no regresaron nunca. Pero Cersei se negó en redondo a reducir la escolta. Quizá en aquello tuviera razón. Si los piratas capturaban a la niña antes de que llegara a Lanza del Sol, la alianza dorniense se desmoronaría. Hasta el momento Doran Martell no había hecho nada aparte de mover sus ejércitos hacia los pasos más altos, donde la amenaza de la guerra podría hacer que algunos señores de las Marcas se replantearan sus lealtades y dieran tregua a Stannis en su avance hacia el norte. Pero no era más que una estratagema. Los Martell no se embarcarían en la guerra a menos que hubiera un ataque contra Dorne, y Stannis no era tan idiota como para eso. «Aunque puede que algunos de sus vasallos sí lo sean —reflexionó Tyrion—. He de tenerlo en cuenta.»

Carraspeó para aclararse la garganta.

—Ya conocéis vuestras órdenes, capitán.

—Así es, mi señor. Debemos navegar cerca de la costa, sin perder de vista tierra firme, hasta llegar a Punta Zarpa Rota. Desde allí cruzaremos el mar Angosto hacia Braavos. Bajo ningún concepto debemos acercarnos a Rocadragón.

—¿Y si pese a todo nuestros enemigos dieran con vosotros por casualidad?

—Si se tratara sólo de un barco, debemos escapar o destruirlo. Si son más, la Viento bravo se unirá a la Marveloz para protegerla mientras el resto de la flota presenta batalla.

Tyrion asintió. Si pasaba lo peor, la pequeña Marveloz sería capaz de escapar de casi cualquier perseguidor. Era un barco pequeño de velas muy grandes, más rápido que ninguna otra nave de la flota de guerra, o al menos eso aseguraba su capitán. Una vez llegara a Braavos, Myrcella estaría a salvo. Le había elegido a Ser Arys Oakheart como escudo juramentado, y el braavosi tenía instrucciones de llevarla el resto del camino hasta Lanza del Sol. Ni siquiera Lord Stannis se atrevería a despertar las iras de la más grande y poderosa de las Ciudades Libres. Ir de Desembarco del Rey a Dorne pasando por Braavos no era una ruta directa ni mucho menos, pero sí segura… o eso esperaba Tyrion.

«Si Lord Stannis se enterase de esto, no podría elegir mejor momento para caer sobre nosotros con toda su flota.» Tyrion miró hacia el punto donde el Aguasnegras desembocaba en la bahía del mismo nombre, y sintió alivio al ver que no había ni rastro de velas en el amplio horizonte verde. Según los últimos informes, la flota Baratheon seguía anclada ante Bastión de Tormentas, donde Ser Cortnay Penrose aún desafiaba a los asediantes en nombre del difunto Renly. Mientras, casi habían terminado tres cuartas partes de las torres con poleas de Tyrion. En aquellos mismos instantes los hombres izaban pesados bloques de piedra para ponerlos en sus lugares correspondientes, y sin duda lo maldecían por obligarlos a trabajar durante las celebraciones. Que lo maldijeran cuanto quisieran.

«Dos semanas más, Stannis, es todo lo que pido. Dos semanas más y habré terminado.»

Tyrion observó cómo su sobrina se arrodillaba ante el Septon Supremo para que le diera sus bendiciones para el viaje. El ruido que había en la ribera hacía imposible oír las plegarias. Esperaba que los dioses tuvieran mejor oído. El Septon Supremo era gordo como una casa, y más pomposo y altisonante que el propio Pycelle.

«Ya basta, viejo, termina de una vez —pensó Tyrion irritado—. Los dioses no tienen todo el día para escucharte, y yo tampoco.»

Cuando por fin terminaron los canturreos y las salmodias, Tyrion se despidió del capitán de la Martillo de Rob.

—Llevad sana y salva a mi sobrina a Braavos, y cuando regreséis os estará aguardando un título de caballero —le prometió.

Al bajar por la plancha hacia el atracadero, Tyrion sentía las miradas rencorosas clavadas en él. La galera se mecía con el movimiento de las olas, y su andar anadeante era peor que nunca. «Seguro que se están burlando de mí. —No se atrevían a hacerlo de manera abierta, claro, aunque distinguía murmullos por encima del crujido de la madera y las sogas, y del sonido de las aguas del río contra los pilares—. No me quieren —pensó—. Y no es de extrañar, soy feo y estoy bien alimentado, mientras que ellos pasan hambre.»

Bronn lo escoltó entre la multitud para ir a reunirse con su hermana y los hijos de ésta. Cersei no le hizo el menor caso, y prefirió dedicar todas las sonrisas a su primo. Tyrion vio cómo hechizaba a Lancel con unos ojos tan verdes como el collar de esmeraldas que colgaba en torno al níveo cuello esbelto, y sonrió para sus adentros. «Conozco tu secreto, Cersei», pensó. En los últimos días su hermana había visitado a menudo al Septon Supremo, para que los dioses la bendijeran en la inminente batalla contra Lord Stannis… o eso era lo que quería hacerle creer. Lo cierto era que, tras una breve visita al Gran Sept de Baelor, Cersei se cubría con una sencilla capa marrón de viaje, y se escabullía para ir a reunirse con cierto caballero errante con el nombre de Ser Osmund Kettleblack, y sus dos hermanos igualmente desabridos, Osney y Osfryd. Lancel le había hablado de ellos. Cersei pensaba utilizar a los Kettleblack para comprar un ejército de mercenarios que le fueran leales.

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