Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Padre. —Le dio un beso—. He vuelto.
Pareció reconocerla.
—Has venido —dijo en un susurro casi inaudible, apenas sin mover los labios.
—Sí —dijo—. Robb me envió al sur, pero he vuelto en cuanto he podido.
—Al sur… adónde… ¿el Nido de Águilas está al sur, pequeña? No recuerdo… oh, dioses, tenía miedo de que… ¿me has perdonado, mi niña? —Le corrieron las lágrimas por las mejillas.
—No has hecho nada que te tenga que perdonar, padre. —Le acarició el pelo blanco y lacio, y le tocó la frente febril. Seguía ardiendo, pese a todas las pócimas del maestre.
—Fue lo mejor —susurró su padre—. Jon es un buen hombre, es bueno… fuerte, amable… te cuidará… te cuidará bien… y es de noble cuna, hazme caso, tienes que hacerme caso… soy tu padre… te casarás al mismo tiempo que Cat, sí…
«Cree que soy Lysa —comprendió Catelyn—. Dioses misericordiosos, habla como si aún no nos hubiéramos casado.» Las manos de su padre se aferraron a las suyas, aleteando como un par de pájaros blancos asustados.
—Ese chico… ese mozalbete miserable… no me menciones su nombre, tu deber… tu madre habría… —Lord Hoster gritó, presa de un espasmo de dolor—. Oh, dioses misericordiosos, perdóname, perdóname. Mi medicina…
El maestre Vyman llegó a toda prisa y le acercó una copa a los labios. Lord Hoster sorbió la espesa pócima blanca con tanta ansiedad como un bebé la leche del pecho de su madre, y Catelyn vio cómo volvía a quedarse tranquilo.
—Ahora va a dormir, mi señora —dijo el maestre cuando hubo vaciado la copa.
La leche de la amapola había dejado una gruesa película blancuzca en torno a la boca de su padre. El maestre Vyman limpió los labios con una manga.
Catelyn no soportó quedarse allí ni un instante más. Hoster Tully había sido un hombre fuerte y orgulloso. Le dolía verlo reducido a aquello. Salió a la terraza. El patio, abajo, estaba abarrotado de refugiados y el ruido era caótico, pero más allá de las murallas los ríos discurrían limpios, puros, eternos…
«Ésos son sus ríos, y pronto volverá a ellos para hacer su último viaje.»
El maestre Vyman la había seguido.
—Mi señora —dijo en voz baja—, no podré demorar el final mucho más. Deberíamos enviar un jinete a buscar a su hermano. Ser Brynden querrá estar aquí.
—Sí —dijo Catelyn con la voz rota de pena.
—¿Y también Lady Lysa?
—Lysa no vendrá.
—Puede que, si vos misma le escribís un mensaje…
—Si eso os place, pondré unas palabras sobre un papel.
Se preguntaba quién sería el «mozalbete miserable» de Lysa. Algún joven escudero, o un caballero errante, probablemente… Aunque, por la vehemencia con que Lord Hoster se había opuesto a él, también podía tratarse del hijo de algún mercader, de un aprendiz bastardo o hasta de un bardo. A Lysa siempre le habían gustado demasiado los bardos.
«No la puedo culpar. Por noble que fuera, Jon Arryn tenía veinte años más que nuestro padre.»
La torre que le había destinado su hermano era la misma que había compartido con Lysa cuando eran doncellas. Sería grato volver a dormir en un lecho de plumas, con un fuego caliente en la chimenea. Cuando descansara el mundo le parecería menos sombrío.
Pero junto a las habitaciones de su padre la estaba esperando Utherydes Wayn, con dos mujeres vestidas de gris y con las caras cubiertas de manera que sólo se les veían los ojos. Catelyn adivinó al instante por qué estaban allí.
—¿Ned?
Las hermanas bajaron la vista.
—Ser Cleos lo ha traído de Desembarco del Rey, mi señora —dijo Utherydes.
—Llevadme junto a él —ordenó.
Lo habían depositado sobre una mesa, cubierto con un estandarte, el estandarte blanco de la Casa Stark, con su blasón del lobo huargo.
—Quiero verlo —dijo Catelyn.
—Sólo quedan los huesos, mi señora.
—Quiero verlo —repitió.
Una de las hermanas silenciosas retiró el estandarte.
«Huesos —pensó Catelyn—. Éste no es mi Ned, no es el hombre al que amé, el padre de mis hijos.» Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, dedos esqueléticos cerrados en torno al puño de una espada larga, pero aquéllas no eran las manos de Ned, tan fuertes, tan llenas de vida. Habían vestido los huesos con el jubón de Ned, el de hermoso terciopelo blanco con el lobo huargo bordado sobre el corazón, pero no quedaba nada de la carne cálida sobre la que había recostado la cabeza tantas y tantas noches, ni de los brazos que la habían estrechado. La cabeza volvía a estar unida al cuerpo con alambre de plata, pero todos los cráneos se parecían, y en aquellas órbitas vacías no encontró ni rastro de los ojos gris oscuro de su señor, unos ojos que podían ser suaves como la niebla o duros como la piedra. «Los ojos se los echaron a los cuervos», recordó.
—Ésa no es su espada —dijo Catelyn apartándose.
—No nos han devuelto a Hielo, mi señora —dijo Utherydes—. Sólo los huesos de Lord Eddard.
—Me imagino que tendría que dar las gracias a la reina.
—Dádselas al Gnomo, mi señora. Fue cosa suya.
«Algún día les daré las gracias a todos ellos.»
—Os agradezco vuestros servicios, hermanas —dijo Catelyn—, pero tengo que encomendaros otra tarea. Lord Eddard era un Stark, y sus huesos deben reposar en Invernalia. —«Harán una estatua que se parezca a él, una figura de piedra que se sentará en la oscuridad con un lobo huargo a los pies y una espada cruzada sobre las rodillas»—. Aseguraos de que las hermanas tengan caballos descansados y cualquier otra cosa que necesiten para el viaje —dijo a Utherydes Wayn. Bajó la vista hacia los huesos, todo lo que le quedaba de su señor, de su amado—. Y ahora, dejadme a solas. Esta noche quiero estar a solas con Ned.
Las mujeres de gris inclinaron las cabezas. «Las hermanas silenciosas no hablan con los vivos —pensó Catelyn con la mente entumecida—, pero hay quien dice que pueden hablar con los muertos.» Cuánto las envidiaba…
DAENERYS
Los cortinajes la aislarían del polvo y del calor de las calles, pero no podrían mantener fuera la decepción que sentía. Dany se subió a la litera, cansada, y se alegró de poder resguardarse del mar de ojos qarthianos.
—Abrid paso —gritó Jhogo desde su caballo a la multitud, al tiempo que hacía restallar el látigo—. ¡Abrid paso, abrid paso a la Madre de Dragones!
Xaro Xhoan Daxos, recostado sobre frescos cojines de raso, sirvió vino tinto color rubí en un par de copas de jade y oro, con manos firmes y seguras pese al bamboleo del palanquín.
—Veo una profunda tristeza escrita en vuestro rostro, mi luz de amor. —Le ofreció una de las copas—. ¿Acaso se trata de la tristeza de un sueño perdido?
—Un sueño demorado, nada más.
La gargantilla de plata que Dany llevaba al cuello le apretaba mucho. Se la desabrochó y la tiró a un lado. Estaba engastada con las amatistas encantadas que, según juraba Xaro, la protegerían de todos los venenos. Los Sangrepura tenían fama de ofrecer vino envenenado a los que consideraban peligrosos, pero a Dany no le habían ofrecido ni un vaso de agua.
«No me han visto como a una reina —pensó con amargura—. Sólo he sido su diversión de una tarde, una chica caballo con una mascota rara.»
Cuando Dany extendió una mano para coger el vino, Rhaegal siseó y le clavó las afiladas garras negras en el hombro desnudo. Ella hizo una mueca y se cambió el dragón de hombro, para que estuviera posado sobre el vestido y no sobre la piel. Iba ataviada según las costumbres qarthianas. Xaro le había advertido que los Entronizados jamás escucharían a una dothraki, de modo que había acudido ante ellos envuelta en seda verde, con un pecho al aire, sandalias plateadas en los pies y una ristra de perlas blancas y negras en torno a la cintura. «Para la ayuda que me han ofrecido tanto habría dado que fuera desnuda. Quizá habría sido mejor.» Bebió un largo trago. El vino sabía a fruta y a cálidos días de verano.