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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Entre el Forca Roja y el Piedra Caída, se unieron a un grupo de aldeanos que iba en busca de la seguridad de Aguasdulces. Algunos guiaban animales ante ellos, otros tiraban de carretas… pero todos abrieron paso a Catelyn y la aclamaron con vítores de «¡Tully!» o «¡Stark!». A menos de un kilómetro del castillo atravesaron un gran campamento en el que el estandarte escarlata de los Blackwood ondeaba sobre la tienda del señor. Lucas pidió permiso para quedarse allí y buscar a su padre, Lord Tytos. Los demás siguieron a caballo.

Catelyn divisó un segundo campamento situado a lo largo de la orilla norte del Piedra Caída, con unos estandartes conocidos que ondeaban al viento: la doncella bailando de Marq Piper, el labrador de Darry y las dos serpientes entrelazadas, roja y blanca, de los Paege. Todos eran vasallos de su padre, señores del Tridente. La mayoría habían abandonado Aguasdulces antes de su partida, para ir a defender sus tierras. Si estaban allí de nuevo sólo podía ser porque Edmure los había hecho llamar. «Los dioses nos guarden, es verdad, pretende presentar batalla a Lord Tywin.»

Pese a la distancia, Catelyn vio que algo oscuro pendía de los muros de Aguasdulces. Al acercarse se dio cuenta de que eran cadáveres colgados de las almenas. Estaban sujetos por el cuello con nudos corredizos, al final de largas cuerdas, y tenían los rostros hinchados y ennegrecidos. Los cuervos ya se habían ocupado de ellos, pero las capas color escarlata aún se distinguían brillantes sobre los muros de piedra.

—Parece que han ahorcado a unos cuantos Lannister —señaló Hal Mollen.

—Hermoso espectáculo —comentó alegremente Ser Wendel Manderly.

—Por lo visto nuestros amigos han empezado la fiesta sin nosotros —bromeó Perwyn Frey.

Los demás se echaron a reír, todos menos Brienne, que alzó la vista para contemplar la hilera de cadáveres sin pestañear, y no sonrió ni dijo nada.

«Si han matado al Matarreyes, mis hijas también se pueden dar por muertas.» Catelyn espoleó al caballo para ponerlo a medio galope. Hal Mollen y Robin Flint la adelantaron al galope, lanzando gritos de saludo a la caseta de la guardia. Sin duda los guardias de las murallas habían visto sus estandartes hacía ya rato, porque al acercarse se encontraron el rastrillo levantado.

Edmure salió a caballo para recibirla, acompañado por tres de los hombres juramentados de su padre: el barrigón Ser Desmond Grell, maestro de armas; Utherydes Wayn, el mayordomo; y Ser Robin Ryger, el corpulento y calvo capitán de la guardia de Aguasdulces. Los tres eran más o menos de la edad de Lord Hoster y habían pasado la vida al servicio de su padre.

«Son viejos», comprendió Catelyn.

Edmure vestía una capa azul y roja sobre una túnica en la que llevaba bordado un pez plateado. Por su aspecto, no se había afeitado desde que Catelyn partiera hacia el sur; su barba era una mata salvaje.

—Cat, cuánto me alegro de que hayas vuelto sana y salva. Cuando nos enteramos de la muerte de Renly, temimos por tu vida. Y Lord Tywin también se ha puesto en marcha.

—Eso me han dicho. ¿Cómo se encuentra nuestro padre?

—Un día parece que se recupera, y al siguiente… —Sacudió la cabeza—. Ha preguntado por ti. No he sabido qué decirle.

—Iré a verlo enseguida —prometió—. ¿Ha llegado alguna noticia de Bastión de Tormentas después de la muerte de Renly? ¿Y de Puenteamargo? —No se podía enviar cuervos a los que estaban de viaje, y Catelyn ansiaba saber qué había sucedido tras su partida.

—De Puenteamargo no ha llegado nada. De Bastión de Tormentas tres pájaros, los envía su castellano, Ser Cortnay Penrose. Los tres con la misma súplica. Stannis lo ha rodeado por tierra y mar. Ofrece su alianza al rey que rompa el asedio. Dice que teme por el chico. ¿A qué chico se referirá, lo sabes tú?

—A Edric Tormenta, el hijo bastardo de Robert —les dijo Brienne.

Edmure la miró con curiosidad.

—Stannis ha jurado que la guarnición podrá marcharse libre y sin sufrir daño alguno siempre y cuando rindan el castillo antes de quince días y le entreguen al chico, pero Ser Cortnay se niega.

«Lo arriesga todo por un niño bastardo que ni siquiera lleva su sangre», pensó Catelyn.

—¿Le has enviado alguna respuesta?

—¿Para qué —dijo Edmure con un gesto de negación—, si no podemos ofrecerle ayuda ni esperanza? Además, Stannis no es nuestro enemigo.

—Mi señora —intervino Ser Robin Ryger—, ¿podéis contarnos cómo murió Lord Renly? Nos han llegado historias muy extrañas.

—Es cierto, Cat —dijo su hermano—. Hay quien dice que a Renly lo mataste tú. Otros aseguran que fue una mujer sureña. —No pudo evitar mirar en dirección a Brienne.

—Mi rey fue asesinado —dijo la chica con voz tranquila—. Y no por Lady Catelyn. Lo juro por mi espada, por los dioses antiguos y nuevos.

—Os presento a Brienne de Tarth, hija de Lord Selwyn el Lucero de la Tarde —les dijo Catelyn—. Servía en la Guardia Arcoiris de Renly. Brienne, tengo el honor de presentaros a mi hermano, Ser Edmure Tully, heredero de Aguasdulces. A su mayordomo, Utherydes Wayn. A Ser Robin Ryger y a Ser Desmond Grell.

—Es un honor —dijo Ser Desmond.

Los demás dijeron lo mismo. La joven se sonrojó, hasta aquella cortesía habitual la sonrojaba. Si Edmure pensó que era una dama bien extraña, al menos tuvo la elegancia de no decirlo.

—Brienne estaba con Renly cuando fue asesinado, igual que yo —dijo Catelyn—, pero no tuvimos nada que ver con su muerte. —No quería hablar de la sombra allí, con tantos hombres alrededor, de manera que señaló los cadáveres de las murallas—. ¿Quiénes son esos hombres que habéis ahorcado?

—Vinieron con Ser Cleos —respondió con incomodidad Edmure alzando la vista—, cuando nos trajo la respuesta de la reina a vuestra oferta de paz.

—¿Habéis matado a unos emisarios? —Catelyn estaba conmocionada.

—Eran falsos emisarios —replicó Edmure—. Me dieron su palabra de que venían en paz y entregaron las armas, de manera que los dejé libres dentro del castillo, y durante tres noches comieron carne y bebieron aguamiel en mi mesa. La cuarta noche intentaron liberar al Matarreyes. —Señaló a uno—. Ese gigantón mató a dos guardias con las manos, los cogió por la garganta y les estampó los cráneos, el uno contra el otro, mientras el flaco que está a su lado abría la celda de Lannister con un trozo de alambre, los dioses lo maldigan. El del final debe de ser una especie de actor. Imitó mi voz para ordenar que abrieran la Puerta del Río. Los tres guardias lo juran, Enger, Delp y Lew el Largo. Si te digo la verdad, su voz no se parecía en nada a la mía, pero esos tres zopencos estaban levantando el rastrillo.

Catelyn sospechaba que aquello era obra del Gnomo; apestaba a la misma astucia de la que había hecho gala en el Nido de Águilas. En otros tiempos habría dicho que Tyrion era el menos peligroso de los Lannister. Ya no estaba tan segura.

—¿Cómo los atrapaste?

—Eh… pues dio la casualidad de que yo no estaba en el castillo, había cruzado el Piedra Caída para… eh…

—Para ir de putas o con alguna mujer. Sigue contándome.

—Faltaba más o menos una hora para el amanecer —continuó Edmure, con las mejillas tan rojas como la barba—, y yo regresaba al castillo en ese momento. Lew el Largo vio mi bote, me reconoció y por fin se paró a pensar en quién estaba abajo gritando órdenes y dio la alarma.

—Dime que volvisteis a capturar al Matarreyes.

—Sí, pero no fue fácil. Jaime se apoderó de una espada, mató a Poul Pemford y a Myles, el escudero de Ser Desmond, y también hirió a Delp. Está tan grave que el maestre Vyman teme que muera pronto. Fue una carnicería. En cuanto oyeron el sonido del acero, otros capas rojas corrieron a ayudarlo, aun sin armas. A ésos los colgué junto a los cuatro que lo liberaron, y al resto los tengo en las mazmorras. Igual que a Jaime. Ése no volverá a escapar. Esta vez lo he metido en una celda oscura, encadenado a la pared de pies y manos.

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