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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Catelyn recordó el día en que los chicos habían encontrado los cachorros entre las últimas nieves del verano. Eran cinco, tres machos y dos hembras, para los cinco hijos legítimos de la Casa Stark… y un sexto, de pelaje blanco y ojos rojos, para Jon Nieve, el bastardo de Ned. «No, desde luego —pensó—. No son lobos comunes.»

Aquella noche, mientras montaban el campamento, Brienne fue a buscarla a su tienda.

—Mi señora, ya estáis a salvo y con los vuestros, a un día de marcha del castillo de vuestro hermano. Dadme permiso para partir.

Catelyn no tendría que haberse sorprendido. La fea joven se había mostrado muy reservada durante todo el viaje, había pasado la mayor parte del tiempo con los caballos, dedicada a cepillarlos y a sacarles piedras de debajo de las herraduras. También había ayudado a Shadd a cocinar y a limpiar la caza, y no tardó en demostrar que cazaba tan bien como cualquiera de los hombres. Había llevado a cabo con destreza y sin quejas todas las labores que Catelyn le había encomendado, y siempre respondía con educación cuando hablaban con ella, pero nunca charlaba, lloraba ni reía. Había cabalgado con ellos todos los días y dormido entre ellos todas las noches, pero en ningún momento fue uno de ellos.

«Igual que cuando estaba con Renly —pensó Catelyn—. En el banquete, en el combate cuerpo a cuerpo, incluso en el pabellón real, con sus hermanos de la Guardia Arcoiris. Ha levantado a su alrededor una muralla más alta que la de Invernalia.»

—Si nos dejáis, ¿adónde iréis? —le preguntó Catelyn.

—Volveré atrás —dijo Brienne—. A Bastión de Tormentas.

—Sola. —No era una pregunta.

—Sí. —El rostro ancho parecía un estanque de aguas quietas y no dejaba traslucir el menor indicio de lo que habitaba en las profundidades.

—Tenéis intención de matar a Stannis.

—Hice un juramento. —Brienne cerró los dedos gruesos y encallecidos en torno al puño de la espada. La espada que había pertenecido a Renly—. Lo repetí tres veces. Vos me oísteis.

—Cierto —asintió Catelyn. Sabía que la joven había conservado la capa arco iris cuando tiró el resto de sus ropas manchadas de sangre. Las cosas de Brienne se habían quedado en el campamento cuando huyeron, y se había visto obligada a vestirse con piezas dispares que le había proporcionado Ser Wendel, el único del grupo con ropas de un tamaño adecuado al de ella—. Y estoy de acuerdo en que hay que mantener los juramentos. Pero Stannis está rodeado por un gran ejército, y tiene guardias que velan por él.

—No temo a sus guardias. Valgo tanto como cualquiera de ellos. No debí huir de allí.

—¿Es eso lo que os preocupa, que algún idiota os llame cobarde? —Suspiró—. La muerte de Renly no fue culpa vuestra. Lo servisteis con valor, pero si lo que buscáis es seguirlo a la tumba no serviréis de nada a nadie. —Extendió una mano para proporcionarle el consuelo de una caricia—. Ya sé que es muy duro…

—Nadie lo sabe —la interrumpió Brienne sacudiéndose su mano.

—Os equivocáis —replicó Catelyn con aspereza—. Cada mañana, nada más despertar, recuerdo que Ned ya no está conmigo. No soy hábil con la espada, pero eso no quiere decir que no sueñe con cabalgar hasta Desembarco del Rey, ponerle las manos en el cuello a Cersei Lannister y apretar su garganta blanca hasta que se le ponga la cara negra.

Brienne la Bella alzó los ojos, su único rasgo bello de verdad.

—Si eso es lo que soñáis, ¿por qué queréis retenerme? ¿Es por lo que dijo Stannis en aquella reunión?

«¿Es por eso?» Catelyn contempló el campamento. Dos hombres montaban guardia con lanzas en las manos.

—Me enseñaron que los hombres buenos deben combatir el mal en este mundo, y la muerte de Renly fue un acto de maldad inenarrable. Pero también me enseñaron que a los reyes los hacen los dioses, no las espadas de los hombres. Si Stannis es nuestro soberano legítimo…

—No lo es. Tampoco lo fue Robert, eso lo dijo hasta Renly. Jaime Lannister asesinó al rey legítimo, después de que Robert matara a su heredero en el Tridente. ¿Dónde estaban los dioses entonces? A los dioses no les importan los hombres, igual que a los reyes no les importan los campesinos.

—A un buen rey sí le importan.

—Lord Renly… Su Alteza… él sí habría sido un buen rey, mi señora, habría sido el mejor rey, era tan bueno… era…

—Pero ha muerto, Brienne —dijo con tanta amabilidad como le fue posible—. Quedan Stannis y Joffrey… y también queda mi hijo.

—Pero él no… nunca firmaríais la paz con Stannis, ¿verdad? Nunca doblaríais la rodilla. Decidme que no…

—Prefiero seros sincera, Brienne. No lo sé. Puede que mi hijo sea rey, pero yo no soy reina. Sólo soy una madre que quiere proteger a sus hijos sea como sea.

—Yo no tengo madera de madre. Yo necesito luchar.

—Pues luchad… pero por los vivos, no por los muertos. Los enemigos de Renly son también los enemigos de Robb.

Brienne contempló el suelo y arrastró los pies.

—No conozco a vuestro hijo, mi señora. —Alzó la vista—. Pero podría serviros a vos. Si me aceptáis.

—¿A mí? ¿Por qué? —se sobresaltó Catelyn.

Aquella pregunta parecía preocupar a Brienne.

—Vos me ayudasteis. En el pabellón… cuando pensaron que yo había… que yo había…

—Erais inocente.

—Aun así, no estabais obligada a decir nada. Pudisteis dejar que me mataran. No soy nadie para vos.

«Puede que no quisiera ser la única que sabía la oscura verdad de lo que sucedió allí», pensó Catelyn.

—Brienne, a lo largo de los años he tomado a mi servicio a muchas damas de noble cuna, pero nunca a una como vos. No soy un comandante del ejército.

—No, pero tenéis valor. No valor para el combate, sino… no sé… una especie de valor femenino. Y creo que, cuando llegue el momento, no trataréis de detenerme. Prometédmelo. Prometedme que no me impediréis vengarme de Stannis.

—Cuando llegue el momento, no os lo impediré. —Catelyn todavía oía la voz de Stannis diciendo que a Robb también le llegaría su hora. Era como sentir un aliento gélido en la nuca.

La alta muchacha se arrodilló con torpeza, desenvainó la espada larga de Renly y la puso a sus pies.

—Entonces, mi señora, estoy a vuestro servicio. Soy vuestro vasallo… o lo que queráis que sea. Seré vuestro escudo, os aconsejaré y si es necesario daré mi vida por vos. Lo juro por los dioses antiguos y nuevos.

—Y yo juro que siempre habrá un lugar para vos junto a mi chimenea, y carne y aguamiel en mi mesa, y que no pediré de vos ningún servicio que os deshonre. Lo juro por los dioses antiguos y nuevos. Levantaos. —Cogió la mano de la joven entre las suyas, y no pudo evitar sonreír. «¿Cuántas veces habré visto a Ned aceptar los juramentos de sus hombres?» Se preguntó qué pensaría su esposo si pudiera verla en aquel momento.

Al día siguiente por la tarde, vadearon el Forca Roja remontando el curso desde Aguasdulces, allí donde el río trazaba una amplia curva y las aguas eran más bajas y fangosas. El cruce estaba guardado por una fuerza mixta de arqueros y hombres armados con picas, todos con el blasón del águila de los Mallister. Al ver los estandartes de Catelyn, salieron de detrás de su empalizada de estacas afiladas, y enviaron a un hombre a la otra orilla para ayudar al grupo a cruzar.

—Despacio y con cuidado, mi señora —advirtió al tiempo que cogía las riendas de su caballo—. Hemos puesto estacas de hierro bajo el agua, ¿veis?, y entre esas rocas hemos puesto abrojos. En todos los vados igual, lo ha ordenado vuestro hermano.

«Edmure cree que la guerra va a llegar hasta aquí.» Sólo con pensarlo se le hacía un nudo en el estómago, pero no dijo nada.

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