La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Kurtz le solt�. Oded volvi� a poner en marcha el motor. Kurtz propuso que siguieran recordando el interesante modo de vida de Yanuka. En consecuencia, descendieron traqueteando por una calleja empedrada en la que se encontraba el club nocturno favorito de Yanuka, la tienda en que compraba sus camisas y sus corbatas, y el lugar en que le arreglaban el cabello, y las librer�as de izquierdas en donde le gustaba mirar y comprar libros. Y en todo momento, Kurtz, con excelente humor, sonri� y efectu� movimientos afirmativos de la cabeza ante todo lo que vio, como si estuviera contemplando una vieja cinta cinematogr�fica que jam�s se cansara de volver a ver, hasta que, al llegar a una plaza, no muy lejos de la terminal de la compa��a de aviaci�n, se dispusieron a separarse. En pie en la acera, Kurtz dio una palmada en el hombro a Oded, sin disimular su afecto, y, luego, le pas� la mano por el pelo. Dijo:
-�Escuchadme los dos. No quiero que trabaj�is tanto. Comed bien en el sitio que m�s os guste y cargadme la cuenta, personalmente.
Habl� en el tono propio de un comandante que experimenta un sentimiento de amor hacia sus tropas antes de entrar en batalla. Y tal comandante era Kurtz, hasta que Misha Gavron lo permitiera.
El vuelo nocturno de Munich a Berl�n, para los pocos que lo hacen, es uno de los grandes viajes nost�lgicos que pueden hacerse en Europa. El Oriente Express, el Flecha de Oro y el Train Bleu pueden estar muertos, moribundos, o artificialmente resucitados, pero para aquellos que los recuerdan, sesenta minutos de vuelo nocturno a trav�s del pasillo de la Alemania Oriental, en un traqueteante avi�n de la Pan American, vac�o en sus tres cuartas partes, es como un safari de los viejos aficionados que vuelven a practicar su vicio. La Lufthansa tiene prohibido este vuelo. El vuelo pertenece solamente a los victoriosos, a los ocupantes de la antigua capital de Alemania, pertenece a los historiadores y a los buscadores de islas, y pertenece a un norteamericano entrado en a�os, con todas las cicatrices de la guerra, impregnado de la d�cil tranquilidad del profesional, que hace el viaje casi a diario, que tiene su butaca preferida, y que sabe el nombre de pila de la azafata, nombre que pronuncia con el aterrador acento alem�n de la ocupaci�n. Uno piensa que este hombre, en menos que canta un gallo es capaz de regalar a la azafata un paquete de Lucky Strike y concertar con ella una cita en la parte trasera del economato militar. El fuselaje del avi�n gime y se estremece, las luces parpadean, y uno no puede creer que el avi�n no sea de h�lices. Uno mira el oscuro paisaje enemigo -�para bombardearlo? �Para saltar en paraca�das?-, uno recibe sus recuerdos y se confunde de guerras. Pero all�, abajo, de una forma inquietante, el mundo, por lo menos, sigue siendo lo que era.
Kurtz no era una excepci�n.
Sentado junto a la ventanilla contemplaba la noche a trav�s del reflejo de su propia cara. Siempre que hac�a este viaje, Kurtz se convert�a en espectador de su propia vida. En alg�n lugar de aquella negrura se encontraba la l�nea f�rrea por la que hab�a avanzado el tren de carga en su lento viaje hacia el Este. En alg�n lugar se encontraba el apartadero en el que el tren esper� durante cinco noches y seis d�as, en pleno invierno, para dar paso a los trenes de transportes militares que importaban mucho m�s, mientras Kurtz y su madre, y los restantes ciento dieciocho jud�os iban atestados en un solo vag�n, y com�an nieve y pasaban fr�o, y la mayor�a de ellos mor�an de fr�o. Para que Kurtz conservara los �nimos, su madre no hac�a m�s que decirle: �El pr�ximo campo ser� mejor.� En alg�n lugar de aquella negrura, la madre de Kurtz hab�a muerto silenciosamente. En alg�n lugar de aquellos campos, el muchacho sudete que en otros tiempos fue Kurtz hab�a pasado terribles hambres, hab�a robado y hab�a matado, esperando sin ilusi�n que otro mundo hostil le encontrara. Vio el campo de recepci�n aliado, vio los uniformes desconocidos, vio rostros de ni�os tan viejos y tan demacrados como el suyo propio. Una chaqueta nueva, botas nuevas, alambre de espino nuevo, y una nueva huida, aunque en esta ocasi�n huy� de quienes le hab�an rescatado. Se vio a s� mismo de nuevo en el campo, avanzando hacia el sur, de una granja a un pueblo, y as� sucesivamente, durante semanas, siempre atra�do por la l�nea de la huida, hasta que poco a poco las noches se tornaron c�lidas y olieron a flores, y oy� por primera vez en su vida el rumor de las hojas de palmeras agitadas por el viento del mar. Las palmeras le susurraban: �Esc�chanos, muchacho helado: as� hablamos en Israel. As� de azul es el mar, igual que aqu�.� Vio el viejo vapor medio podrido, escorado junto al muelle, que era el m�s noble y grande nav�o que en su vida hab�a visto, cuyas cubiertas estaban negras gracias a las cabezas jud�as que las atestaban, por lo que Kurtz rob� una gorra negra y la llev� puesta hasta que salieron de Trieste. Pero le necesitaban, con cabello rubio o sin cabello. En cubierta, divididos en peque�os grupos, los jefes daban lecciones sobre la manera de disparar viejos fusiles Lee Enfield, robados. Haifa se encontraba a�n a dos d�as de viaje, y la guerra de Kurtz acababa de comenzar.
El avi�n trazaba un c�rculo, en preparaci�n del aterrizaje. Observ� c�mo iban descendiendo, y c�mo cruzaban el muro de Berl�n. Kurtz s�lo llevaba el equipaje de mano, pero las medidas de seguridad eran r�gidas, por culpa de los terroristas, por lo que las formalidades consumieron mucho tiempo.
Shimon Litvak esperaba en el aparcamiento, a bordo de un Ford barato. Hab�a llegado en avi�n, procedente de Holanda, despu�s de pasar dos d�as contemplando las ruinas de Leyden. Lo mismo que Kurtz, Litvak estimaba que no ten�a derecho a dormir.
Tan pronto Kurtz hubo subido al autom�vil, Litvak le dijo:
-�El libro-bomba fue entregado por una muchacha. Una morenita muy bien parecida. Con tejanos. El empleado del hotel pens� que la chica era estudiante, y estaba convencido de que hab�a llegado y se hab�a ido en bicicleta. Es dudoso, pero en parte creo en las palabras del empleado del hotel. Hay quien dice que la chica fue transportada hasta all� en una motocicleta. El paquete iba liado con una cinta de adorno, y llevaba una tarjeta que dec�a: �Feliz cumplea�os, Mordecai.� Un plan, un transporte, una bomba y una muchacha. �Hay alguna novedad?
-��Y el explosivo?
-�Pl�stico ruso, quedaron restos del envoltorio, nada que sea una pista.
-��Alguna marca de f�brica o pista de identidad? -Un ovillo de hilo conductor sobrante.
Kurtz dirigi� una penetrante mirada a Litvak. Y �ste confes�: -No hab�a tal ovillo. Restos carbonizados, s�. Pero no cab�a identificar el hilo conductor. Kurtz pregunt�: -�Ni gancho de percha?
-�En esta ocasi�n, el que fabric� la bomba prefiri� utilizar una ratonera de resorte. Una dulce ratonera de cocina.
Litvak puso en marcha el motor. Kurtz dijo: -Anteriormente tambi�n utiliz� ratoneras de resorte.
Litvak, que odiaba la ineficacia casi tanto como al enemigo que incurriera en ella, dijo: -Utiliz� ratoneras, ganchos de perchas, viejas mantas de beduino, explosivos de origen desconocido, baratos relojes con una sola saeta y chicas baratas. Y es el peor constructor de bombas que haya habido jam�s, incluso entre los �rabes.
Luego pregunt�:
-��Cu�nto tiempo le ha dado?
Kurtz fingi� no comprender la pregunta:
-��Me ha dado? �Qui�n?
-�Gavron. �Qu� plazo tiene? �Un mes? �Dos meses? �Cu�l es el trato? Pero Kurtz no siempre se mostraba propicio a ser claro y preciso en sus respuestas: -El trato es que son muchas las personas, en Jerusal�n, que prefieren atacar los molinos de viento del L�bano, a luchar contra el enemigo, empleando la sesera.
-��Es que Gavron no puede disuadirlos? �Es que usted tampoco puede? Kurtz se sumi� en un ins�lito silencio, del que Litvak no sinti� la menor gana de sacarle. En el centro del Berl�n Occidental no hay oscuridades ni sombras, y en sus aleda�os no hay luz. Iban camino de la luz. Una vez m�s se olvidaron de Gavron, en beneficio de la misi�n en que estaban ocupados.
Dirigiendo una mirada de soslayo a su jefe, Litvak observ� de repente:
-�Ha tenido usted un gesto de gran amabilidad para con Peter. Venir a su ciudad, y efectuar el correspondiente viaje para ello, es casi un homenaje.