La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Volvi� a ser detectado, cuando lleg� por v�a a�rea a Estambul, en donde se aloj� en el Hilton, utilizando un pasaporte diplom�tico chipriota. Durante dos d�as, Yanuka se entreg� a los placeres religiosos y seculares que la ciudad ofrec�a. Quienes le siguieron dijeron que causaba la impresi�n de tomarse una �ltima raci�n de Islam antes de regresar a los cristianos pagos de Europa. Visit� la mezquita de Solim�n el Magn�fico, en donde fue visto entregado a la oraci�n no menos de tres veces, y luego se le vio haci�ndose lustrar sus zapatos Gucci, en el verde paseo que corre junto al Muro del Sur. Tambi�n bebi� varios vasos de t� en compa��a de dos apacibles individuos que fueron fotografiados, aunque no identificados. Fue una pista falsa, y en manera alguna se trat� del contacto que se esperaba. Yanuka se ri� mucho al ver a unos cuantos viejos que con un rifle de aire comprimido disparaban dardos emplumados contra una caja de cart�n. Quiso participar en el juego, pero no le dejaron.
En los jardines de la plaza de Sultanahmed, se sent� en un banco entre naranjos y entre las flores de color malva de los parterres, y contempl� pac�ficamente las c�pulas y los minaretes que se alzaban a su alrededor, observando asimismo los grupos de turistas americanos que soltaban risitas, fij�ndose de modo especial en el formado por un grupo de chicas j�venes ataviadas con pantalones cortos. Pero algo le impidi� acercarse a ellas, lo cual hubiera sido su normal conducta, y charlar y re�r hasta ser aceptado. Compr� diapositivas y postales a los ni�os que las vend�an, sin fijarse en los escandalosos precios, vag� por los alrededores de Santa Sof�a, contemplando con igual placer las glorias del Bizancio de Justiniano como las de la conquista otomana, y se le oy� emitir un grito de sincero pasmo al contemplar las columnas arrastradas desde Baalbek, en el pa�s que tan recientemente hab�a dejado.
Pero cuando m�s devota concentraci�n mostr� fue al contemplar el mosaico en el que se ve a Constantino ofreciendo su iglesia y su ciudad a la Virgen Mar�a, s�, ya que �ste fue el punto en que Yanuka hizo su clandestina conexi�n. Se trataba de un hombre alto y de lentos movimientos, con un ancho sombrero, que inmediatamente se convirti� en su gu�a. Hasta el momento, Yanuka hab�a rechazado en�rgicamente todas las ofertas en este sentido, pero aquel hombre le dijo algo que, juntamente con el lugar y el momento en que lo dijo, convenci� inmediatamente a Yanuka. El uno al lado del otro, hicieron un segundo y algo apresurado recorrido del interior, admirando cual era de prever la antigua c�pula sin apoyaturas, y luego, a bordo de un viejo Plymouth norteamericano, rodaron junto al B�sforo, hasta llegar a un aparcamiento cercano a la carretera de Ankara. El Plymouth se fue y Yanuka qued� una vez m�s solo en el mundo, pero, en esta ocasi�n, siendo poseedor de un bonito Mercedes rojo vino, que condujo tranquilamente hasta el Hilton, en donde registr� el autom�vil como objeto de su propiedad.
Yanuka no fue a la ciudad aquella noche, ni siquiera para admirar a las tan celebradas artistas de la danza del vientre del Kervansaray, que tanto le hab�an gustado en la noche anterior. Yanuka volvi� a ser visto a muy primera hora del d�a siguiente, cuando emprendi� camino hacia el oeste, a lo largo de la recta carretera de piso ondulado que, al trav�s de las llanuras, lleva a Edirne e Ipsala. Al principio, el d�a era neblinoso y fr�o y los horizontes brumosos. Se detuvo en un pueblo para tomar caf�, y sac� una fotograf�a de un estornino que hab�a anidado en la c�pula de una mezquita. Se subi� a un mont�culo y orin�, contemplando el mar. El d�a comenz� a ser caluroso, y las �ridas colinas se tornaron de color rojo y amarillo. A la izquierda de Yanuka, el mar pasaba por entre las colinas. En una carretera con aquellas caracter�sticas, los que segu�an a Yanuka no tuvieron m�s remedio que seguirle a �horcajadas�, como se dice en su jerga, mediante un autom�vil delante, y muy lejos, y otro autom�vil detr�s, tambi�n muy lejos, confiando en que a Yanuka no se le ocurriera tomar una imprevista desviaci�n, de lo cual era muy capaz. Pero el car�cter des�rtico de la zona no les daba otra opci�n, ya que los �nicos signos de vida a lo largo de millas y millas eran tiendas de gitanos o de alg�n joven pastor, y alg�n que otro taciturno hombre vestido de negro cuya vida entera parec�a consagrada a observar el extra�o fen�meno del movimiento. Al llegar a Ipsala, sorprendi� a todos al tomar en la bifurcaci�n el ramal que conduc�a a la ciudad, en vez de seguir hasta la frontera. �Iba a devolver el autom�vil? �Dios no lo quisiera! Entonces, �qu� diablos buscaba en una peque�a y apestosa ciudad fronteriza turca?
Buscaba a Dios. En una oscura mezquita de la plaza principal, en el mism�simo l�mite con la cristiandad, Yanuka se encomend� una vez m�s a Al�, lo cual, como dijo despu�s Litvak, con negro sentido del humor, fue una excelente medida para Yanuka. Al salir, fue mordido por un peque�o perro de pelo pardo, perro que escap� antes de que Yanuka pudiera vengarse. Esto tambi�n fue considerado de mal augurio.
Por fin, con el intenso alivio de todos, Yanuka volvi� a la carretera principal. El punto de paso fronterizo, en este lugar, es un hostil establecimiento. Los turcos y los griegos no hacen buenas migas. La zona est� minada sin ton ni son en ambos lados. Hay terroristas y contrabandistas de todo tipo, con sus diferentes rutas y sus diferentes prop�sitos. Los tiroteos son frecuentes, aunque rara vez se habla de ello. En la zona turca hay un cartel que, en ingl�s, dice: �Buen viaje�, pero no consta expresi�n alguna de buenos deseos para los griegos. Primero se llega a un punto en el que se ve el emblema nacional turco, pintado en un cartel, despu�s se llega a un puente que pasa por encima de un caudal de perezosas aguas, a continuaci�n se llega a una peque�a y nerviosa cola para cumplir con los formalismos turcos de emigraci�n. Yanuka se neg� a pasar estas formalidades, ampar�ndose en su pasaporte diplom�tico, y se sali� con la suya, con lo cual s�lo consigui� acelerar su desdicha. Despu�s, entre la polic�a turca y los centinelas griegos, hay una tierra de nadie con una extensi�n de unas veinte yardas, en la que Yanuka se compr� una botella de vodka, exenta de impuestos, y se tom� un helado en un caf�, vigilado por un muchacho de aspecto enso�ado y de larga melena, llamado Reuven, que hab�a pasado las tres �ltimas horas comiendo pastelillos all�. El �ltimo toque turco es un gran busto en bronce de Ataturk, el visionario y decadente, que contempla con severidad las hostiles llanuras griegas. Tan pronto Yanuka hubo rebasado el busto, Reuven mont� en su motocicleta y transmiti� una se�al de cinco puntos a Litvak, quien esperaba a unos treinta kil�metros en el interior de Grecia, aunque fuera de la zona militar, en un punto en que el tr�nsito ten�a que reducir velocidad, hasta la propia de un hombre al paso, debido a unas obras. Luego, Reuven se apresur� a reunirse con sus compa�eros para estar presente en el jaleo que se avecinaba.
Se sirvieron de una chica, lo cual era cosa de sentido com�n si se ten�a en consideraci�n la proclividad de Yanuka, y dieron una guitarra a la chica, lo que fue un certero detalle, ya que en los actuales tiempos una guitarra legitimiza a una muchacha, incluso en el caso de que no sepa tocarla. La guitarra es el uniforme de cierto espiritual pacifismo, cual hab�an podido observar recientemente en otros lugares. Dudaron si utilizar una chica rubia o morena, sabedores de que Yanuka era partidario de las rubias, aun cuando teniendo en cuenta que Yanuka siempre estaba dispuesto a hacer excepciones. Por fin se decidieron por una chica morena, debido a que era de m�s buen ver, contemplada de espaldas y a que caminaba con m�s garbo, y la situaron en el punto en que terminaban las obras. Estas obras fueron providenciales. As� lo creyeron. Algunos incluso llegaron a creer que Dios -el Dios jud�o- y no Kurtz o Litvak era quien estaba dirigiendo la operaci�n.