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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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Valentine cayó de rodillas, jadeante. Oyó la risa de sus instructores y los imitó.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó por fin—. Todo me salía bien… y entonces… y entonces…

—Pequeños errores que se acumulaban —le explicó Carabella—. Te dejas llevar por la maravilla del espectáculo. Lanzas una bola ligeramente alejada del plano correcto y estiras el brazo para cogerla. El estirón te obliga a hacer el próximo lanzamiento nuevamente fuera del plano correcto. Y así sucesivamente hasta que todo se aleja de ti y lo persigues. Al final, la persecución es imposible. Es algo que sucede a todo el mundo cuando empieza. No le des importancia.

—Coge las pelotas —dijo Sleet—. Dentro de cuatro días harás malabares ante la Corona.

7

Valentine practicó durante varias horas. No consiguió pasar de la cascada de tres bolas, pero repitió el ejercicio hasta penetrar en el infinito más de diez veces. Pasó tan a menudo del aburrimiento al éxtasis y del éxtasis al aburrimiento que el mismo hastío se convirtió en embeleso. Su ropa acabó empapada de sudor, pegada a su cuerpo igual que una toalla mojada y caliente. Incluso siguió lanzando las bolas cuando se inició uno de los breves y suaves chubascos de Pidruid. La lluvia cesó y dio paso a un sobrenatural brillo crepuscular, el sol de primeras horas de la tarde cubierto por la neblina. Valentine siguió practicando. Una fuerza loca le dominaba. Apenas reparó en las figuras que recorrían el patio. Sleet, Carabella, los diversos skandars, Shanamir, extraños… todos iban y venían, pero Valentine no les prestó atención. Él era un vaso vacío en donde habían vertido ese arte, ese misterio, y no se atrevía a pararse por temor a perder el arte y quedar de nuevo seco y vacuo. Entonces alguien se acercó y de pronto Valentine se encontró con las manos vacías. Se dio cuenta de que Sleet había interceptado las pelotas, una por una, mientras describían un arco a la altura de su nariz. Durante unos instantes las manos de Valentine continuaron moviéndose con persistente ritmo. Sus ojos enfocaban únicamente el plano en que había estado lanzando las bolas.

—Bebe esto —dijo amablemente Carabella, y le puso un vaso en los labios.

Vino de palmera flamígera. Valentine lo bebió como si fuera agua. Carabella le ofreció otro vaso.

—Tienes un talento milagroso —le dijo—. No simplemente coordinación, sino también concentración. Nos has asustado un poco, Valentine, cuando vimos que no podías pararte.

—Yo opino que está empapado de sudor y necesita ropa limpia —retumbó la voz del skandar. Entregó varias monedas a Sleet—. Ve al bazar, compra algo que le vaya bien antes de que cierren las tiendas. Carabella, acompáñalo al limpiador. Cenaremos dentro de media hora.

—Ven conmigo —dijo Carabella.

La joven guió a Valentine, todavía atontado, hasta el fondo del patio. Pasaron junto a los dormitorios y siguieron andando. Habían armado un tosco limpiador al aire libre en la pared del edificio.

—¡Ese animal! —dijo Carabella, enfadada—. Podría haberte dicho una palabra de elogio. Pero supongo que no está acostumbrado a elogiar. Ha quedado impresionado, eso sí.

—¿Zalzan Kavol?

—Impresionado… sí, asombrado. ¿Pero cómo iba a elogiar a un humano? ¡Sólo tiene dos brazos! Bueno, no está acostumbrado a elogiar. Vamos. Quítate eso.

Carabella se desnudó rápidamente, y Valentine hizo lo mismo, echando al suelo su empapada ropa. Vio la desnudez de la mujer bajo la brillante luz de la luna y se deleitó. El cuerpo de Carabella era cenceño y flexible, casi juvenil de no haber sido por los menudos y redondeados pechos y el brusco ensanchamiento de las caderas bajo la estrecha cintura. Sus músculos aparecían inmediatamente bajo la piel y estaban bien desarrollados. Llevaba tatuada una flor verde y roja en la cresta de una lisa nalga.

Se metieron bajo el limpiador y permanecieron bastante juntos mientras las vibraciones les liberaban de sudor y mugre. Luego, todavía desnudos, volvieron a los dormitorios, donde Carabella sacó unos pantalones limpios de tejido grisáceo y blando para ella misma, y también un chaquetón. Por entonces Sleet había regresado del bazar con ropa nueva para Valentine: un jubón verde oscuro con borde escarlata, ajustados pantalones rojos y una liviana capa de color azul casi negro. Era una ropa mucho más elegante que la que se había quitado. En cuanto se la puso, Valentine se sintió como una persona ascendida de categoría, y caminó con consciente arrogancia cuando acompañó a la cocina a Sleet y Carabella.

Había estofado para cenar (una carne anónima como base, y Valentine no se atrevió a preguntar), con copiosas dosis de vino de palmera flamígera como acompañamiento. Los seis skandars ocuparon un extremo de la mesa, los cuatro humanos el otro, y hubo poca conversación. Tras acabar la carne, Zalzan Kavol y sus hermanos se levantaron sin decir nada y salieron de la cocina.

—¿Les hemos ofendido? —preguntó Valentine.

—Es su educación normal —dijo Carabella.

El yort que había conversado con Valentine durante el desayuno, Vinorkis, cruzó la habitación y se detuvo junto a Valentine. Vinorkis le contempló con la típica mirada de sus ojos de pez; evidentemente, era un hábito. Valentine sonrió tímidamente.

—Esta tarde le he visto hacer malabarismo en el patio —dijo Vinorkis—. Lo hace muy bien.

—Gracias.

—¿Un pasatiempo?

—En realidad, no lo había hecho nunca. Pero tal parece que los skandars me han contratado para su compañía. El yort estaba impresionado.

—¿En serio? ¿E irá de gira con ellos?

—Así parece.

—¿Adónde?

—No tengo la menor idea —dijo Valentine—. Es posible que ni siquiera esté aún decidido. Vayan donde vayan, será un buen sitio para mí.

—Ah, flotar por ahí libremente, qué vida —dijo Vinorkis—. También yo pretendo probarla. Sus skandars podrían contratarme.

—¿Sabe malabarismo?

—Sé llevar las cuentas. Hago malabares con cifras. —Vinorkis se rió vehementemente y dio una cordial palma en la espalda de Valentine—. ¡Hago malabares con cifras! ¿Le ha gustado eso? ¡Bien, buenas noches!

—¿Quién era ese? —preguntó Carabella en cuanto se fue el yort.

—Lo conocí esta mañana en el desayuno. Un comerciante local, creo.

—No me gusta. —Carabella hizo una mueca—. Pero es muy fácil sentir disgusto por los yorts. ¡Son seres horribles!—Se levantó graciosamente, y se estiró—. ¿Nos vamos?

Valentine volvió a dormir profundamente esa noche. Habría sido lógico que soñara en malabarismo, tras los acontecimientos de la tarde, pero en vez de eso se encontró una vez más en la llanura purpúrea. Una inquietante señal, porque los habitantes de Majipur sabían desde la niñez que los sueños de apariencia repetitiva tienen un significado adicional, probablemente siniestro. La Dama raramente enviaba sueños repetitivos, pero el Rey era aficionado a esa práctica. El sueño fue de nuevo un fragmento. Rostros burlones revoloteaban en el cielo. Remolinos de purpúrea arena se agitaban a lo largo del camino, como si bajo ellos estuvieran moviéndose criaturas de laboriosas garras y nerviosos palpos. Brotaban púas del suelo. Los árboles tenían ojos. Todo reflejaba amenaza, fealdad, malos presagios. Pero el sueño carecía de personajes e incidentes. Sólo comunicaba siniestros augurios.

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